El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Las puertas del ascensor se abrieron. Los dos titubearon.
– Tú primero -dijo Perez.
Schuyler Mills salió andando despacio, pensando que así era y que siempre sería así: primero que Raphael Perez.
Kate entró por las elegantes puertas de cristal ahumado, la entrada del Museo de Arte Contemporáneo en la Cincuenta y siete; el último lugar en el que había visto a Elena con vida.
Quería que todos le contaran con detalle qué habían hecho durante la semana anterior. Pero ¿cómo lo haría? Claro, podía preguntarles directamente -¿Dónde estuviste la noche que fulano falleció?-, pero la experiencia le había enseñado que era mejor obtener una respuesta sin preguntar nada, que alguien hablara mientras ella intentaba dar con su punto débil, lo que querían y qué creían que ella haría por ellos.
La recepcionista de los piercings, encorvada sobre una biografía de Frida Kahlo, se irguió en cuanto Kate entró. Kate le sonrió, pasó rápidamente por delante de la placa de bronce de la pared, que enumeraba, entre otros patrocinadores, al señor y a la señora de Richard Rothstein.
En el pasillo, de seis, quizá nueve metros, una bolera de blanco puro y celestial, el metro ochenta de Kate se había tornado diáfano de repente. Los fluorescentes creaban esa ilusión; la obra de un artista, no de un arquitecto. Algunas personas lo detestaban, a Kate le encantaba. Se sentía como Campanilla, flotando.
La principal área de exposición, con el techo abovedado y el suelo de baldosas blancas, parecía una especie de piscina ultramoderna, sin agua, claro.
Durante unos instantes, pensó que el museo estaría cambiando de exposición. Entonces vio los papeles blancos prácticamente invisibles, trozos de papel higiénico colgados de las enormes paredes blancas del museo.
Al mirar de cerca, reparó que en el centro de cada trozo de papel había una palabra garabateada con un bolígrafo: amor, odio, vida, muerte, fuerza, debilidad.
¿Minimalista? ¿Conceptual? ¿Desechable? Las tres cosas, pensó Kate, olisqueando el papel de una capa. «Y sin aroma.»
– ¡Kate! -El conservador jefe, Schuyler Mills, se pavoneó por el resplandeciente suelo del museo. El papel higiénico ondeó en las paredes-. Me alegro de que hayas venido. -Sonrió de oreja a oreja, cambió de expresión, frunció el ceño-. Intenté localizarte en el funeral de Bill Pruitt, pero… -El conservador se inclinó hacia ella y le susurró-: ¿Estaba borracho o qué?
– ¿A qué te refieres, Schuyler?
– Bueno, ¿ahogarse en la bañera? Venga ya. -El conservador se mordió el labio-. Supongo que no debería haber dicho eso. Discúlpame. -Adoptó una expresión inusitadamente solemne-. Oh. Espero que recibieras mi tarjeta. Siento mucho lo de Elena. Era una chica con mucho talento. Mantuvimos una conversación muy agradable justo antes de su actuación. La pobre estaba un poco nerviosa. Le serví un brandy… siempre lo tengo a mano para los patrocinadores más generosos del museo, como tú. -Otra sonrisa.
– ¿Hablaste con Elena después de la actuación?
– No. Me fui directo al estudio para repasar y preparar el catálogo. -Hizo una pausa-. Suelo trabajar de noche.
– ¿No te sientes solo? -preguntó mientras pensaba si sería posible comprobarlo.
– Me gusta la tranquilidad.
Kate se imaginaba al conservador, solo, en el estudio, con la nariz enterrada en un libro. No parecía hacer mucha vida social aparte del museo y las funciones de arte. Cambió de tema.
– ¿Conocías a Ethan Stein?
– Terrible -respondió negando con la cabeza-. Pero no, no llegué a conocerle.
– Me pregunto… -Kate se toqueteó el labio y formuló la pregunta con tacto- si seguía pintando cuadros minimalistas.
– Ni idea.
– ¿No seguías su obra?
– El arte minimalista no me interesa mucho que digamos.
– ¿No?
– No. Me gusta el arte con un poco más de vida.
– Pero admitirás que Stein aportó algo al movimiento.
– Supongo. -Mills se encogió de hombros.
– ¿Y nunca incluiste su obra en una exposición ni visitaste su estudio?
– Ya te lo he dicho, Kate. Su obra no me interesaba.
No. -Los labios del conservador se curvaron hasta formar una sonrisa recelosa-. Empiezas a hablar como los polis. Y la verdad es que no te pega, Kate.
– ¿Ah, sí? -Kate se rió-. ¿Te refieres a que no me imaginas como a Angie Dickinson… dura, guapa y bien peinada?
– ¿Angie qué?
– La próxima vez me dirás que nunca has oído hablar de Los Angeles de Charly.
– ¿Son personajes de la tele? -preguntó el conservador con sorna-. Nunca veo la televisión. Nunca. Oh. Salvo tu maravillosa serie. Por supuesto.
– Por supuesto. -Kate ladeó la cabeza y miró a Mills de soslayo.
– No, de verdad. La vi. Era maravillosa. -Se alisó el pelo-. Normalmente no tengo tiempo ni paciencia para la cultura de masas -dijo con desdén-. Creo que está destruyendo el mundo civilizado. Es una enfermedad que no desaparecerá. ¡Como el herpes!
– Una analogía encantadora, Schuyler. ¿Es de Proust o de Moliere?
El conservador no sonrió.
– Me limito a conservar una minúscula parcela de buen gusto e inteligencia en nuestra decadente cultura.
Kate observó uno de los trozos de papel higiénico ondeante.
– ¡No tuve nada que ver con eso! -Los labios se le pusieron blancos y las palabras eran casi inaudibles-. Esta exposición nos llegó por medio de un conservador «independiente». No soy, mucho me temo, el director del museo.
– Quizá lo seas ahora que Amy se marcha. -Kate le puso la mano en el brazo de su blazer azul-. Ya sabes -dijo-, que podría hablar bien de ti al consejo de administración del museo.
– ¿Lo harías? -La frialdad de Mills desapareció de inmediato.
– Claro. Pásame tu horario de trabajo del mes pasado. Así no sólo sabré lo que haces, sino que también les demostraré lo mucho que trabajas… y estoy segura de que así es.
– Ni te lo imaginas -replicó-. El trabajo es mi vida. Me encantaría redactarte lo que quieras.
– Oh, no te molestes, Sky. Basta con que me fotocopies tu agenda de trabajo.
Raphael Perez cogió una transparencia en color de diez por doce del desorden del escritorio, la sostuvo contra la luz -un hombre lamiendo el sudor de su axila- y la colocó sobre una de las varias pilas de diapositivas, transparencias y fotografías. Ya era hora de que acabara con la maldita exposición y la colgaran de las paredes del museo; si Bill Pruitt no se hubiera peleado con él, se habría inaugurado cuando se suponía que tendría que haberse inaugurado, hacía ya un año. Ahora le preocupaba que «Funciones corporales» -la cual estaba seguro que pondría su nombre en el mapa del arte- estuviera ligeramente pasada de moda cuando finalmente se inaugurara en otoño. Rezaba para que la voluble fascinación del mundo del arte aguantase un poco más. Por supuesto, al final, daría igual. El puesto de conservador en el Museo de Arte Contemporáneo sólo era el primer paso. «Pero director…», le dio vueltas al título en su interior mientras observaba despreocupadamente otro posible aspirante para su exposición. En la copia brillante a color de veinte por veinticinco, un joven desnudo estaba sentado al borde del váter, con el rostro contraído por el esfuerzo. Perez la lanzó al suelo. Si hubiese tenido el tiempo y la fuerza necesaria, la habría hecho trizas y tirado por el váter, aunque sólo fuera por la ironía.
– Siento molestarte -dijo Kate mientras entraba en el estudio de Perez y observaba la nariz recta, los labios carnosos y las pestañas bien oscuras del conservador.