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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Naturalmente, fuimos a Francia. Nos imaginábamos que allí jugaríamos con cierta ventaja. A falta de otras facultades, Deval nos serviría para que nos entendiéramos, siempre y cuando comprendiera lo que England y yo queríamos decir. England había tenido tiempo de hacer con Dunn unos veinte viajes a distintos puntos de la Bretaña, así que conocía las aguas como la palma de su mano, y le tocó por tanto ser el capitán. Por mi parte, seguía siendo marinero, y pese a ser un experto me conformé con ello. Enseñar los dientes en cualquier momento, a tiempo y a destiempo, con tal de mandar, no era mi plato favorito. Quería ser dueño de mi destino y de mis aventuras, pero no de las de los demás. Nadie podría destituir a John Silver, ésa era mi norma. Sin embargo, y por seguridad, propuse que formáramos un consejo que decidiría las cuestiones importantes a bordo, es decir, de todo aquello que se saliera del cotidiano cuándo, dónde y cómo debíamos arriesgar nuestra única vida para ganarnos unas perras.

Deval estuvo acostado en su catre toda la primera noche. Mientras England y yo hicimos lo que debíamos hacer para salvar el pellejo -navegar, cambiar de bandera y de nombre, inventariar las armas y las provisiones-, Deval lloraba por Dunn. Si fuera preciso creer al mismo Deval, y en ese punto era difícil afirmar lo contrario, Dunn era el único que había demostrado con Deval esa pizca de amabilidad y consideración a que tiene derecho la mayor parte de la gente, aun sin saber de dónde lo ha sacado. Con un punto de magnanimidad dejé que Deval apoyara la cabeza en mi hombro y que llorase, y fue buena idea; teniendo en cuenta las circunstancias, era lo mínimo que podía hacer. Cuando se calmó le ordené en serio que se fuera al catre. Lo necesitábamos descansado y con la mente clara cuando llegáramos a la Bretaña al día siguiente, porque realmente no podíamos componérnoslas sin él. Aquellas palabras bien elegidas dieron velocidad a sus piernas y desapareció bajo la cubierta.

England y yo nos quedamos por tanto con la noche ante nosotros.

– Vaya lío has armado, John -dijo England y escupió un buen gargajo al lado, dedicado al mar inmenso.

Claro que ahora era el capitán y tenía derecho a mear a barlovento, pero de todas maneras era absurdo escupir con el viento de cara, porque el gargajo trazó un arco en el aire y le cayó en el pie. Miró incrédulo sus pies y luego me miró a mí.

– Pero… -empezó y yo le interrumpí, como es de imaginar.

– … podía haber sido peor -concluí.

– No mucho -contestó England acobardado-. ¿Qué podría ser peor que esto?

– Te podría haber caído el gargajo en la jeta.

– John -dijo sin sonreír siquiera-, le puse precio a Dunn.

– ¿Y quién diablos no lo había hecho? -respondí enérgicamente.

– Tenía sus más y sus menos, naturalmente -añadió England como era de esperar-. Una de ellas era su hija. ¿Sabes lo que le ocurrió a ella?

Di un respingo. Elisa, sí, me había olvidado de incluirla en mi historia.

– No quiero decir nada malo -añadió England, solícito-. Hasta yo mismo entiendo de sobra que no es fácil.

– No -dije despacio, sin ganas de decir nada malo, aunque a mi manera-, no es fácil. Supongo que los ingleses se encargaron de ella antes de que llegáramos nosotros. Pero no sin más, quiero decir. Ya sabes… Dunn encontró un trozo de su vestido manchado de sangre.

– Los muy cerdos… -exclamó England-. Si le tocaron un pelo, por todos los demonios que…

Se calló y yo esperé tenso a ver con qué salía, pues ¿qué se le podía ocurrir contra una nación entera?

– … declararé la guerra a los ingleses, se encuentren donde se encuentren en este mundo -concluyó muy decidido.

– ¿Como tus padres? -pregunté.

– Sí, que se los lleve el diablo. Siempre se salen con la suya. No se puede hacer nada. Y tú, John, ¿qué piensas hacer?

– ¿Con qué?

En la mirada de England vi que debía andarme con pies de plomo si quería que me creyera.

– Con Elisa, naturalmente -dijo tal como me imaginaba, sólo que demasiado tarde.

– ¿Qué puedo hacer? -suspiré-. No es a ella a quien quieren. Lo único que me da miedo es lo que haga cuando se entere de que Dunn está muerto.

Tan pronto pronuncié estas palabras me di cuenta de lo bien que había hablado. Si Elisa creía que fueron los ingleses los que habían matado a Dunn estaba todo arreglado, no para los ingleses, claro, ni para ella misma. Si creía que había sido yo… Pero intenté persuadirme de que no tenía motivos para sospechar de mí, un hombre de honor y efe manos suaves que, a pesar de los pesares, tanto le gustaban.

England interpretó mi silencio como un signo de emoción.

– No hablemos más de eso -dijo para mi alivio-. Cuando se hayan calmado las cosas -continuó-, le enviaremos mensaje de que seguimos vivos, de que nos va bien y gozamos de buena salud, que cuidamos del Dana como si fuera un niño y, sobre todo, que puede venir y recoger su parte de nuestras ganancias. Y a su prometido, claro. Es lo justo.

«Teniendo en cuenta -pensé, no fuera a olvidarlo en medio de tanta agitación-, que Dunn había pensando realmente en matarme y en dar por terminada mi presencia en este mundo.»

– Supongo que tienes razón -dije tan sólo-. Si hay algo que repartir, claro.

– Has dicho una verdad, John -dijo England-. ¿Cómo vamos a ganarnos el pan? Además, ¿todo esto por un poco de vino y de ron? -Meneó la cabeza-. Ya te he dicho, John, que has armado un buen lío. No me malinterpretes, no te reprocho nada, ni mucho menos. Es que pensé que había encontrado mi sitio, es cierto que con un poco de diversión y algunas tensiones, pero de todas formas tranquilo y apacible. Me había fijado incluso en una apetecible muchachita de Kinsale, la hija del carnicero. ¿Te puedes imaginar algo mejor para llevar una vida tranquila? ¡Y ahora esto!

Abrió los brazos.

– Ahora hay que empezar desde el principio -continuó-. Y todo por tu culpa, John Silver. Yo te aprecio, bien lo sabes, pero eres una compañía peligrosa, o eso me parece a mí.

– Todos tenemos nuestros más y nuestros menos -dije.

– De todas maneras, al menos escuchas -concluyó England y por fin sonrió-. La verdad es que así es. Todos tenemos nuestros más y nuestros menos.

– ¿Cuáles son los tuyos? -pregunté.

– Bueno -dijo England, y calló mientras le echaba un vistazo a la vela-. A veces tengo dificultades en diferenciar lo bueno de lo malo, babor y estribor, arriba y abajo, listo o tonto, elige la pareja que te dé la gana, que yo mezclaré las dos partes.

– ¿Qué pasa con la vida y la muerte? -pregunté.

– Eso sí acostumbro a diferenciarlo. Casi siempre.

– Entonces, ¿no nos vamos a convertir en piratas?

England se echó a reír en voz alta.

– ¿Con esto? ¿Con tres hombres a bordo? Me puedo rebajar mucho, pero no pienso hacerme más tonto de lo que soy, eso no. ¿No te imaginas a los marineros del bergantín más pequeño cuando nos señalen con el dedo tras decirles que vamos a abordarlos nosotros tres, tú y yo con Deval para colmo? No, propongo seguir con el contrabando, pero desviarlo hacia Bristol quizás. O a Glasgow.

– Preferiría evitar Glasgow -dije-. Y también Bristol.

– Ah, claro. Me olvidaba. ¿Y adonde demonios vamos a ir?

No quisiera recordar la continuación del asunto, pero en honor a la verdad no se puede pasar por alto haciendo un silencio. Hemos debido de ser los contrabandistas más ridículos que hayan intentado hacer estragos en el canal de la Mancha, una burla para el gremio y una vergüenza para el viejo Dana. England quizá supiera navegar, y desde luego fue mejorando con los años, pero no demasiado, porque tardó mucho hasta saber distinguir babor de estribor. Iba bien en viajes largos, cuando la brújula le marcaba el rumbo, pero en las vías estrechas y revueltas o en las maniobras rápidas era un perfecto inútil. Llegó a conocérsele, con razón, como el patrón que hacía lo que le venía en gana. A veces tenía sus ventajas, lo reconozco, no seré parco en elogios. No sé cuántas persecuciones de los guardacostas despistó England sin saber ni él mismo de qué manera.

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