El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Tres asesinatos.
¿Un asesino?
Tal vez.
Mead no quería creerlo… joder, ¿quién quería creer que un asesino múltiple andaba suelto por ahí? Brown se apartó del escritorio y se balanceó en la silla. Los veintitantos años en el cuerpo de policía le decían que aquello no era una coincidencia. Era probable que McKinnon estuviera en lo cierto. Además, aunque detestara admitirlo, lo que les había revelado le había impresionado. ¿Quién era ella, al fin y al cabo? Una señora de la alta sociedad con todas las respuestas.
Floyd se la imaginó apartándose el pelo de los ojos y recordó el perfume que había olido cuando se acercó para ver de cerca las imágenes artísticas. Dios, si había algo que no necesitaba, era pensar en McKinnon como mujer.
Aun así, se moría de ganas de contarle a Vonette que estaba trabajando con la señora entendida en arte de la tele. Le encantaría. Vonette, amante del arte, que le hacía grabar el partido de fútbol del lunes para ver Vida de artistas. Como si ver un partido grabado, cuyo resultado ya sabía, valiese la pena.
El mundo era un pañuelo, eso estaba claro. La mujer que le había robado su ansiada sesión televisiva trabajaba con él en un homicidio, quizás una serie de homicidios.
Hacía un mes, Vonette y él habían hablado sobre la posibilidad de que se retirase, pero no lo haría si había un asesino múltiple por ahí. Y tendría que hacerlo bien. No se trataba de cualquier asesora, no. Era una amiga de la comisaria.
En el cubículo apenas cabía el escritorio y una silla, pero ya era algo; Kate no había esperado nada. Desde luego, no la placa provisional del Departamento de Policía de Nueva York, sujeta en su jersey de cachemira. Encendió otro Merit. El día anterior había sido Marlboro. La semana pasada le había jurado a Richard que lo dejaría. Por enésima vez. Pero en ese momento no podía dejarlo.
Abrió la libreta por una página en blanco, dio unos golpecitos con el portaminas y comenzó a enumerar a las personas que debía ver de inmediato: los amigos de Elena, los compañeros de trabajo, su madre, aunque dudaba que la señora Solana quisiera hablar con ella.
Kate recordó el último año de Elena en el instituto, las lágrimas de la adolescente mientras le confesaba que Mendoza, el novio de su madre, llevaba meses insinuándosele y su madre haciendo oídos sordos. Fue entonces cuando Kate la ayudó a abandonar el hogar familiar, a encontrar el apartamento en la 6 Este e incluso le pagó el alquiler durante los dos primeros años. Ahora el recuerdo le dolía: ¿Si Elena se hubiera quedado en casa, seguiría con vida? Alejó el pensamiento, añadió el nombre de Mendoza a la lista y lo subrayó.
Kate le dio una calada al Merit: era como chupar un Tampax. Tendría que comprar cigarrillos de verdad; estaba fumando el doble de lo normal.
Se preguntó si los otros polis cooperarían con ella. Maureen Slattery le caía bien e incluso se veía reflejada en parte en la joven policía; estaba un poco resentida, eso seguro, pero no era tonta. Y ya le había ayudado al facilitarle el registro de llamadas de Elena. Kate lo repasó rápidamente y vio su propio número, el de Willie y otros que ya comprobaría. Tal vez fueran importantes.
Pero ¿qué había de Brown? Quizás había llegado el momento de visitarlo.
– ¿Su esposa? -Kate observó la fotografía de doce por diecisiete enmarcada, al final del escritorio de Brown-. Es guapa. ¿Intenta matarle?
– ¿Qué?
– Tiene almidón de sobra en el cuello como para cortarle el riego sanguíneo.
– Es muy especial. -Brown se esforzó por no reírse y sacó el archivo de Pruitt-. O sea que conocía a este tipo. ¿Enemigos?
– Seguramente en lista de espera. Era un puto lameculos, un falso, puede que incluso un chorizo.
– ¿Seguro que es usted de Park Avenue?
– Del West Side -replicó Kate, sin especificar de la zona de Central Park.
– ¿A qué se refiere con lo de «chorizo»?
– Existe la posibilidad de que comprara obras de arte robadas.
– Aquí no figura nada de eso -dijo Brown mientras señalaba el archivo de Pruitt.
– Acabo de descubrirlo.
– ¿Ha estado trabajando en los casos, McKinnon? ¿Sola?
– Tenía curiosidad. -Kate sonrió y le explicó lo que la madre de Pruitt le había contado sobre el cuadro desaparecido-. Me atrevería a decir que quienquiera que asesinase a Pruitt tiene el retablo.
– Hallado el cuadro, hallado el asesino, ¿no? -Brown anotó algo y luego sacó una hoja del expediente de Pruitt-. ¿Ha leído estas declaraciones? -Recorrió una lista de nombres con el dedo-. Richard Rothstein. ¿Alguna relación?
– Es mi marido. Estaba en una reunión del consejo de administración del museo con Pruitt la mañana del día en que fue asesinado.
Brown le clavó la mirada.
– Su esposo no le mataría, ¿no?
– ¿Richard? ¿Matar a Bill Pruitt? -Kate soltó una risotada-. Bueno, no me lo contó. Supongo que tendré que preguntárselo.
– Hágalo -dijo Brown. Se reclinó en la silla-. Vi su programa. Con mi esposa.
– Gracias.
– No he dicho que me gustara, sólo que lo vi. -La observó unos instantes y dio unos golpecitos en el borde del escritorio con las uñas.
Kate esperó. Sabía que tenía que darle tiempo. No debía de resultarle fácil. Un detective con más de veinte años de experiencia teniendo que trabajar con ella, una ex poli de la que no sabía nada salvo que tenía contactos en las altas esferas. Si fuera al revés, Kate estaría más que cabreada.
– No le ha contado a nadie sus teorías, ¿no?
– A nadie salvo a Tapell.
Brown torció el gesto.
– Sería nefasto que la prensa comenzase a hablar de un asesino múltiple, sobre todo ahora, justo después del francotirador.
– Si a la gente no le encantara leer cosas así, no las publicarían. -Kate miró el expediente de Pruitt-. Por cierto, la contusión en la mandíbula de Pruitt, ¿era reciente?
– No estoy seguro.
– ¿Qué hay de la médico forense?
– Demasiado atrasada. Tendremos que esperar un poco para tener el informe.
– Quizá -dijo Kate-, y quizá no.
18
Era posible que en el despacho de la médico forense hubiera mucho trabajo, pero una llamada a la comisaria Tapell le abrió las puertas.
La etiqueta de plástico -«Rappaport, Sally»- estaba sujeta, ligeramente torcida, en el bolsillo superior de la bata de laboratorio de la médico forense, entre grupos de manchas color vino, seguramente sangre seca y no pinot noir. Rappaport tendría treinta y tantos, de estatura media, delgada. A juzgar por el color de la piel, no había visto la luz del día en años.
– Siento retenerla hasta tan tarde.
– ¿Está de broma? -Rappaport se encogió de hombros-. Acaba de empezar mi turno.
El pasillo que conducía a la principal sala de autopsias era de un horrible color verde grisáceo desde el suelo hasta la altura de la cintura, y luego color hueso hasta el techo. Kate siguió las Adidas de suela gruesa de Sally Rappaport. Crujían en el suelo de baldosas de cerámica color menta.
Un antiguo balneario romano. Varios arcos lo suficientemente grandes como para que Cleopatra realizase su entrada triunfal en Roma. Baldosas blancas relucientes y acero inoxidable. Tan frío que era posible verse el aliento. El olor a formaldehído era veinte veces peor que una clase de biología del instituto.
El depósito de cadáveres de Astoria, al que Kate había acudido en los viejos tiempos, pertenecía al hospital de Queens y se reducía a una sala con tres o cuatro camillas.
En la que se hallaba cabría perfectamente una docena.
Rappaport condujo a Kate por entre un par de camillas, los cadáveres eran de color céreo y los pies de venas azules sobresalían por debajo de las sábanas de plástico verde. La forense le tendió una mascarilla a Kate, se puso una sobre la nariz y la boca y se colocó bien el pelo castaño y rizado, que se aguantaba con dos pasadores azules de plástico con forma de pez. Kate se preguntó si Rappaport los conservaría desde la infancia o si se los habría comprado a algún vendedor ambulante de mal gusto. Pero ¿qué más le daba, allí, de todos los sitios posibles, en esa gélida casa de la muerte donde estaba a punto de ver el cadáver de la joven que había sido lo más parecido a una hija que había tenido? No necesitaba que un terapeuta le explicara nada en este caso. ¿Pasadores de pelo? Cualquier distracción serviría.