Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Durante varios días estuve deambulando por el desorden de Londres para ver cómo estaban las cosas. Vi las instituciones opulentas e infladas que proporcionaban el capital a los armadores y a sus navíos. Me sorprendí ante las compañías aseguradoras, que cubrían todo menos el personal, la Royal Exchange y la London. Me quedaba con la boca abierta ante las compañías, la de las Indias Orientales, la de los Mares del Sur, la Real Compañía de África, con su pompa y fastuosidad. Estuve ante la sede del Servicio de Aduanas, que con sus miles de empleados no quería otra cosa que echarnos el guante a los tipos como yo.
Si algo aprendí fue lo poco que sabía de cómo estaba establecido el mundo. No habíamos imaginado las ingentes sumas que se apostaban, se arriesgaban, se ganaban y a veces se perdían. ¿De qué manera podríamos habernos sobrevivido a nosotros mismos y ser tan invencibles como algunos creían? ¿Cómo habrían podido culminar semejante hazaña Roberts, Davis y todos los que desafiaban al mundo entero con sus proclamaciones? No, buscar la suerte por cuenta propia tiene que ser lo primero. El riesgo de morir a pisotones era demasiado grande cuando uno era un mosquito o un gusano de barco.
Por eso al final fui al Almirantazgo, resucitado en el cuerpo de un tal Power, fiscal de aduana, y pregunté por ese miserable pirata que atendía por el nombre de John Silver.
– ¿Tenemos algo de él? -pregunté.
– Tenemos su nombre aquí -dijo un funcionario cuya piel grasienta y pálida estaba a punto de caérsele a escamas por falta de aire fresco-. Instigador de un motín a bordo del Lady Mary, que se hundió frente a Old Head en Kinsale. Denunciado por el capitán Wilkinson. Eso es todo. En realidad, nadie sabe adonde fue.
– Yo lo sé -declaré con tono autoritario y prudente, aunque en el fondo con un punto de temor-. John Silver está muerto. Por fortuna, se quedó una cabeza más bajo de lo que era cuando Matthew atacó el nido de piratas en Saint-Marie, no hace mucho. Pueden tachar a ese hombre de las listas. Sin remordimientos de conciencia.
El pálido chupatintas hizo lo que le dije, y así desaparecí de este mundo. Y con el corazón aliviado dejé aquel reducto de maldad. A pesar de todo, fue como meter la cabeza en un nido de serpientes. Sin embargo, yo, John Silver, lo hice sin miedo, y así me granjeé el debido respeto cuando volví a las Antillas y poco tiempo después me fui con Flint.
Todos estos pretextos y suposiciones se hicieron realidad de forma muy fácil, porque ya lo llevaba en la sangre. Si no fue antes, por fin en Londres me enteré de que lo único que contaba a este lado de la tumba era la fe que tuvieran los demás en tu dignidad. Con esa fe uno podía hacer maravillas y permitirse extravagancias. Pero aprendí también que allí, en Londres, entre los que se llamaban los respetables, uno estaba obligado a ir constantemente con cuidado para que no le dieran una puñalada por la espalda. No era suficiente con tener ligera la boca. Además, había que tener ojos en la nuca.
Capítulo 14
Había oído que, de todos los nombres y lugares, el Angel Pub era el sitio idóneo para testimoniar en los casos de ahorcamiento. Era sabido que el juez Jeffries acostumbraba sentarse allí para quitarse el mal sabor de las ejecuciones con una o dos jarras de cerveza sin necesidad de mezclarse con el populacho en el mismo muelle de las Ejecuciones, donde se erigían las horcas alineadas como espantapájaros, para atemorizar a tipos como yo.
Cuando llegué, tres condenados se balanceaban de sus respectivas horcas. Me sacaban las lenguas azuladas, oscuras, o mejor dicho, lo que quedaba de las lenguas después de haberlas picoteado los grajos, los cuervos, las cornejas y las gaviotas, y me miraban con las cuencas de los ojos vacías. Los rodeaban enjambres de moscardones con un zumbido ansioso, y vi incluso hormigas. Tenían las carnes hinchadas y destrozadas por los picos voraces.
Sin duda, eso era la muerte, pensé. Los que perdieron la vida en los combates del Walrus, fueran nuestros o de los otros, estaban todavía calientes y aún eran seres humanos cuando los tirábamos por la borda o los enterrábamos en la arena. Había cadáveres, los que hubieran recibido una puñalada por la espalda, que igual podían estar vivos que muertos. Aquí, por el contrario, por Dios que no había necesidad de preguntarse si era la hora de la extremaunción, caso de que alguien la deseara. De todas maneras, ya era demasiado tarde.
Tiré de la pierna de uno de los cadáveres cuando pasaba por su lado. El aire se llenó de insectos, y el cuerpo giró de un lado a otro como el péndulo de un perpetuum mobile. Un lodo amarillento y pestilente empezó a gotear en el suelo; por lo visto, era un manjar para los moscardones, que se arracimaron alrededor de los goterones. Por gusto pisé unos doscientos y espanté a los pájaros. Yo tampoco era más que un ser humano, aunque fueran legión los que afirmaban lo contrario.
– ¡Dios lo bendiga! -oí que decía tras de mí una voz quebrada.
Me di la vuelta y vi una enjuta y pobre vieja a decir verdad más muerta que viva.
– Y ¿por qué iba a hacer Dios una cosa así? -pregunté.
– Porque usted espantó las moscas y los pájaros -dijo.
– Ni por éstas lograría mi bendición -dije con toda mi amabilidad, que no fue poca-. Por la suerte que me ha deparado la vida, seguro que verá usted que es voluntad inmensurable de Dios alimentar a los pájaros y las alimañas con los cadáveres de los pecadores y los ahorcados. Y en ese caso he atentado contra la voluntad de Dios.
– Mi hijo no ha pecado -aseguró la vieja.
Seguí su mirada y reparé más atentamente en uno de los cadáveres, pero no pude descubrir ningún parecido patente.
– ¿Qué hizo para acabar aquí? -pregunté.
– Cazaba conejos en las tierras del duque. No teníamos nada que comer, le prometo señor que fue así.
– ¡Por todos los demonios! -exclamé-. ¿Es que en este país pueden colgar a uno por cualquier cosa?
Efectivamente, se podía: ya lo había oído antes. ¿Cuántos se habían hecho caballeros de fortuna porque de todos modos acabarían colgándolos, ya fuera por una cosa o por otra, casi siempre por banalidades? En mis paseos por Londres había visto los anuncios de la nueva Ley de Hurtos, que estaban clavados por todas partes. A partir de entonces, estaba escrito con letras bien grandes, que cualquier robo cuyo valor superara los cinco chelines se castigaría con la muerte. Con eso se supo lo que valía la vida de una persona. ¡Cinco chelines! Pero… ¡ser ahorcado por cazar conejos, que además se reproducían justo como lo que eran…!
Me quedé un rato delante de los tres cadáveres, grabando el espectáculo para siempre en mi memoria. A pesar de todo, era lo que había querido ver sin rodeos ni añadidos. Me faltaba ver un ahorcamiento en directo, observar y aprender del mismo momento de la muerte, por mucho que lo temiera más que a nada en el mundo. Es decir, no temía a la misma muerte, porque era la nada, sino a la sabiduría de un tipo como yo, deseoso de vivir a cualquier precio, convertido de golpe en un cadáver putrefacto que sacaba la lengua violácea al mundo entero, sin provecho para ninguna de las partes.
Me despedí de la vieja, que se quedó sentada con las manos juntas, y dirigí mis pasos hacia el Angel Pub. En la puerta de la taberna alguien había pintado un ángel al que daban una bofetada cada vez que algún diablo sediento como yo abría la puerta. Por lo demás, el local no era digno de pasar a la historia, con la posible salvedad del hombre que estaba detrás de la barra, que por su tamaño más bien parecía el mismísimo arcángel. Antes de mirar a mi alrededor le pedí una cerveza a aquel personaje. Allí estaba sentada la colección habitual de bebedores abatidos, con todos sus matices y clases. Sólo uno se diferenciaba del grupo. Era un hombre que llevaba una peluca gastada y toscamente empolvada, que tenía montones de papeles delante de sí y que me miraba con dos ojos despiertos y rápidos, con verdadero interés, desde la mesa situada junto a la ventana, por la que gozaba de una vista inmejorable de las horcas erigidas en el muelle de las Ejecuciones. La mesa era grande, y me acerqué a preguntarle con suma cortesía si tenía algún inconveniente en que me sentara allí, más que nada por la vista, tal como le dije. Hizo un gesto afirmativo y siguió observándome mientras yo bebía y me acostumbraba al espectáculo de los cadáveres suspendidos.