Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Saltaba a la vista que Deval era un completo inútil; además, se ponía melancólico y lloroso cada dos por tres, sobre todo cuando empinaba el codo. Lloraba a moco tendido por el fallecido Dunn y por su hija Elisa, que habían sido tan buenos con él. Me ponía nervioso, e intenté convencer a England que lo mejor sería que devolviéramos a aquel hijo de puta en brazos de su puta madre. ¡Como si yo no tuviera suficiente trabajo para olvidar a Elisa durante el resto de mi vida sin tener que soportar los gemidos y los lamentos de Deval! Pero England se negaba en redondo. Mantuvo hasta el final que el Dana tenía una cuarta parte que era de Elisa y que ella no hubiera aceptado nunca que dejáramos a Deval por el camino. Pensé incluso en deshacerme de él por mi cuenta, pero comprendí que England me descubriría, por muy bien que pensara de los demás.
A pesar de todo, el Dana era la mejor oferta para la vida de un tipo como yo en aquellos tiempos. Pero para que Deval cerrara el pico le expliqué a espaldas de England cómo estaban las cosas, y se lo conté todo casi con pelos y señales: que era hijo de una puta que lo había vendido a Dunn a cambio de ciertos servicios, de cuya naturaleza podría fácilmente hacerse una idea, y que Dunn después no tuvo arrestos para deshacerse de él. Deval se puso pálido como un muerto y no quiso creer mis palabras hasta que me metí en detalles y picardías. A partir de ahí cerró la boca en lo tocante a Elisa y a Dunn, pero perdonarme, lo que se dice perdonarme, no lo hizo nunca.
Lo peor de todo a bordo del Dana, no era sin embargo Deval, sino que ninguno de nosotros tenía olfato para los negocios. O nos pasaban por delante de las narices, por así decirlo, o bien nos engañaban de mala manera una vez tras otra. Vender y comprar, traficar y mercadear, atracar y zarpar, engatusar y convencer, no, nada de eso sabíamos. Por todos los demonios que éramos demasiado honrados para eso. Pero ¿lo comprendimos a tiempo?
Naturalmente, hubiera preferido no tener que ir a Inglaterra, pero si queríamos sobrevivir no había mucho donde escoger. Invertimos en mercancías la mitad de nuestros beneficios, un poco de todo lo que, según England, estaba permitido entre contrabandistas: té, azúcar, tabaco y encajes, además del coñac, claro. Soltamos amarras y nos dirigimos hacia Bideford, en la costa de Cornualles. Anclamos en Lundy Island y puse los pies en la isla con cierto bamboleo, ya que había sido uno de los atracaderos de mi padre, sí, el que se ahogó en el puerto. Pero si hubiera creído que había dejado huellas tras de sí, estaba muy equivocado. Un tipo como aquél ¿qué podía dejar tras de sí, aparte de las botellas vacías y una reputación, buena o mala, en boca de la gente?
A cubierto de los vientos del oeste, detrás de Lundy Island, encontramos a otros contrabandistas que esperaban mejor viento y peor tiempo antes de poner curso hacia Francia. Nos dieron nombres de gente de confianza allá en tierra, pero cuando encontramos a Jameson, el hacendado, que era un alegre y orondo hombre de negocios, y cuando le contamos qué mercancías llevábamos a bordo, no pudo contener su alegría.
– Señores míos -dijo cuando había acabado de darse palmadas en las rodillas-, no voy a ser mezquino. Compro el brandy por un buen precio, para que puedan volver sin grandes pérdidas.
– ¿Pérdidas? -pregunté sorprendido.
– Pero ¿y el tabaco, el azúcar y los encajes? -preguntó England-. Son de la mejor calidad.
– Lo sé -dijo Jameson-, lo sé muy bien.
– ¿Cómo puede saberlo? -pregunté con lógica desconfianza.
– No es nada raro -dijo con mayor regocijo aún-. Es el tabaco que yo mismo he exportado a Francia no hace mucho a través de delegados como ustedes. Y no creo equivocarme al pensar que el azúcar y el té han llegado a Francia de la misma manera.
Naturalmente, nos miramos unos a otros con incredulidad.
– Señores míos -continuó Jameson-, deduzco que son nuevos en la profesión. Éstas son mercancías que pasan de Inglaterra a Francia, no al revés. Les aconsejo que vuelvan a Saint Malo y lo vendan todo por el mismo precio que pagaron por ello.
– ¡Por todos los demonios del mundo! -exclamó England y se dio un puñetazo en la palma de la mano.
Cuando contamos nuestros medios para la vuelta, tras la venta de nuestras mercancías doblemente pasadas de contrabando, disponíamos exactamente del mismo capital que antes, no más, pero tampoco menos. No era suficiente para vivir. Otros viajes como aquél y acabaríamos en el fondo.
El siguiente viaje lo hicimos a Falmouth con la bodega llena de coñac y de vino. Nos adentramos en Helford River escondidos. Servimos a un comprador y conseguimos un buen precio en monedas de oro. Sin embargo, antes de que el dinero llegara a nuestras manos el comprador alertó a los guardacostas, así que tuvimos que huir a toda prisa.
Así estaban las cosas. Una vida libre probablemente sí que era, pero lucrativa o sublime desde luego que no. Tras seis viajes teníamos lo mismo que cuando empezamos, menos lo que habíamos gastado para vivir durante ese tiempo. Al séptimo teníamos la mitad que al principio y entonces fue cuando dije que se acabó. Si había que vivir, eso pensaba yo, tendríamos que recibir por lo menos algo a cambio, otra cosa que no fuera el ridículo y las equivocaciones. Teníamos que obtener algo con que alegrarnos, era lo mínimo que se podía pedir.
Así pues, convoqué el consejo, fue fácil, y expuse mis pensamientos. Dije que deberíamos llevarnos lo que se nos ofreciera en lugar de traficar y mercadear con el resultado conocido. Propuse que viajáramos a comisión, decididamente, y señalé que al cabo de poco ninguno de nosotros tendría nada que perder, y que cualquier cosa era mejor que lo que hacíamos, ya que no nos llevaba a ningún sitio.
– ¿Adonde nos iba a llevar? -preguntó Deval, en la que fue seguramente la única pregunta aguda que hizo en toda su vida.
No respondí, sino que me volví hacia England.
– ¿Y tú qué dices? -pregunté-. ¿Que podría ser peor?
– Sí -contestó England-, podría serlo.
Les llamé de todo, pero no sirvió de nada.
– Te puedes ir cuando quieras -dijo England.
A pesar de todo tenía razón. Siempre podía largarme.
Sin embargo, parece que no iba a ser así durante mucho tiempo. En las ciudades de la costa de Bretaña corría el rumor de paz, aunque no sé de qué iba a servir para la gente como yo. Los precios del vino y otras mercancías de contrabando iban a bajar, y también los salarios de los marineros embarcados, como pasaba siempre que la Marina empezaba a despedir y a desmantelar, y entonces yo ya no estaría tan seguro de los brazos de la ley.
Cuando después llegó la paz en los pasquines, en las proclamas de las trompetas y en las declaraciones de todas las pequeñas poblaciones costeras, England empezó a hablar de volver con el Dana a Irlanda y a Elisa. Sólo de pensarlo me entraban todos los males. Estaba seguro de que encontrarme con Elisa sería lo mismo que cavar mi propia tumba, como quiera que fuese.
Con cuidado, para no despertar sospechas en England ni en Deval, intenté hacerles entender lo insensato o lo manifiestamente peligroso que sería la vuelta para mi integridad física e incluso mi vida. Supliqué, rogué y pedí por favor, pero no sirvió de nada. Mi riqueza verbal, de la que tanto me enorgullecía, no bastó para doblegar una honradez como la de England. Tampoco logré nada con Deval. A pesar de todo, yo le había quitado lo poco que tenía, tanto la honra como el honor.