Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El artista de la muerte
El artista de la muerte - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 96
Перейти на страницу:

Observó la escena del crimen, trató de reconstruir lo que había visto aquella noche; el cuerpo desplomado de Elena en el suelo de la cocina, toda la sangre… de repente los recuerdos se volvieron más reales que cualquier fotografía.

En el dormitorio encontró lo que había venido a buscar, tres pequeños álbumes fotográficos, dos en un estante junto a la pila de libros de poesía y arte, otro en el tocador de Elena. Dos de ellos estaban repletos de fotografías de viajes, uno a Puerto Rico y el otro a Italia. El tercer álbum tenía fotografías de la infancia, nada reciente. Tendría que haber otro álbum.

Si no estaba en el apartamento, el asesino seguramente se lo habría llevado.

Kate se obligó a repasar los cajones del tocador y el armario, pero no encontró más fotografías, ningún original de la fotografía de la graduación, sólo prendas de Elena -una blusa por aquí, una camiseta por allá-, recuerdos lo bastante intensos como para destrozarle el corazón. Y lo habrían hecho si no hubiera estado tan concentrada en el hecho de que el asesino también había estado allí, recorrido las mismas habitaciones y tocado la misma ropa.

Kate casi sentía su presencia en la habitación, mirando y sonriendo con aires de suficiencia. De repente, reparó en el sonido de su propia respiración, luego en el silencio y después en algo que apenas se movía a su espalda. Se mantuvo inmóvil. Le escocía la piel. Sin embargo, al volverse lo único que vio fue una paloma en la repisa de la ventana.

Dejó escapar un suspiro.

Pero al cabo de unos segundos volvió a notarlo, esta vez nada concreto, sólo una sensación, como si le hubiera dado un golpecito en el hombro y le hubiera dicho: «Mira, aquí, y aquí.»

Kate se estremeció.

En el salón se detuvo unos segundos, recogió el cojín de Marilyn. El tenue olorcillo a pachulí, el perfume de Elena, la descolocó. Si se quedaba un solo segundo más en el apartamento se vendría abajo.

Agradeció el olor a col agria que llegaba por el pasillo, cualquier cosa con tal de disimular el pachulí.

Quería marcharse, pero no todavía. Necesitaba hablar con el portero de Elena. Según el uniformado que le tomó declaración al hombre, no estaba presente la noche del asesinato, pero, de todos modos, era probable que le contase algo útil.

Kate rodeó cuatro cubos de la basura oxidados. Dos sin tapa, desbordados de basura maloliente, prácticamente impedían el paso al apartamento del sótano. Se metió por entre los cubos, pero un buen trozo de la tela gris del blazer se quedó enganchado en uno de los bordes irregulares del cubo de la basura.

«Mierda.»

Se inclinó hacia el timbre metálico, pero o estaba preparado para los oídos de los perros o, más probable, no funcionaba.

Llamó a la puerta. Varias escamas de esmalte negro azulado brillante cayeron revoloteando hacia el suelo como mariposas de luz.

Nada.

Había un agujero donde se suponía que iba el pomo. Kate se agachó para mirar mejor, le pareció una boca sin dientes, y vio que sobresalían varios fragmentos del cerrojo metálico. Rebuscó en el bolso, entre el peine, los cigarrillos, el encendedor y el perfume, y sacó una lima de uñas metálica. La movió por el agujero hasta que oyó un clic y la puerta se abrió. A la joven agente McKinnon siempre se le había dado bien entrar así en las casas.

– ¿Hola? -dijo en voz alta.

El pasillo semioscuro estaba repleto de periódicos viejos, cajas de cerveza vacías, un paquete de arena higiénica para gatos, una caja de herramientas metálica abierta, una pila de revistas pornográficas. Pasó por encima de todo aquello, entró en lo que parecía una mezcla de salón y dormitorio con un colchón a rayas rosas lleno de bultos en el suelo, un par de sillas plegables en torno a una mesa de juego estilo años cincuenta. Al otro lado de la habitación, Jenny Jones tentaba al público en la Sony Trinitron de veintiocho pulgadas.

Cuando el gato blanquinegro se frotó en sus tobillos, Kate saltó y estuvo a punto de gritar.

– Oh, gatito, me has dado un susto de muerte. -Respiró hondo, acarició al gato, pero al erguirse tuvo la impresión de vislumbrar algo enorme y colorido a su derecha.

Entonces sintió el empujón, y las paredes gris beige, Jenny Jones y el suelo pasaron a toda velocidad. Kate liberó un brazo, agarró algo blando y carnoso, lo sujetó con fuerza y tiró. La cosa grande y colorida -que olía a sopa Campbell de pollo con fideos rancia- cayó sobre el suelo de linóleo con un golpetazo sonoro y petardeó como un motor diésel al apagarse.

Kate le clavó el tacón en la nuca, tiró del brazo fofo del hipopótamo hacia arriba y se lo dobló sobre el omóplato, aunque no estaba segura de que hubiera huesos debajo de las capas de grasa.

Entonces lo observó bien: un tipo de unos ciento treinta kilos con una camisa con estampado de loros.

Gritó como un cachorrito. Su aliento apestaba incluso a más de medio metro de distancia.

Un par de semanas antes, Kate había almorzado con Philippe de Montebello en el comedor privado del Museo Metropolitano y habían hablado sobre los detalles más sutiles de Vermeer, luego había tomado el té con la señora Trump y había obtenido un talón de un millón de dólares para Hágase el Futuro. De pronto no sólo se había empezado a saltarse el almuerzo y el té, sino que estaba clavando el tacón de cuatrocientos dólares en la nuca de un gordo.

– ¿Nombre? -Kate apoyó todo su peso en el tacón y lo vio desaparecer por entre los pliegues de carne.

– Johnson -gritó-. ¡Soy el portero, joder! Wally Johnson. Me estás partiendo el brazo, coño.

– ¿Siempre empujas a los invitados?

– ¡Has entrado en mi casa, por amor de Dios!

Tenía razón.

– Policía de Nueva York -informó Kate al tiempo que le soltaba un poco el brazo.

Se agachó un poco, pero se irguió de inmediato al percibir el aliento. Logró que el gordo prometiera que sería un buen chico.

– ¿Por qué no lo has dicho antes? -Se dio la vuelta, se enderezó, se frotó el brazo y se lamentó-. ¡Joder!

– He llamado a la puerta y en voz alta. No has respondido.

– Estaba cagando, joder. -Sus ojos, unas manchitas oscuras que miraban por entre persianas venecianas de grasa, observaron a Kate con recelo-. ¿Eres poli?

– Trabajo en el caso Solana -contestó, y le gustó la frase. También estaba contenta consigo misma, tras haber reducido al gordito Wally con un brazo. Gracias a su entrenador personal. Claro que nunca había visto a nadie en peor forma física que Wally-. Mira -le dijo-, no he venido a hacerte daño…

– Ya me has roto el brazo, cojones -dijo haciendo un mohín.

Kate se esforzó por no llamarle llorica.

– Leí tu declaración. No estabas aquí la noche que asesinaron a Elena Solana, ¿no?

– Ya se lo he contado a los otros polis. Estaba con mi hermana, en Staten Island. Hizo espaguetis con albóndigas.

– Suena delicioso. Pero busco algo más que unas albóndigas.

– ¿Como qué?

– ¿Conocías a los amigos de Elena Solana…?

– Eh, no soy un fisgón.

– No he dicho que lo seas. -Kate suavizó el tono-. Mira, Wally, tú y yo sabemos que un portero bueno está al tanto de las idas y venidas de los residentes. Es parte del trabajo, que estoy segura que haces muy bien.

Wally Johnson se frotó el brazo.

– Tenía unos cuantos novios negratas -dijo.

Kate sintió la tentación de partirle el otro brazo, pero eso no la ayudaría a obtener las respuestas que deseaba.

– Háblame de ellos.

Se encogió de hombros.

– ¿Qué quieres que te cuente? Uno era bajito. Otro flacucho. Otro grande.

– ¿Cómo de grande?

– Como un gorila o un boxeador profesional, algo así.

– ¿Qué más?

– El bajito tenía ese pelo, ya sabes, como, esto…

– ¿Rizos rastas?

– Eso es, rizos rastas. Era joven. Venía mucho por aquí.

1 ... 28 29 30 31 32 33 34 35 36 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)