El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– Entonces, tendremos que encargarnos de él-dije, entrando en materia-. ¿Cómo lo haremos?
Alcide era un hombre práctico. Estaba acostumbrado a solucionar problemas, empezando siempre por el más importante.
– Hemos de llevarlo al campo. Para ello, tendremos que bajarlo al aparcamiento -dijo, al cabo de unos minutos de meditación-. Y para eso habrá que envolverlo.
– ¿La cortina de la ducha? -sugerí, haciendo un gesto con la cabeza en dirección al cuarto de baño-. Hmmm, ¿sería posible que cerrásemos el armario y fuésemos a otra parte mientras lo pensamos?
– Claro -dijo Alcide, de repente tan ansioso como yo de perder de vista el tétrico espectáculo que teníamos delante.
Así que nos quedamos en el salón y tuvimos nuestra sesión de planificación. Lo primero que hice fue apagar la calefacción de todo el apartamento y abrir las ventanas. El cadáver no había delatado su presencia antes porque a Alcide le gustaba mantener la temperatura baja, y porque la puerta del armario estaba bien cerrada. Ahora teníamos que dispersar el mal olor, aunque fuera leve.
– Son cinco pisos, y no creo que pueda acarrear con él tanto-dijo Alcide-. Tendremos que bajarlo en el ascensor al menos un tramo. Esa es la parte más peligrosa.
Seguimos debatiéndolo y refinando ideas, hasta que llegamos a la conclusión de que teníamos un plan viable. Alcide me preguntó dos veces si me encontraba bien, y por dos veces lo tranquilicé. Concluí que se le estaría pasando por la cabeza que quizá podría estallar en un brote de histeria o desmayarme.
– Nunca he sido demasiado remilgada -dije-. No va conmigo.
Si Alcide esperaba o deseaba que le pidiera sales aromáticas, o le rogara que me salvara, a mí, la pobre niña asustada, del lobo grande y malo, se había equivocado de mujer.
Estaba decidida a mantener la serenidad, aunque eso no significara exactamente que estuviese tranquila. Me encontraba tan nerviosa cuando fui a buscar la cortina de la ducha, que tuve que refrenar mi impulso de arrancarla de las anillas de plástico. Me obligué a hacerlo lenta y sostenidamente. Inspira, espira, coge la cortina de la ducha y extiéndela sobre el suelo del pasillo.
Era azul y verde, con peces amarillos nadando serenamente en filas iguales.
Alcide había bajado al aparcamiento para dejar su camioneta todo lo cerca posible de la puerta de las escaleras. Había tenido la inteligencia de traerse consigo de vuelta unos guantes de trabajo. Inhaló profundamente mientras se los ponía (quizá no fuese lo más adecuado, dada la proximidad del cadáver). Su rostro se volvió una helada máscara de determinación. Agarró el cadáver por los hombros y tiró de él bruscamente.
Los resultados fueron más dramáticos de lo que nos podríamos haber imaginado. El motero salió despedido del armario de una sola y rígida pieza. Alcide tuvo que saltar a la derecha para esquivar el cuerpo, que chocó contra la encimera de la cocina y luego cayó de lado sobre la cortina de la ducha.
– Caray -dije con voz temblorosa, mientras contemplaba el resultado-. Sí que ha salido bien.
El cadáver estaba casi justo donde lo queríamos. Alcide y yo hicimos un conciso gesto con la cabeza y nos arrodillamos uno a cada lado. Cogimos al tiempo uno de los extremos de la cortina y cubrimos el cuerpo. Luego hicimos lo mismo con el otro. Ambos nos relajamos cuando su rostro quedó cubierto. Alcide también se había subido un rollo de cinta adhesiva (algo que los hombres de verdad siempre llevan en sus camionetas), que usamos para sellar el cadáver dentro de la cortina que lo envolvía. A continuación doblamos los extremos y los sellamos también. Afortunadamente, el licántropo no era muy alto a pesar de ser fornido.
Nos incorporamos y nos permitimos un leve momento para recuperarnos. Alcide habló primero:
– Parece un enorme burrito verde -observó.
Tuve que echarme la mano a la boca para reprimir un acceso de risa. Alcide me miró con ojos sorprendidos sobre el cadáver envuelto. De repente, él también empezó a reírse.
Cuando nos calmamos, le pregunté:
– ¿Listo para la segunda fase?
Asintió, y yo me puse el abrigo y pasé junto a Alcide y el cadáver. Me dirigí hacia el ascensor, cerrando la puerta del apartamento tras de mí a toda prisa, por si acaso pasaba alguien.
Justo cuando pulsé el botón, apareció un hombre por la esquina para esperarlo junto a mí. Quizá fuera un familiar de la vieja señora Osburgh, o quizá uno de los senadores había volado de regreso a Jackson. Fuese quien fuese, iba bien vestido y tendría alrededor de sesenta años. Era lo bastante educado como para sentirse obligado a iniciar una conversación.
– Hace un frío que pela, ¿verdad?
– Sí, pero no tanto como ayer -no dejaba de mirar las puertas del ascensor, deseosa de que llegara para marcharnos cuanto antes.
– ¿Acaba de mudarse?
Nunca en la vida me había sentido tan irritada con una persona cortés.
– Solo estoy de visita -dije con un tono de voz que indicaba que la conversación se había acabado.
– Oh -dijo alegremente-, ¿a quién?
Afortunadamente, el ascensor escogió ese preciso momento para llegar y sus puertas se abrieron justo a tiempo para salvar a ese tipo tan amable de que le arrancara la cabeza. Hizo un gesto de la mano para ofrecerme que pasara primero, pero di un paso atrás y dije:
– ¡Ay, Dios, me he olvidado las llaves!
Me marché de allí sin mirar hacia atrás. Me dirigí hacia la puerta del apartamento que había junto al de Alcide, el que me dijo que estaba vacío, y llamé a la puerta. Oí cómo se cerraban las puertas del ascensor detrás de mí y lancé un suspiro de alivio.
Cuando imaginé que el señor Palique habría tenido tiempo de llegar a su coche y salir del aparcamiento (a menos que planeara desquiciar al vigilante de seguridad con su cháchara), volví a llamar al ascensor. Era sábado, así que no había forma de prever las agendas de la gente. Según Alcide, muchos de los apartamentos habían sido adquiridos a modo de inversión, y eran subarrendados a los senadores, la mayoría de los cuales estaría ya fuera como preámbulo de las vacaciones. Los que sí vivían allí todo el año, sin embargo, pasarían por el lugar como de costumbre porque no sólo era fin de semana, sino que apenas faltaban quince días para Navidad. Cuando el chirriante ascensor llegó a la quinta planta, estaba vacío.
Volví a acercarme a la 504, llamé dos veces a la puerta y regresé corriendo al ascensor para mantener las puertas abiertas. Alcide salió del apartamento precedido por las piernas del cadáver. Se movió con toda la rapidez posible para un hombre que llevaba un cadáver tieso al hombro.
Aquél fue el momento más vulnerable. El paquete que llevaba encima Alcide se parecía precisamente a un cadáver envuelto en una cortina de ducha. El plástico atenuaba el olor, pero seguía notándose en las distancias cortas. Bajamos un piso sin problemas, y luego el siguiente. En el tercer piso se nos pusieron los pelos como escarpias. El ascensor se detuvo. Para nuestro inmenso alivio, las puertas se abrieron y no había nadie en el pasillo. Lancé una mirada furtiva fuera y hacia la puerta de las escaleras, manteniendo las del ascensor abiertas. A continuación, salí corriendo escaleras abajo delante de él y miré por el panel de cristal de la puerta que daba al aparcamiento.
– Ay, ay -dije, manteniendo una mano en alto. Una mujer de mediana edad y una adolescente estaban descargando el maletero de su Toyota al tiempo que mantenían una fuerte discusión. Habían invitado a la muchacha a una fiesta nocturna, y su madre se negaba en redondo a que fuera.
Ella tenía que ir. Todos sus amigos estarían allí. Y su madre insistía que sólo iría por encima de su cadáver.
Pero mamá, todas las madres dejan ir a sus hijos. Que no.
– Por favor, no decidáis subir por las escaleras -susurré.
Y la discusión escaló en gravedad mientras llamaban el ascensor. Pude escuchar cómo la chica interrumpía su tren de quejas para decir: «Agh, ¡qué mal huele!», antes de que se cerraran las puertas.