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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– ¡La has matado! -gritó-. ¡Has matado a Elisa!

– ¡Por todos los diablos! ¡Sabes de sobra que no! -le respondí también gritando-. Lo sabes tan bien como yo.

Por lo visto, eso era lo que no sabía. Vi desaparecer su brazo tras la espalda, y acto seguido tenía su bien afilado cuchillo de marinero en la mano y corría hacia mí como un demente. En el último momento saqué la pistola y le disparé en el pecho. Quizá murió en el acto, pero continuó hacia delante, vivo o muerto, me cortó la pernera del pantalón y me hundió la hoja en el muslo. Después cayó pesadamente ante mis pies, sobre aquella tierra irlandesa bien apisonada, y cuando de nuevo todo estuvo en completo silencio comprendí que no era a Dunn a quien había disparado, sino a Elisa, caso de que aún estuviera viva.

No estaba satisfecho, he de reconocerlo. Pero comprendí a tiempo que no podía quedarme donde estaba si quería seguir viviendo la única vida que me ha tocado en suerte. ¿Qué les iba a decir a England y a Deval? Desde luego, imposible contarles la verdad. La promesa de Deval, cuando aseguró que iba a ser mi amigo, ya no valía nada. Cualquiera podía comprarlo con una pizca de amabilidad. England era otro cantar. Nada parecía afectarle. Todo podía ser peor o tener varias caras. ¿Cómo se podía confiar en un tipo así? Por lo tanto tenía que mentir para estar a salvo, dar alguna explicación factible. ¿Qué podía ser?, me preguntaba. Que los ingleses se habían escondido en la casa a esperarnos, que fueron ellos los que dispararon a Dunn, pero que yo había escapado; esto me pareció natural. Sin embargo, los ingleses no podrían haber disparado solamente un tiro. Así pues, volví a cargar y disparé varios tiros en la oscuridad mientras bajaba hasta la playa donde estaba atracada la lancha. Una vez allí me tiré en el sollado y remé con todas mis fuerzas, con una breve pausa para disparar un último tiro que envié a la altura del agua y que con un poco de suerte daría en el casco del Dana para que mi relato resultara más real. Yo vivía, como suele decirse, de fiado. En lo sucesivo, y para siempre, se había acabado mi tranquila y cómoda existencia en tierra. Y ya estaba bien, porque ese idilio no era lo más apropiado para un tipo como yo.

Remé hasta que el sudor empezó a caerme por el rostro; la cara me ardía y la herida me sangraba copiosamente. No tardó mucho en aparecer la silueta del Dana en la oscuridad, irreal como un holandés errante, con dos siluetas apoyadas en la amura, dispuestas a echarme una mano. Dejé que la lancha rozara el costado del Dana con un ruido sordo y me colgué de la escalerilla de mano con mis últimas fuerzas. No creo que exagerase, y recuerdo que me dio tiempo a pensarlo, antes de notar que England me izaba a bordo con sus fuertes brazos, como si fuera un barril de coñac.

– ¡Deprisa! -dije jadeando-. ¡Los ingleses están en camino!

– ¡Ata la lancha a popa! -dijo England a Deval sin preguntarme más de momento-. Ya la subiremos luego.

Como hombre previsor que era en los buenos momentos, England había dejado el Dana a la deriva en lugar de anclarlo, porque no tardé mucho en oír el estimulante murmullo del agua que corría por el casco del Dana.

Cuando noté el pulso lento de la marejada que nos hacía subir y bajar acompasadamente y nos removía el estómago, me levanté con esfuerzo y relaté mi versión de los hechos. No se alegraron ni Deval ni England, pero me creyeron, por lo que consideré que se cerraba un capítulo y otro nuevo empezaba en esa historia que precisamente era la mía, y que hubiera sido difícil de creer de no haber sido atestiguada por mis propios ojos. Tenía sus más y sus menos, como habría dicho England, pero no era desde luego desagradable estar en el centro. No puedo negar, ni tampoco olvidarlo sin más, que no era tan divertido ser Dunn, Elisa o Deval, pero sus desgracias eran suyas y allá ellos con sus problemas. ¿Por qué iba yo a pagar por sus vidas, si yo sólo me ocupaba de lo mío y dejaba a los demás que hicieran lo mismo?

Pero Elisa… No pude evitar pensar en ella cuando la última luz del día desapareció tras el faro de Old Head of Kinsale. A pesar de todo, quizás Elisa había intentado darme algo que yo de hecho no tenía, pero por mi vida que no entendí lo que era. Tampoco se me podía cargar con ello. Quise convencerme de que entre los millones de mujeres que habitaban la Tierra tenía que haber otras como Elisa. Quizá sea cierto pero, maldita sea, yo no he conocido a ninguna en toda mi larga vida.

Capítulo 11

Vivir. Vivir a cualquier precio: ésa ha sido mi meta, lo reconozco de buen grado. «Pero… ¿y quién paga?», como se pregunta ahora mi bastante tranquila conciencia. ¿A cuenta de quién o de quiénes he vivido? He chupado la vida como una sanguijuela y, a pesar de haber presumido de lo contrario, creo que, a fuer de sincero, he sangrado a diestro y siniestro. Eran, me decía a mí mismo en aquel tiempo, préstamos, hipotecas sobre la prometedora actuación de John Silver, que se saldarían el día en que me fuera posible. Pero no se le devolverá nada a nadie, y ahora estoy aquí como un hombre rico, con montones de vidas que sólo están enterradas como si fueran tesoros sin mapa, para toda la eternidad.

Así pues, disparé contra Dunn: sí, es verdad, y lo hice en el momento preciso, no tuve otro. Dunn me salvó la vida; por otra parte, en el fondo no era mi vida la que había salvado. Dunn estaba dispuesto a salvar la vida de cualquiera, la mía o la del capitán Wilkinson, le daba igual, y sólo necesitaba que fueran vidas. En realidad, ¿qué le debía? ¿Me iba a quedar de brazos cruzados y dejaría que acabara con mi vida de una cuchillada, lo cual hubiera supuesto que el nuevo capítulo de mi vida fuera el último? ¿Verdad que no?

La verdad es que disparé contra Dunn y con ese mismo tiro aparté a Elisa de mi vida para siempre. No es para vanagloriarse, pero tampoco para avergonzarme. Podría modificar la verdad, claro que sí, y decirme que estaba con la espalda contra la pared, pero ¿qué sacaría con eso? Es evidente que yo estaba en el quicio de la puerta, con la espalda libre, y no hay nada más de qué hablar.

Y eso no es lo peor. Si malo fue disparar a Dunn, soy culpable de cosas peores y, sin embargo, he dormido a pierna suelta. No, lo que ha molestado mi conciencia ha sido darme cuenta, sin más tapujos, de que ese John Silver que por lo visto era yo parece que vivió al día, un poco como le vino en gana y casi siempre según soplase el viento. Cogía una paja aquí y otra allá, se aprovechó de lo que se le ofrecía y de lo que se le prohibía, pero, ¿tenía brújula o destino? ¿Pensó en algún momento adonde iba, o qué buscaba, siendo un tipo que siempre se vanagloriaba de saber lo que quería, que siempre se consideró superior porque era consciente de estar vivo mientras otros pasaban sin pena ni gloria?

Claro que sí, recuerdo lo que me imaginaba: que esto, escribir mi verdadera historia, me mantendría cuerdo y sano durante un tiempo más, que sería como debe ser y otras cosas por el estilo. Necedades, así quisiera llamarlo: ni más ni menos. Sé que estoy vivo, es verdad, pero por Dios, si es que existe, esto no es lo que me imaginaba. Tal vez se puede esperar que los recuerdos sean más ligeros de sobrellevar, para después echarlos por la borda como cadáveres cuando ya se les haya dado nombre, cuando estén clasificados y vaciados. ¿No es así como se apagan las vidas en este mundo? Así es cuando no te cuelgan, está claro.

Capítulo 12

Así que abro un nuevo capítulo, como se suele decir, sin pensarlo.

El Dana iba rumbo a Francia con su infatigable tripulación, sin darse ningún respiro. Tampoco había lechos donde descansar ninguno de nosotros. No cabía pensar que England y Deval volvieran a Irlanda sin tener que jugar al escondite de continuo, y por lo menos England de eso ya había vivido más que suficiente. Para mí, volver significaría lo mismo, por sacar un parecido, que dormirme en el puesto de guardia por culpa de unas flores.

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