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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– Entiendo que le interesen los ahorcamientos -dijo el hombre, siguiendo mi mirada.

Asentí con la cabeza sin comprometerme.

– No es usted el único -continuó-. Tendría que ver cómo está esto el mismo día del ahorcamiento. La gente acude como las moscas a los cadáveres un par de días después. Pero ¿se ha preguntado usted por qué? ¿Qué es lo que atrae a la gente, qué les hace salir de casa para presenciar la desgracia ajena? Si con eso consiguieran un trozo de cielo o del infierno… Y probablemente sea esto último, ya que ¿cómo sería si los que castigamos aquí en la Tierra acabaran sus días en el Paraíso? Quiero decir que no puede ser. Es algo más sencillo que todo eso. Mientras vive, uno quiere ver cómo se comporta la gente ante la muerte; uno quiere despreciar a los débiles que piden clemencia y admirar a los fuertes que van al encuentro de la muerte orgullosos y con la cabeza bien alta. O, aún mejor, los que van a su encuentro riendo. Esto, señor mío, la risa ante la muerte, es la reacción más deseada por todos. Siempre son los que sonríen o se ríen a carcajadas los que provocan los vítores e incluso aplausos del público. Lo que en el fondo queremos creer es que la muerte no ha de tomarse en serio, que no se ha de tener en cuenta. Si no, la vida resulta insoportable. Las promesas del Paraíso y del Reino de los Cielos, las promesas que reparten los curas con sus manos rechonchas, no surten ningún efecto en este mundo, créame. Las autoridades se imaginan que el gentío se arremolina ante las horcas para mofarse y escupir a los criminales, es decir, por respeto a la ley; piensan incluso que aquí vienen los criminales para escarmentar y para que se les quiten las ganas de cometer otros crímenes. Y es todo lo contrario. Es sobradamente conocido que montones de rateros acuden cuando la masa se arremolina ante la horca. Pero ¿qué otra cosa cabía esperar? Uno, que no carece de experiencia, se atreve a afirmar que conocer a la gente nunca ha sido uno de los puntos fuertes de los jueces. Los criminales… ¿cómo iban a ser testigos voluntariamente de una cosa tan desagradable como es su posible propio fin? Por ejemplo, usted mismo ¿qué piensa al respecto? ¿Qué sentido tendría un acto como éste?

– Algún que otro ahorcamiento seguramente anima a la reflexión -dije yo-. No es fácil vivir a la sombra de la horca si uno quiere sobrevivir.

– ¡Vaya! -exclamó el hombre con una sonrisa no del todo desagradable y mirándome satisfecho y algo socarrón-. Una reflexión interesante. Si no tiene inconveniente, la voy a recordar.

– ¿Por qué iba a molestarme?

– A pesar de todo, el pensamiento ha sido suyo. Y tengo la mala costumbre de hacer míos los pensamientos ajenos. He notado que a algunos no les gusta. Pero si usted me permite…

– ¡Sírvase, por favor!

Sin embargo, me quedé un poco sorprendido cuando sacó un lápiz y anotó mi pensamiento.

– Sólo una nota recordatoria -explicó cuando hubo acabado-. Ya no soy un niño, como puede ver. No me atrevo a confiar en la memoria. Hay infinidad de cosas que debo recordar.

Parecía que recapacitara sobre aquello antes de concentrar de nuevo sus pensamientos en mí.

– ¿Y a usted? -preguntó-, ¿por qué le interesan las ejecuciones?

Lo preguntó con una actitud de lo más inocente, pero a pesar de ello tuve la convicción de que, con toda su amabilidad, estaba a punto de engañarme. Ya no podía responder como a mí me apeteciera sin parecer uno de los que viven a la sombra de la horca, uno de los que iban por el camino más ancho, de los cuales tal vez me había erigido en portavoz. Quizás el viejo me había descubierto desde el principio: acaso descubrió algo en mis formas o en mi ropa que me delató. En realidad, ¿quién era, qué pretendía? De cualquier forma, me había dejado sin palabras aunque sólo fuera un momento, lo cual no ocurría muy a menudo.

– Espero que no se haya molestado -prosiguió como si me hubiera leído el pensamiento-. No era mi intención ser indiscreto. Sólo me di cuenta que dedicaba una atención extrema y poco común a aquellos tres pobres de allá, y por eso me entró la curiosidad. Es otra de mis malas costumbres.

– Entonces tenemos algo en común -dije, aliviado por el giro que había tomado la conversación, que me pareció a mi favor-. Me gustaría mucho saber por qué está usted sentado aquí, todo un caballero, como bien se ve, con montones de papeles ante usted. No entiendo qué hace usted en el Angel Pub, en Wapping, el barrio de los marineros, espiando a la gente normal y corriente como yo.

– ¡Espiar! -rió con un cloqueteo-. Acaba de decir una verdad más grande de lo que usted se imagina.

Espiar, sí, eso es lo que hago, eso he hecho desde que tengo uso de razón. Pero no sólo a la gente normal y corriente; desde luego, no creo que usted sea de ésos. Es cierto que espío, pero espío a todos sin distinción, los de arriba y los de abajo, los legales o los ilegales, los buenos y los malos. Me he convertido en el cronista de nuestra era.

Hice un gesto como si quisiera hablar, pero de todas formas no me entendió.

– ¿No me cree? -dijo-. Pues mire.

Me puso un papel ante la nariz.

– He tardado meses en acabar esto. ¿Se imagina? He dedicado meses de mi vida sólo a contar lo que hay.

Lo dijo como si de veras lo sintiera, pero en realidad daba brincos de satisfacción… por sí mismo, se supone.

– ¿No le parece extraño que sólo yo sepa en realidad lo que hay en este hormiguero llamado Londres? He preguntado al Rey y al Parlamento, al alcalde y a los fiscales, pero nadie, como se puede usted imaginar, nadie tiene una visión general. Entonces me vi obligado a contar: desde los mercados de carne, y hay catorce en total, hasta las cárceles, que son veintisiete, quizá tantas, creo yo, como en todas las ciudades del continente juntas. Aquí está todo. Y ése es el precio, comprenderá usted, que pagamos por vivir en un país que se vanagloria de tener más libertades que ningún otro. He contado a los muertos y a los enterrados, así como a los vivos y a los bautizados, los enfermos y los sanados en los hospitales, los vagabundos atendidos y los pedigüeños, los condenados a muerte y los liberados. Lo he contado todo. Las iglesias también. ¡Mire aquí! En Londres hay trescientas siete iglesias, de las cuales cincuenta están en construcción, y no he contado las casas de oración de los discordes, ya que, según la ley, es como si no existieran. Y ahora se preguntará usted, naturalmente, si Dios tiene necesidad de tantas iglesias, el triple de las escuelas y quince veces más que hospitales. Para eso, señor mío, no existe respuesta, que yo sepa, pero sí se podría decir que todas esas iglesias no bastan teniendo en cuenta la gran cantidad de cárceles, en primer lugar las normales, pero también las cárceles de morosos, donde se dejan encerrar voluntariamente los que tienen dinero hasta saldar la deuda o hasta que el asunto ha prescrito, para ahorrarse la vergüenza de ir a parar a una cárcel de las normales. Así es, pero estas cosas sólo se averiguan si uno se toma la molestia de mirar a su alrededor, como un espía si usted quiere, y contar, ser el contable de la vida. ¿No le sorprende? Seguramente no sabía que hay diez instituciones privadas como éstas, que además cobran por sus servicios, en las que se dejan encerrar voluntariamente los desaprensivos sólo para evitar el escándalo.

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