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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– No -le contesté bruscamente, sin pensarlo antes-, no me lo puedo creer, maldita sea.

Pero en cuanto eso estuvo dicho, me di cuenta de que de nuevo me había descubierto un poco. El viejo no había contestado a mi pregunta de quién era y qué hacía; en cambio, había seguido con su cháchara entusiasmada y con visible complacencia, sólo para hacer después una pregunta que, sin previo aviso, me afectaba a mí y a nadie más. Sólo quedaba hacer una reverencia y desaparecer. Era un juego limpio, es verdad, por lo que yo alcanzaba a juzgar.

– Casi lo sospechaba -sonrió el viejo.

– ¿Sospechar qué? -pregunté con bastante cuidado.

– Que no era usted uno de esos tipos que pagan por estar detrás de una reja para evitar el escándalo.

Quería haber replicado, pero el viejo se me adelantó.

– No quisiera que se ofendiera. Es verdad, es la segunda vez que se lo pido, permítamelo, pero tengo malas costumbres, como seguramente habrá notado. He estudiado a la gente durante toda mi vida, y no puedo dejar de poner a prueba mis experiencias y conocimientos para comprobar si en efecto sirven. He descubierto que hay gente como usted, señor mío, gente que parece crear espacio a su alrededor. En su estilo y en su mirada hay algo, si me permite decirlo, y creo que sí, que me recuerda a los piratas o a los filibusteros, no quiero decir al lobo de mar normal y corriente, el que se hace aventurero para salvarse del látigo y de la paliza, o porque se ve obligado a elegir entre este estilo de vida y morir en una trifulca. No, pienso en los grandes nombres, en Davis, Roberts y Morgan, aquellos que sabían lo que querían, los que habían apurado el cáliz de la libertad hasta las heces y ya no podían vivir sin ella. ¿Tengo razón?

El viejo me escrutó esperanzado, y yo seguramente me retorcí bajo su mirada. Sin embargo, me cuidé de responder: no era tan tonto, así que me eché a reír, pero no sonó sincero.

– No supondrá -dije- que le voy a contar a usted, que tanto puede ser fiscal u oficial de aduanas como cualquier otra cosa, que soy pirata… en caso de que lo fuera, claro.

– Creo que no me ha entendido bien -contestó con la misma sonrisa bondadosa y comprensiva de antes-. Además, yo en todo caso no soy el brazo extendido de la ley. No quería en absoluto acusarle de piratería, de ninguna manera, sobre todo teniendo en cuenta la espantosa vista que tenemos desde aquí. Sólo me preguntaba por mera curiosidad si no será usted parecido a ellos.

– ¿Cómo voy a saberlo? -contesté.

– A lo mejor -continuó el viejo, infatigable- prefiere pensar que usted no se parece a nadie, que es usted único. He notado que de ese tipo de personas también hay muchas, entre los nobles en especial, pero sé sinceramente por mi propia experiencia que en el fondo sólo es orgullo y vanidad. En la alta sociedad ser igual que los demás es el pecado más grave de todos los pecados, se lo aseguro. Se ha malentendido por completo el primer Mandamiento. Dios, como usted sabe, no tiene ni quiere tener ningún igual. Pero ¿no es el primero un Mandamiento de orgullo y vanidad? Dios no ha predicado con el ejemplo. La humildad no es, bromas aparte, la principal característica de Dios, y por tanto, señor mío, ésa es la razón de que intentemos todos alzarnos por encima de nuestra capacidad y de nuestra posición, por encima de los demás. Somos como niños caprichosos. Siempre queremos mostrarnos con la luz a favor y nunca ser iguales a los demás, ello se debe a que no somos nada.

– Dios no ha sido nunca plato de mi gusto -dije con mordacidad.

El viejo esbozó de nuevo una sonrisa.

– No me extraña en absoluto. Y admito que usted no es como los demás, ni siquiera como los piratas.

– Ahora soy yo el que cree que me malinterpreta. Yo no he dicho que no exista nadie como yo.

– No, quizá no. Pero el hecho es que sus palabras me sorprenden, y he oído mucho en mi vida, se lo aseguro. En estos tiempos, nada me satisface más que el hecho de sorprenderme. Por tanto, más que continuar con esta conversación para mí tan enriquecedora, ¿puedo con toda la buena intención y sin compromiso de ningún tipo invitarle a una cerveza?

Tampoco estaba yo poco sorprendido. No le cogía el truco a aquel hombre ceremonioso y pícaro, incomparable, y que claramente demostraba interés por mí, aunque yo no sabía por qué, mientras él, con sus preguntas, ya parecía haber logrado averiguar lo uno y lo otro en lo que a mí se refería. Si continuábamos como habíamos empezado, tenía miedo de que me hiciera hablar sin darme cuenta, pero de momento no tenía nada pendiente con el viejo, y tampoco lo deseaba. Sólo quería saber con quién estaba hablando.

– Tengo la impresión -dije yo muy serio- de que me ha interrogado sobre esto y sobre lo de más allá, puede ser que sin mala intención, pero como si mi persona tuviera algún interés especial para usted o para otra persona. Así pues, si vamos a seguir dialogando, ¿no sería razonable que nos presentáramos?

– Claro, claro -contestó el viejo-. Mi nombre es Johnson. ¿Y el suyo?

– Long -contesté-. Y ya que estamos, quizá podríamos decir la profesión con toda franqueza.

– Contable -aseguró el viejo.

– Hombre de negocios -repliqué yo, pero en el mismo momento se cruzaron nuestras inocentes y sinceras miradas, tras lo cual nos echamos a reír con tan estruendosas carcajadas que hasta la peluca del viejo se ladeó.

– Será mejor que empecemos por el principio -sugirió-. Pero, en ese caso, con toda la discreción posible, naturalmente. Por ambas partes.

Alargó la mano.

– Me llamo Defoe -se presentó-, y quizá no sea totalmente desconocido ni siquiera para usted, pero es un nombre incómodo de llevar durante mucho tiempo, sobre todo ahora que estoy endeudado hasta las orejas. Profesión: escritor. ¿Y usted?

– John Silver. No es un nombre tan conocido como el suyo, pero quizá más cómodo de llevar, al menos para algunos. Profesión…

– Contramaestre de Edward England -añadió Defoe muy bajo, para que nadie más lo oyera-. En la actualidad probablemente desempleado, desde que destituyeron a England cerca de Madagascar. Me alegro de haberle encontrado, me alegro mucho más de lo que se pueda imaginar.

Hice un gesto defensivo con la mano.

– No se sorprenda tanto. La cuestión es que estoy preparando un libro sobre piratas, la primera descripción completa de los crímenes y pecados de los piratas. Sí, ya he tanteado un poco en el género. He escrito una obra de teatro sobre el capitán Avery, aunque desgraciadamente sin gran éxito. Después he publicado unos relatos sobre la vida del capitán Singleton. Fue algo mejor, y se han hecho varias ediciones. Quizá lo haya leído.

– No -dije-, no he tenido el honor. Sin embargo, Crusoe… ¿Quién no ha leído a Crusoe?

– Debo admitir que además es usted un aventurero culto. Sí, ya sé que los hay. Robert fue uno de ellos. Un gran estilista en sus proclamaciones. La ironía, diría yo, era connatural a su carácter.

Defoe sacó un libro de un bolso que estaba a su lado.

– Aquí tiene al capitán Singleton -anunció-. Me atrevo a recomendarle su lectura. Le agradecería su opinión sobre la credibilidad y la veracidad de la obra. Aquí en Inglaterra la gente es tan ingenua e inocente que asombra su candidez. Creen a pie juntillas que el capitán Singleton ha existido, incluso que ha salido en los periódicos, y que fue él quien descubrió las fuentes del Nilo. Como comprenderá, me río yo de todo eso. Son puras patrañas. No, la gente normal, e incluso los más lerdos, quieren creer que lo que se escribe es verdad. Ellos no me sirven para evaluar mi obra. Pero una persona como usted es diferente; usted podrá decidir si he acertado con la naturaleza y los escándalos de los piratas. ¿Querrá usted hacerme ese favor?

– Claro que sí -contesté, ya favorablemente predispuesto.

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