Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Así que no tenía mucho donde elegir, aparte de arreglar las cosas a mi modo. No quería que les ocurriera nada malo, porque yo no era de ésos. No podía tener nada contra ellos sólo porque no opinaran como yo. Si fuera por eso, estaría obligado a odiar a la mitad de la humanidad. Mi pensamiento era simplemente dirigir a aquellos dos hombres hacia otros derroteros, al menos durante unos años, hasta que la mayor parte de lo ocurrido cayera en el olvido y las aguas volvieran a su cauce.
En aquel tiempo había en Saint Malo un barco que se estaba preparando para ir a las colonias. Toda la ciudad estaba llena de carteles con unas ofertas tentadoras: viaje gratis y ayuda para ponerse en marcha en un país con un clima incomparable y unas posibilidades ilimitadas de ganar dinero a cambio de tres años de trabajo en las plantaciones. Naturalmente, tres años eran mejor que cinco, como en Inglaterra, pero yo sabía por mis viajes en el Lady Mary cómo eran. El viaje era sencillo, el trabajo de esclavo, y había mil y una formas de alargar el contrato. El contrato de un trabajador blanco era por lo menos igual de valioso que el de un esclavo negro, o quizá más, ya que el blanco había firmado su contrato de esclavo. Por eso se podía pensar que tendría menos intenciones de fugarse o de amotinarse.
No obstante, por lo que oí en la ciudad supe que a los trabajadores franceses contratados efectivamente los dejaban libres a los tres años. En pocas palabras, lo que querían era contar con hombres que pudieran labrar la tierra, casarse, tener descendencia, llevar un arma y todo lo que fuera necesario para mantener las colonias con vida. Sí: fletaban incluso barcos cargados de mujeres con rumbo a las islas para que los hombres se quedaran. Ogeron, el anterior gobernador de Tortuga, había disfrutado de sus días de grandeza cuando sorteó a las mujeres, prostitutas o mujeres de mal vivir, casi todas curtidas y con mucha labia. Y se insinuaba que los matrimonios celebrados con la mediación de la diosa Fortuna en lugar del Espíritu Santo aguantaban tanto como los otros. Ahora recapacito que de eso tendría que haber hablado con Defoe, el que escribió una obra entera de cuatrocientas páginas para demostrar las excelencias de los matrimonios cristianos.
Eso de que los franchutes dejasen libres a sus trabajadores hizo que me decidiera. Me puse en contacto con un contratista. Le ofrecí cincuenta libras de entrada si hacía que England y Deval estuvieran a bordo del Saint-Pierre como trabajadores contratados el día que se hiciera a la mar.
No me importa cómo lo consiguiera, pero la verdad es que los dos Hombres estaban a bordo cuando el Saint-Pierre soltó amarras un claro día de verano con viento del este. Los vi acodados en la amura, escrutando el Dana e intentando divisarme, ya que seguramente no sospechaban nada del buen compañero que podía ser yo cuando era necesario. Según el contratista, cuando le di sus cincuenta, England y Deval no tenían la menor sospecha de que fuera yo quien había movido los hilos de su futuro, un futuro nuevo y rico en promesas, en un país con un clima incomparable y posibilidades ilimitadas. Se habían dejado engañar con toda confianza y con no poco licor y coñac, sin contar con la ayuda de los compañeros de cuerda que llevaba el engatusador. En fin, como siempre. Así me libré de Deval y de England, o eso creía yo, aunque tal vez me precipité, ya se sabe.
Unos días después vendí el Dana y recuperé las cien libras, todo mi capital, para pensar después, ya en serio, en mi propio destino y aventuras. No me podía quedar donde estaba, con todas las relaciones e intercambios entre Irlanda, Inglaterra y Francia en nombre de la paz. Empecé a creer, ya que lo oía en los bares y en las tabernas, que las Antillas eran un buen lugar para hacer fortuna, incluso para alguien como yo. Al cabo de unos meses, cuando un barco de bandera danesa apareció en el puerto con destino a las Antillas, me enrolé sin dudarlo. Por lo que supe después, era un capitán inglés que había sido despedido de su barco, pero que creía que aún estaba en la Marina. Y el barco, que navegaba bajo el nombre de Libre de penas, por lo visto iba a las Antillas, aunque antes recalaría en Guinea para comprar esclavos. Sin embargo, no lo sabía cuando en el año de gracia de 1714 subí a bordo con mis trastos, avalado por cien libras, para iniciar una nueva vida, seguramente la tercera, como un hombre libre de surcar los siete mares de la tierra.
Capítulo 13
Hoy por la mañana, cuando el disco solar se levantaba en el horizonte, el cielo estaba de color rubí, aunque eso no sea para alegrarse. El rojo predice lluvia y las nubes azul grisáceo que engañan tras la montaña rápidamente dejan de ser guirnaldas del mar para convertirse en rocas ondulantes.
Mi primera idea esta mañana fue seguir donde lo dejé, pero entonces me puse a sopesar si no sería sólo por negligencia que hasta ahora, a pesar de todo, recordase mi vida en orden cronológico, sí, casi con la precisión de un cronómetro. ¿No había pensado que la única vida realmente adecuada para mí era la que me daba vueltas en la cabeza según soplara el viento? ¿Y no había creído que esa vida que me pertenecía por derecho propio sería un tumulto en el que una cosa llevaría a la otra, primero la pierna, después Deval, después Dunn y posiblemente Edward England, el último de los cuales me hacía recordar a Plantain, cuyo bienaventurado recuerdo me llevaba hacia Defoe y así sucesivamente hasta el infinito, hasta que me quedara vacío? De todos modos, me encontré con que había escrito que había nacido, una observación innecesaria, creo yo, y después vino lo demás por su camino. ¿Negligencia? Sí, es posible, pero también curiosidad, como si mi vida fuera una buena anécdota relatada alrededor del mástil. ¿Cómo podía acabar como había acabado? No dejo de preguntármelo, y tal vez empiezo a entender que la otra vida, el tiempo de tormenta, el caos ingobernable de relámpagos que reina en la memoria, no se pueden poner por escrito. Y tampoco es más verdad que eso otro, lo que empieza con el nacimiento o en cualquier otro momento, porque las dos vidas están a pesar de todo en mi cabeza. Dicho de otro modo, en lo que se refiere a la verdad de la vida, no sé por dónde cogerla.
¿Podría haberme ayudado Defoe en esto? Él escribió para no tener que vivir su propia vida. Tengo que contestar que no. Convenció a otros para que creyeran en sus palabras, pero, ¿sabía él mismo quién era, entre los cientos de nombres prestados que utilizó para ser libre? Su trabajo consistía en dejar pasmada a la gente. Era un agente secreto y al mismo tiempo un escritor libre. ¿Hay algo mejor? ¿Se puede desear más en esta vida? Formábamos una extraña pareja usted y yo, señor Defoe, pero quisiera decir que no es de extrañar que nos encontráramos en el Angel Pub de Londres, usted como historiador de la piratería y yo como testigo presencial de una categoría poco común.
En aquellos tiempos había navegado con England por el Caribe y por el océano Índico durante un par de años. Con el Fancy habíamos conseguido más y mejores presas que casi todos los demás, casi siempre sin lucha, porque, como mucho, éramos ciento cincuenta hombres, y ¿qué navío mercante con treinta marineros a bordo querría perder hasta la última gota de su sangre por plantar cara a un poder muy superior, total para defender los beneficios de los armadores y sus miserables sueldos? Sin embargo, había capitanes que estaban locos y que ordenaban el enfrentamiento por cuestión de honor. Pagaban el doble: en primer lugar, el barco con la carga, y en segundo lugar la sangre y la muerte. ¿Con qué provecho? Naturalmente, también había capitanes que sólo luchaban por salvar sus propias vidas, los tiranos enterados de que no habría clemencia cuando la bandera estaba arriada y se pasaban cuentas. Edward England tenía sus más y sus menos, y si hubiera podido mandar en solitaria majestad, muchos capitanes, potentados y curas habrían salvado el pellejo, aunque por los pelos, en los barcos que abordábamos sin miramientos. Pero England se sometió a las decisiones del consejo si en alguna ocasión decía la última palabra, y la ejecución era la regla tras un interrogatorio con la tripulación sobre cómo habían sido tratados. Era realmente como el mismo England había dicho una vez: la única pareja que alcanzaba a discernir claramente era la que formaban la vida y la muerte.