El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
– Sí, en cuanto acabó la actuación. Habíamos planeado salir a cenar, pero Elena estaba cansada y… -El cuerpo destrozado de Elena. Un charco de sangre coagulada deslizándose por las grietas del suelo de linóleo. Kate estuvo a punto de dejar escapar un grito ahogado ante la intensidad de la imagen. Respiró hondo-. Al cabo de varios días yo, nosotros, es decir, Willie Handley y yo, encontramos el cuerpo.
– A ver si lo entiendo -dijo Brown echando un vistazo rápido a un archivo y luego al otro-. Conocía a las dos víctimas, Solana y Pruitt.
Kate parpadeó.
– Sí, exacto.
– ¿Qué me dice de Stein?
– No le conocía, pero poseo uno de sus cuadros.
– Parece conocer a todo el mundo, McKinnon. -Mead entornó los ojos aún más.
– No a todo el mundo. No creo que llegara a conocer a Ethan Stein, aunque haya coincidido alguna vez con él… debido a mis contactos en el mundo del arte. -Volvió a respirar hondo-. Eso no es todo. -Puso la fotografía del día de la graduación sobre la mesa-. Me la colocaron. Somos Elena Solana y yo. La recibí antes de que muriera. Es decir, antes de que supiera que la habían asesinado. Fíjense bien. Los ojos…
– Será mejor llevarla al laboratorio -dijo Mead.
– También tengo esto. -Kate les enseñó la Polaroid borrosa, el collage, los fragmentos ampliados de la Virgen y el Niño, les explicó que se los habían enviado y lo que creía que significaban.
– ¿Por qué usted? -inquirió Brown.
– Eso no lo sé.
Mead frunció los labios aún más. ¿Para eso se la había enviado la comisaria, para que hiciera de canguro?
– ¿Se las ha enseñado a la comisaria Tapell?
– Claro.
– Pues… -Volvió a chasquear la lengua-. Será mejor que le pinchemos el teléfono y la vigilemos. -Anotó algo.
– Tapell ya se ha ocupado de eso.
– Si McKinnon tiene razón -dijo Brown-, deberíamos comenzar a hablar con los del mundo del arte neoyorquino.
– Estoy de acuerdo -convino Kate. Les ofreció una copia de Guía de galerías-. Esto es una lista de todas las galerías y museos de la ciudad, por zonas. -Asintió con la cabeza hacia Mead-. Enviaría a varios uniformados para que tomasen declaración en todas.
– ¿Eso haría? -Mead le dedicó otra sonrisa forzada-. Bueno, se lo agradezco, McKinnon. Pero ciñámonos primero a lo más lógico. ¿Le parece bien?
– Creo que deberíamos ir a todas -dijo Brown mientras hojeaba la Guía de galerías.
– Quizá tenga tiempo de interrogar a todos los aprendices del mundo del arte -Mead se tiró de la pajarita-, pero yo me ocupo de una docena de casos más y carezco de los recursos necesarios.
– He venido a ayudar, no a obstaculizar -dijo Kate-. Pero ya tienen tres cadáveres. ¿De veras quieren el cuarto? -Miró a Brown y a Slattery-. Podría empezar con el personal del Museo de Arte Contemporáneo, les conozco.
– Ya tengo sus declaraciones -dijo Slattery-. Allí es donde vieron por última vez a Solana.
– Buen trabajo. -Kate sonrió a la agente-. Pero, si no le importa, también me gustaría hablar con ellos.
Primero un cuadro, luego otro llena la pequeña pantalla, en cierto modo fragmentados, con colores muy vivos.
La cámara se aleja, muestra los cuadros en la pared de un museo y a una mujer bajando lentamente por una rampa; lleva una blusa de seda blanca, pantalones negros y el pelo suelto por el hombro.
A él se le corta la respiración.
– Les Fauves -dice la llamativa mujer de la pantalla con una expresión seria, mirando a la cámara con ojos inteligentes e incitantes-. Significa «las fieras» en francés. -Sonríe.
Él también sonríe. «Fieras.» Eso le gusta.
– Y no era un término halagüeño -dice con las cejas arqueadas-. Se utilizaba para describir a un grupo de artistas: Matisse, Derain, Vlaminck, Marquet, porque su obra era diferente, desinhibida. Tan diferente que los cuadros se colgaron en una sala aparte, aislada de las obras de arte más convencionales de la Exposición de París, en el otoño de 1905. Los cuadros eran tan atrevidos, tan… poderosos que despertaban la furia ajena.
«Diferente. Desinhibida. Aislada.» Oh, Dios, ella le entiende a la perfección.
– Sí -susurra a la pequeña pantalla-. Te escucho.
– «El color por el color», dijo el pintor André Derain. -Señala un cuadro, luego otro-. Ya ven, es una cuestión de color: intenso, exagerado, distorsionado. Violetas chillones, rosas brillantes, verdes amarillentos, rojos sangrientos.
«Rojos sangrientos.» Le recordó a Ethan Stein, el suelo del estudio del artista. Tan hermoso.
– Me llamo Katherine McKinnon Rothstein. Y están viendo… Vida de artistas. -La cámara se acerca para un primer plano.
Él también se acerca, siente la electricidad estática de la pantalla del televisor en la piel, está tan cerca que le parece oler su perfume y sentir su calidez.
Congela la imagen.
El rostro sonriente de Kate se mantiene inmóvil, una pantalla de puntos brillantes, más impresionista que fauve.
Apoya su mejilla en la de ella.
15
A Schuyler Mills, conservador jefe del Museo de Arte Contemporáneo, le dolía la cabeza. ¿Acaso sería porque nadie, absolutamente nadie, lo valoraba en el museo? ¿O estaría mareado por saltarse demasiadas comidas y pasar más tiempo del debido en el gimnasio? Flexionó los bíceps, satisfecho. ¡Vaya si no se sorprenderían sus colegas del instituto! Le llamaban Sebo. Bueno, daba igual. No sobraba ni un solo gramo de grasa en el cuerpo de metro ochenta de Mills. Observó su reflejo en el cristal mientras se dirigía al museo y se colocó bien la corbata a rayas azules y rojas. Tenía buen aspecto. Y las canas prematuras le daban un toque distinguido.
Si los del museo comprendiesen su valía. Aunque, claro, nadie lo había hecho nunca. Ya en la Escuela de Bellas Artes eran los otros estudiantes los que deslumbraban con una rápida capa de pintura, quienes recibían los elogios del profesorado. Seguramente por eso se pasó a historia del arte.
Schuyler cruzó la zona de recepción sin molestarse en saludar a la nueva chica que acababan de contratar, la que llevaba piercings en la nariz, el labio y sabe Dios dónde más. ¿Quién habría tomado esa decisión? Y entonces, para empeorar las cosas, entró en el ascensor justo en el mismo momento que su compañero de trabajo, Raphael Perez, el conservador «joven». No podía creerse que tuviera tan mala suerte.
Los dos apenas se saludaron con la cabeza.
Mills se alisó el pelo; Perez jugueteó con las llaves que tenía en el bolsillo de su elegante blazer de Andrew Fezza.
– ¿Chaqueta nueva? -preguntó Mills.
– Sí. -Perez se pasó los dedos por las solapas cruzadas-. Por si te interesa. Recién comprada.
– Así que ayer te pasaste todo el día de compras, ¿no?
– Estaba ocupado -dijo Perez entre dientes- con negocios artísticos, fuera de las paredes del museo. No comparto la vieja idea de que un conservador debe pasarse la vida encerrado en su torre de marfil. Ahí fuera hay un mundo maravilloso: artistas jóvenes, cosas que ocurren constantemente. Aunque no creo que eso te importe lo más mínimo. Estás demasiado ocupado, ¿cómo… leyendo?
– No, estaba escribiendo -replicó Mills-. Comentarios para mi charla en la Bienal de Venecia. Quiero decir algo significativo sobre el arte americano actual, no me apetece largar la típica perorata retórica tipo New Age. -Sonrió con maldad.
Perez observó el panel que indicaba los pisos y miró de reojo el reflejo de Mills en las brillantes puertas metálicas. Tenía ganas de machacarle aquella cara arrogante, pero no se atrevía. Una vez le había visto con un polo de cuello alto y había reparado en la prominente musculatura; y aunque Raphael Perez tenía veintisiete años y debía de tener veinte menos que Mills, estaba seguro de que el viejo era más fuerte que él. «Mierda.» Le dedicó una sonrisa desdeñosa a su compañero.