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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– ¿Qué pasa? -susurró Alcide.

– Nada. Veamos si dura la calma.

Y así fue. Salí por la puerta en dirección a la camioneta de Alcide lanzando miradas a izquierda y derecha para asegurarme de que estábamos verdaderamente solos. No estábamos a la vista del guarda de seguridad, que seguía en su caseta de cristal en la rampa de acceso.

Abrí el portón trasero de la camioneta; afortunadamente el compartimiento de carga podía cubrirse con un plástico. Echando una nueva mirada más detallada al aparcamiento, volví corriendo a la puerta de las escaleras y le di varios golpes. Al cabo de un segundo, se abrió.

Alcide salió disparado hacia su vehículo más rápido de lo que yo habría creído que podía moverse con la carga que llevaba. Empujamos tanto como pudimos, y el cuerpo quedó finalmente depositado en la zona de carga de la camioneta. Con un gran alivio, cerramos el portón.

– Segunda fase completada -dijo Alcide con un aire que yo habría tildado de aturdido, de no ser un hombre tan grande.

Conducir por las calles de una ciudad con un cadáver a bordo es un espeluznante ejercicio de paranoia.

– No te saltes ni una sola señal de tráfico -le recordé a Alcide, molesta por el tono nervioso con el que me había salido la voz.

– Vale, vale -gruñó con una voz igual de tensa.

– ¿Crees que los de ese todo terreno nos están mirando?

– No.

Estaba claro que me vendría muy bien estar callada, así que eso hice. Nos incorporamos a la Interestatal 20, la misma carretera por la que habíamos entrado en Jackson, y avanzamos hasta que los sembrados sustituyeron al panorama urbano.

Cuando llegamos a la altura de la salida de Bolton, Alcide dijo:

– Esto tiene buena pinta.

– Claro -dije. Tenía la sensación de que ya no podía seguir en el vehículo con un cadáver a cuestas. La extensión entre Jackson y Vicksburg es bastante plana y no está elevada; casi todo son campos abiertos ocasionalmente rotos por brazos de río, algo típico de la zona. Salimos de la interestatal y fuimos hacia la zona boscosa del norte. Al cabo de unos kilómetros, Alcide giró a la derecha en una carretera que llevaba años pidiendo a gritos que la volvieran a pavimentar. Los árboles crecían a ambos lados de aquel firme salpicado de parches. El descolorido cielo invernal apenas tenía opciones de iluminar el lugar con tamaña competencia, y yo me estremecí en la cabina de la camioneta.

– No queda mucho -dijo Alcide. Asentí nerviosamente.

Un diminuto camino asfaltado se bifurcaba a la izquierda, y lo señalé. Alcide frenó y analizamos las probabilidades. Intercambiamos un movimiento seco de la cabeza para escenificar nuestro acuerdo. Alcide se metió marcha atrás, lo cual me sorprendió, pero decidí que era buena idea. Cuanto más nos adentrábamos en el bosque, más me gustaba el lugar escogido. Habían cubierto con grava el camino hacía no demasiado tiempo, así que no dejaríamos huellas de neumáticos. Algo es algo. Pensé que era probable que el rudimentario camino condujera hasta un coto de caza, lo cual aseguraba la escasa presencia humana, ahora que la temporada del ciervo se había terminado.

Cuando recorrimos cierta distancia, vi una señal clavada en un árbol. Ponía:

«PROPIEDAD PRIVADA DEL CLUB DE CAZA KILEY-ODUM – PROHIBIDO EL PASO».

Seguimos, avanzando marcha atrás por el camino lenta y cuidadosamente.

– Aquí -dijo cuando nos adentramos lo suficiente en el bosque como para no ser vistos desde la carretera. Echó el freno de mano-. Escucha, Sookie, no tienes por qué salir.

– Lo haremos más rápido si trabajamos juntos.

Trató de lanzarme una mirada que me amedrentara, pero yo se la devolví con una expresión pétrea. Finalmente, suspiró.

– Vale, acabemos con esto -dijo.

El aire era frío y húmedo, y esa fría humedad te calaba hasta los huesos si te quedabas un rato quieta. Estaba segura de que la temperatura estaba cayendo en picado, y el cielo despejado de la mañana se estaba convirtiendo en un bonito recuerdo. Era un día adecuado para enterrar un cadáver. Alcide abrió el portón de la camioneta, nos pusimos los guantes y nos dispusimos a tirar del paquete azul y verde. Los alegres peces amarillos parecían casi obscenos en el bosque helado.

– Con todas tus fuerzas -me aconsejó Alcide y, a la cuenta de tres, tiramos cuanto pudimos. Conseguimos sacar la mitad del bulto. Uno de sus extremos sobresalía por el portón de una manera muy fea-. ¿Lista? Otra vez. ¡Una, dos tres! -volví a tirar, y la propia gravedad del cuerpo hizo que cayera directamente en el camino.

Si hubiésemos podido marcharnos en ese momento, me habría sentido mucho mejor; pero habíamos decidido que teníamos que llevarnos de vuelta la cortina de la ducha. A saber cuántas huellas podían extraerse de ella. Y seguro que había pruebas microscópicas que ni era capaz de imaginarme.

No suelo ver el Discovery Channel.

Alcide tenía una navaja multiusos, así que le dejé el honor de esa particular tarea. Mantuve abierta una bolsa de basura mientras él cortaba la cortina y la iba metiendo. Traté de no mirar, pero no pude evitar hacerlo.

El aspecto del cadáver no había mejorado.

La tarea concluyó antes de lo que había imaginado. Me dispuse a volverme para entrar de nuevo en la camioneta, pero Alcide se quedó de pie, con la cara apuntando al cielo. Parecía que estaba husmeando el bosque.

– Esta noche habrá luna llena -dijo. Todo su cuerpo pareció estremecerse. Cuando me miró, sus ojos tenían algo extraño. No sabría decir si cambiaron de color o de contorno, pero era una persona diferente la que miraba por ellos.

Me encontraba sola en el bosque con un compañero que había adquirido una dimensión completamente nueva. Luché contra los impulsos encontrados de gritar, romper a llorar y correr. Le sonreí ampliamente mientras esperaba. Tras una larga y densa pausa, Alcide dijo:

– Volvamos a la camioneta.

No cabía en mí de alivio cuando me senté en la cabina.

– ¿Qué crees que lo ha matado? -pregunté cuando me pareció que Alcide había tenido tiempo para volver a la normalidad.

– Creo que alguien le ha roto el cuello -dijo Alcide-. Lo que no imagino es cómo habrá llegado al apartamento. Sé que cerré la puerta con llave anoche. Estoy seguro. Y esta mañana seguía cerrada.

Traté de darle vueltas por un rato, pero fui incapaz de llegar a ninguna conclusión. Luego me dio por divagar sobre cómo moriría uno cuando le rompían el cuello. Pero decidí que no era algo tan divertido en lo que pensar.

De vuelta al apartamento hicimos una parada en el centro comercial. En un fin de semana tan próximo a las Navidades, estaba hasta la bandera de gente. Volví a recordar que no le había comprado nada a Bill.

Sentí una dolorosa punzada en el corazón cuando pensé que quizá nunca llegara a comprarle un regalo de Navidad a Bill.

Necesitábamos ambientadores, un spray limpiador de moquetas y una cortina de ducha nueva. Aparté mi tristeza y caminé con más aplomo. Alcide dejó que yo me encargara de la cortina, y he de decir que disfruté con ello. Pagó en metálico para que no hubiera ningún registro de nuestra presencia.

Comprobé mis uñas después de volver a montarme en la camioneta. Estaban bien. Luego pensé en lo cruel que podía ser por preocuparme por algo tan nimio como mi manicura. Acababa de deshacerme de un cadáver. Durante varios minutos permanecí quieta, ahondando en mi desdicha.

Se lo hice saber a Alcide, que ahora que habíamos vuelto a la civilización y nos habíamos deshecho de nuestro silencioso pasajero parecía más accesible.

– Bueno, tú no lo mataste -señaló-. ¿O sí?

Miré sus ojos verdes con un leve atisbo de sorpresa.

– Por supuesto que no. ¿Y tú?

– No -contestó, y por su expresión diría que había estado esperando a que se lo preguntase. No se me había ocurrido en ningún momento.

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