Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
El hombre se volvió hacia Dunn, que parecía una nube de tormenta. Me pareció impresionante.
– Los ingleses afirman que es un peligroso espía a cuenta de Francia, y que se metió en el fuerte hace unos días.
La cara de Dunn se ensombreció más aún.
– Claro que es mentira -añadió el hombre rápidamente-. Pero puedes dar por hecho que quieren colgar a John Silver, aunque no entiendo por qué.
Hizo un movimiento con los brazos.
– Así que eso es lo que quieren -grité indignado, sin poder contenerme más-. Pues entonces, maldita sea, me voy a adelantar. Piensan colgarme para que nadie se entere de lo que ocurre en su fuerte ejemplar, en sus disciplinadas cabezas. Pero no les va a servir de nada, tan cierto como que me llamo John Silver.
Así pues, me dispuse a relatar de nuevo toda la historia en voz alta, para que la oyera todo el que quisiera.
Mary aguzó el oído, nadie podía dudarlo si tenía ojos en la cara, y que mi historia se iba a propagar como la pólvora también estaba fuera de toda duda. Pero era una pobre venganza.
– Y por eso, ¿va a columpiarse en la horca un hombre como yo, un marinero inocente? -concluí-. ¿Os parece justo?
Oí un murmullo de asentimiento desde varios rincones.
– ¿Y creen que será suficiente? No, porque cuando yo les haya lavado sus trapos sucios ante todos y cada uno de nosotros, me colgarán de todas maneras por espía, para que nadie se atreva a creer que mi historia es verídica. Así se hacen las cosas en este mundo, en nombre de Dios y del Rey. A uno lo cuelgan por decir la verdad y por expresar sus sentimientos. Pero subid al fuerte y pedid que os permitan hablar con el gobernador Warrender o con la casquivana que tiene por hija y veremos lo que responden. O preguntad por sir Ashurst. Preguntadles si ya se ha despertado, el muy dormilón.
Noté un brazo en mi hombro. Era England.
– Tranquilízate, John -dijo.
– ¿Tranquilizarme? ¿Por qué demonios me iba a tranquilizar? ¿Me lo quieres explicar?
– Por tu bien, ya que no por otra cosa -dijo England.
Esta vez sí que metió el dedo en la llaga.
– Si continúas vociferando así -continuó-, los casacas rojas no tardarán en presentarse para colgarte del árbol más cercano sin darte tiempo de rezar tus últimas oraciones. Además…
– Sí, ya lo sé -le interrumpí-. Además, podía haber sido mucho peor. Podía estar muerto, por ejemplo. Una cosa es verdad, y es bien sabida: nunca entenderé a los irlandeses, pero puede que tengas razón de todas maneras. ¿Qué propones?
En ese momento comprendí que debería haberle hecho aquella pregunta a Dunn, no a England. Dunn me lanzó una mirada escalofriante que me puso la carne de gallina.
– Lo mejor que podemos hacer es irnos a Francia -dijo England-, y que tú te quedes allí hasta que pase la tormenta.
England pasó una mano por el hombro de Dunn, lo mismo que me había hecho a mí, tranquilo y sosegado, como si no hubiera ocurrido nada. Claro que no era a él a quien buscaban para colgarlo.
– ¿Qué dices tú, Dunn? -preguntó England-. Por lo visto, están bien cerca, y no queremos ahogar a toda la población de Cork en coñac, pero podríamos llevar a John y nosotros aprovechar para traer otro cargamento. Seguro que lo vendemos.
Dunn apartó la mano de England.
– ¿Y Elisa? -escupió.
¡Y yo que había creído que estaba loco de preocupación por mí! ¡Lo que se engaña uno! Tuve ganas de decirle que unos callos de los maravillosos pies de su hija no eran gran cosa comparado con los daños que podrían sufrir mi nuca y el resto de mi cuerpo cuando me pusieran la soga al cuello.
– ¿Por qué te preocupas por ella? -dijo England con gran sensatez-. Sabes tan bien como yo que sabe arreglárselas sola y que nos esperará en Lazy Cove. ¿Por qué le iba a ocurrir algo justamente esta noche?
»No ganamos nada si seguimos perdiendo un tiempo que puede ser precioso -sentenció England con una voz autoritaria de la que no le creía capaz.
Tras ello tomó el mando y nos sacó de Tap Tavern. Antes de que se cerrase la puerta me encontré con la mirada de Mary y noté que me entendía y que haría todo lo que estuviera en su mano por mí. Antes de que amaneciera, toda la ciudad sabría lo de los Warrender, padre e hija, lo del yerno Ashurt, y la poca importancia que tenía el papel del supuesto espía en aquella comedia. Comprendí demasiado tarde que todo aquello también llegaría a oídos del capitán Wilkinson, pero ¿qué importancia tenía? Corría el riesgo de acabar colgado, está bien claro. Ser espía o amotinado, ¿qué más daba? A muchos los habían colgado por menos. El castigo por robar un saco de patatas irlandesas medio podridas era el mismo que por cortarle el cuello a un capitán de navío. ¿De qué me quejaba? Me colgarían con razón, aunque todo fuera una cochina mentira.
England nos llevaba por delante a Dunn y a mí, como si fuéramos dos ovejas, a través de las mismas callejuelas oscuras que habíamos recorrido a la ida. Detrás venía Deval al trote.
– Te ha llegado la gran oportunidad -le dije-. Ser amigo mío, como querías si mal no recuerdo. Ayúdame a salir de ésta y serás uno del grupo, uno de los amigos de John Silver, ni más ni menos.
– John -dijo Deval con una voz repleta de agradecimiento-, puedes confiar en mí.
A pesar de las circunstancias, tuve serias dificultades para contener la risa, pero por una vez estuve seguro de que nadie comprendería qué me parecía tan divertido.
Alcanzamos el muelle de los pescadores sin que nadie nos molestara. Subimos a la lancha y fue entonces, cuando ya no nos podía oír nadie desde tierra firme, cuando England nos expuso sus planes.
– Tú y Dunn cogéis la lancha y vais hasta Lazy Cove ahora mismo. Deval y yo aparejamos el Dana para navegar y os seguimos tan pronto como podamos. Fondeamos lejos de la playa y esperamos a John. O a los tres. El viaje lo podemos hacer igual de bien si vamos toda la tripulación. ¿Tú qué dices, Dunn?
– Elisa y yo nos quedamos -declaró Dunn-. Comprenderéis que no podemos desaparecer al mismo tiempo que John. Si aún no nos consideran sus cómplices, lo harán si nos vamos de aquí. ¿Y qué creéis que le pasaría a Elisa en ese caso?
– Tienes razón, Dunn -convine-. Me marcho solo. No quiero viajar como una mercancía, tal como te dije cuando nos conocimos. ¿Recuerdas? ¿Te acuerdas que me ofrecí a marcharme, que John Silver no quiere ser una carga para nadie?
Dunn no contestó. Realmente, era como si yo hubiera dejado de existir mientras él no supiera a ciencia cierta si le había pasado algo a Elisa. Fue un viaje fantasmal en la lancha, con neblina y lloviznando, con los contornos de los dos fuertes uno a cada lado de nosotros y Lazy Cove, una oscura grieta de mal agüero en alguna parte más alejada. El único sonido tranquilizador era el ruido amortiguado de un motón y una vela que se hinchaba; el Dana que avanzaba sigiloso tras nuestra estela.
Cuando llegamos, Dunn saltó a tierra y corrió hacia la casa por el sinuoso sendero. Yo al menos tuve el sentido común de sacar la lancha a tierra antes de salir disparado tras él, pero aún me dio tiempo de notar que llevaba encima la pistola que Dunn me había regalado y también de pararme a cargarla.
Y menos mal, porque cuando llegué a la casa estaba Dunn al lado del hogar con un trozo de tela roto en las manos, el mismo algodón blanco, me pareció, que silueteaba tan bien los contornos de Elisa cuando entraba y salía por la puerta iluminada por el sol, hacía muy pocas semanas. Pero vi también a la luz de la lumbre que la tela blanca estaba manchada de rojo. Miré rápidamente a mi alrededor. Estaba todo revuelto. Los cofres estaban abiertos y con los cerrojos rotos, y el contenido aparecía esparcido por toda la habitación.
Y entonces me vio Dunn, si es que fue a mí al que vio, y su cara se torció en una mueca pavorosa.
Se había vuelto loco, pensé, loco de remate. Pero no por mí, de eso estaba seguro.