El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
– Seguramente seguirá en el mismo sitio -dijo Brown-. Iremos a buscarla.
Kate volvió a consultar el expediente de Stein.
– Supongo que cuando reciba el informe de toxicología en la sangre de Stein figurará alguna clase de fármaco paralizante. Nadie soportaría el dolor. -Se volvió hacia Mead-. ¿Los de Escena del Crimen notaron algo especial en las luces del estudio de Stein?
– ¿A qué se refiere?
– Creo que el asesino imitó el claroscuro del cuadro.
– ¿El qué? -Maureen frunció el ceño.
– La intensa iluminación secundaria en blanco y negro. Rembrandt la empleaba. Caravaggio también. Y muchos otros pintores. Tiziano la usa para crear un efecto dramático. -Kate colocó otra de las fotografías de la escena del crimen del cuerpo de Stein sobre la mesa-. Creo que si regresan a la escena de Stein verán que la mitad de los focos del estudio están desenchufados o con las bombillas flojas.
Maureen lo anotó.
– Lo comprobaremos.
– Entonces, si está en lo cierto, se trata del mismo sudes tanto en el caso de Pruitt como en el de Stein -dijo Brown.
«¿Sudes? Ah, sujeto desconocido.» -Sí -respondió Kate.
Brown le dijo algo a Slattery y ambos cruzaron unas palabras susurradas.
Mead levantó una mano para que se callaran.
– De momento, no hemos llegado a ninguna conclusión definitiva. No nos subamos al carro de los asesinos múltiples, al menos no todavía. -Miró a Kate con lo que ella interpretó como una expresión sincera-. Sé que Tapell cree que usted tiene algo y, no digo que no, pero tenemos que confirmarlo todo, y cuando digo todo es todo, antes de hablar de un asesino múltiple.
– Estoy completamente de acuerdo -dijo Kate.
– Bien. ¿Qué hay de Solana?
– También fue escenificado -replicó Kate-, aunque quizá les parezca más sutil. -Trató de explicarlo con total naturalidad mientras abría el catálogo de Picasso y los retratos por la página en la que se encontraba el autorretrato de un solo ojo-. El retrato de Picasso tiene dos caras en una; una entera y un perfil justo en el centro. El asesino ha elegido el perfil, que ha materializado en la mejilla de Elena Solana.
– Con sangre -dijo Brown-. Más barato.
– O tal vez todavía no estuviese preparado del todo -sugirió Kate.
– ¿Y el que sólo tenga un ojo? -inquirió Slattery-. ¿Es significativo?
En aquel momento Kate cayó en la cuenta de que podía haber sido mucho peor; el psicópata podría haberle arrancado el ojo a Elena para reproducir todo el retrato. «Gracias a Dios por las pequeñas bendiciones.» -A Picasso le gustaba pintar deprisa -explicó Kate-. Cuando creía que ya había pintado bastante y había transmitido su mensaje, dejaba el cuadro y pasaba al siguiente. Dejó estudios y casas repletos de cuadros «inacabados». -Se calló-. Quizás ocurra lo mismo con el asesino, tal vez creyera que ya nos había transmitido su mensaje. -Kate se calló de nuevo-. Pero la elección de este Picasso en concreto es importante porque… el cuadro es mío.
– ¿A qué se refiere? -Mead entornó sus pequeños ojos.
– A que me pertenece. Está en mi salón.
Brown pareció alarmarse.
– ¿Entonces el tipo ha estado en su casa?
Kate levantó la mano.
– Eso es lo que pensé, pero lea el libro. Ahí figura mi nombre, dice que me pertenece. -Kate no podía dejar de mirar el perfil sangriento en la mejilla de Elena-. No sé por qué, pero creo que lo eligió por ese motivo, porque es mío.
Mead se inclinó hacia ella.
– ¿Tiene enemigos, McKinnon?
– Supongo que la mitad del mundo del arte.
Slattery ladeó la cabeza en su dirección.
– ¿Y eso?
– Mi libro sobre arte era poco convencional y demasiado popular. Luego la serie televisiva. -Kate se encogió de hombros-. El éxito engendra envidia y enemigos. -Kate observó las fotografías de la escena del crimen, la de Elena, la de Bill Pruitt y la de Ethan Stein-. Hay demasiadas relaciones -explicó-. Elena era una estudiante de Hágase el Futuro y William Mason Pruitt no sólo estaba en la junta de Hágase el Futuro, sino que también colaboraba como asesor financiero. Además, era presidente del consejo de administración del Museo de Arte Contemporáneo, que es donde se vio a Elena Solana por última vez… con vida. -Kate titubeó unos instantes-. Debería añadir que yo también formo parte de ese consejo y que conocía bien a la víctima, Elena Solana. -Hizo una pausa-. Pero ya saben que fui una de las primeras personas que descubrió el cadáver.
Durante los siguientes veinte minutos el equipo repasó las truculentas fotografías del asesinato de Elena Solana:
las diecisiete puñaladas, la posición del cuerpo, la ausencia de huellas.
A Kate le sorprendió escuchar todo aquello como si se tratara de un caso cualquiera. Resulta curioso, pensó, lo deprisa que se adopta la postura del poli, la capacidad para distanciarse.
– Tenemos pruebas suficientes para sugerir que están tratando con un asesino muy organizado -apuntó-. No sólo se toma su tiempo escenificando los crímenes, sino que lo limpia todo. Y, según los técnicos, no ha dejado huellas. Y diría que los asesinatos de Pruitt y Stein exigieron una planificación detallada.
– Estoy de acuerdo. -Brown ladeó la cabeza en su dirección y entornó los ojos-. Pero ¿por qué dice eso?
– ¿Alguna vez ha intentado pasar inadvertido delante de un portero de Park Avenue, detective Brown? No es fácil. Si alguien quisiera acceder al edificio de Bill Pruitt tendría que saber cuándo es el cambio de turno de los porteros o esperar, seguramente varias horas, a que el portero abandonara su puesto y colarse entonces. Requeriría planificación o paciencia, o ambas cosas. En cuanto a Stein, bueno… ¿quién ha visto su estudio?
Brown asintió.
– Rejas en las ventanas. Cerrojo de seguridad en la puerta principal. Nada forzado ni roto.
– O sea, que Stein dejó entrar al asesino, y creo que con Solana ocurrió otro tanto.
– A no ser que lo de Solana sea un crimen pasional -sugirió Slattery-. Ha dicho antes que tal vez el sujeto desconocido no estuviera preparado.
– O tal vez la chica estuviera haciendo la calle -dijo Mead.
«¿Elena haciendo la calle?» Las palabras de Mead fueron como una anfetamina para Kate.
Los otros agentes se volvieron hacia ella, esperando su reacción. Ya les había contado que conocía bien a Elena y ahora, supuso, querían ver cómo se tomaba el comentario de Mead.
Kate se sujetó del borde de la mesa metálica.
– Maureen, usted registró el apartamento de la víctima. ¿Encontró conjuntos sexy?
– Sobre todo pijamas de franela.
– Entiendo. ¿Ninguna agenda repleta de citas? ¿Nada por el estilo? -Kate daba golpecitos en el suelo con el pie.
Maureen negó con la cabeza.
– ¿Qué había en el botiquín? ¿Condones, estimulantes, nitrito de amilo, metacualonas, éxtasis, cosas así?
– No. Nada.
– Una puta de lo más aburrida. -Kate clavó su mirada en la policía rubia-. Ha dicho que trabajó cinco años en Antivicio, por lo que supongo que sabría reconocer el apartamento de una prostituta, ¿no?
Mead intervino.
– Ya basta, McKinnon. -Le dedicó una sonrisa de oreja a oreja-. Me limito a sugerir que quizá su becaria no estuviese tan limpia.
Brown sacó una hoja del archivo de Solana.
– En su declaración dice que estuvo con Solana esa misma tarde, antes de que la asesinaran.
– No estuvimos juntas en el sentido estricto de la palabra. -Kate sintió una minúscula fisura en su coraza. El anfiteatro, Elena sobre el escenario, viva-. Actuaba en el Museo de Arte Contemporáneo y acudí al espectáculo.
– Dice que se marchó a eso de las nueve.
Una despedida rápida, un beso de buenas noches.