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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Debería habérselo dicho al comecocos, pensó él con una sonrisa. «Mire, doctor, mi esposa me dejó por otra mina… Oyó bien, sí. ¿Que cómo se siente uno? Pues mire, es un mazazo en las bolas. Como si te las desintegraran de golpe. Y se te queda una cara de boludo que no imaginás, porque durante diecisiete años estuviste orgulloso de lo bien que la pasaban en la cama, orgulloso de haber sido casi su primer y, en teoría único hombre, aunque siempre existe un noviete de antes con el que "casi no hicimos nada, no seas bobo", y por mucho que ella insista en que las cosas cambiaron de a poco, y te jure que descubrió el orgasmo contigo y que gozó de verdad a tu lado, y te diga, con una sinceridad desarmante, que esto es algo "nuevo que necesita explorar", uno la mira como idiotizado, apabullado más que incrédulo, porque si ella lo dice es que tiene que ser verdad, y si es verdad es que parte de tu vida, de la de ambos pero sobre todo de la tuya, ha sido una mentira. Como en El show de Truman, ¿se acuerda, doctor? Ese tipo que cree que vive su vida pero está rodeado de actores que hacen su papel y su realidad no es más que una ficción que otros inventan y representan. Pues así se queda uno, doctor, con cara de Jim Carrey.» Se rió de sí mismo sin amargura mientras esperaba para cruzar. Aunque últimamente no lo hacía demasiado, idear monólogos medio ridículos sobre sí mismo, o a veces sobre otros, siempre le había servido de terapia.

Caminaba despacio, bajando por Muntaner, hacia el centro de esa ciudad que había sido su hogar durante tantos años. Era un paseo largo, pero le apetecía andar un poco, retrasar la llegada a su piso vacío. Además, había algo en las calles del Eixample, en esa parrilla geométrica de vías paralelas y perpendiculares y en esas fachadas regias y antiguas, que le aportaba paz y cierta sensación de nostalgia. Con Ruth había explorado aquellas calles, y muchas otras; con ella había visto tanto los monumentos como las tabernas. Para él, Barcelona era Ruth: bella sin estridencias, superficialmente tranquila pero con rincones oscuros, y con ese punto de elegancia pija que resultaba tan encantador como exasperante. Ambas eran conscientes de su encanto natural, de tener ese algo indefinible que muchas otras querrían alcanzar y que sólo podían admirar o envidiar.

Llegó a casa agotado tras caminar durante casi dos horas y se dejó caer en el sofá. La maleta recuperada le esperaba en un rincón, y evitó mirarla. Debería haber comido algo durante el camino, pero la idea de cenar solo en público le deprimía. Fumó, pues, para matar el hambre a base de nicotina y sintiéndose culpable por ello. En la mesita había dejado las películas que le había devuelto Carmen, toda una selección de clásicos con su actriz favorita de protagonista. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía La ventana indiscreta? No era una de sus preferidas, le gustaba mucho más el inquietante ambiente de Los pájaros o la obsesiva pasión de Vértigo, pero era la que tenía más a mano y sin pensarlo mucho la puso en el reproductor. Mientras empezaba, fue a la cocina a buscar al menos una cerveza; creía haber visto alguna esa mañana en la nevera. Con ella en la mano volvió al comedor y observó la pantalla oscura. El disco avanzaba, podía verlo en el frontal del reproductor, pero las imágenes se resistían a salir. Sin embargo, por fin una luz apareció en la pantalla: débil, cruda, extraña, brillaba en mitad de un fondo borroso. Atónito, contempló cómo la niebla se disipaba y la luz ganaba terreno. Y entonces, sin poder apartar la vista del televisor, vio lo que nunca habría querido ver: a sí mismo, con el rostro demudado por la rabia, golpeando sin cesar a un viejo sentado en una silla. Un escalofrío le ascendió por la espina dorsal. El timbre del teléfono le sobresaltó tanto que soltó la cerveza. Lo descolgó con aprensión, con la mirada aún puesta en ese otro yo a quien casi no reconocía, y oyó una voz de mujer, tomada por la rabia, que le gritaba: «¡Eres un cabrón, argentino de mierda. Un hijo de la gran puta!».

Capítulo 14

Estaré en bcn este finde y me apetece verte. T.» Ése había sido el mensaje que había leído Leire en cuanto salió de casa de los Castells. El mensaje al que había respondido, sin dudarlo, casi sin pensar, llevada por las ganas de verlo. Algo de lo que ahora, tras una larga conversación con su mejor amiga, se arrepentía con todas sus fuerzas; algo que, unido al bochorno estival y a los terribles maullidos de una gata en celo que paseaba por los tejados cercanos, no la dejaba dormir.

María era una belleza morena, de padre barcelonés y madre italiana, que causaba estragos en la población masculina. A su metro ochenta de curvas perfectas, se unía un rostro sonriente, un enorme sentido del humor y una boca de camionero.

– ¡Y una mierda! -le soltó en pleno restaurante en cuanto Leire le expresó sus dudas sobre si debía explicarle o no a Tomás, «T» en los mensajes, que en su último encuentro le había dejado un regalo en forma de embrión-. A ver, ¿el embarazo te ha afectado al cerebro o algo así? Deben de ser las hormonas infantiles que la atontan a una.

– No seas bruta. -Leire apartó el tiramisú, del que había dado cuenta después de un abundante plato de spaghetti carbonara-. ¿Te vas a terminar el mousse de limón?

– ¡No! Y tú tampoco deberías… Eres como una piraña.

– Pero le acercó la copa-. Escucha, hablo en serio. ¿Qué ganas con decírselo?

Leire detuvo la cucharilla en el aire antes de atacar.

– No es lo que gano o dejo de ganar. Es su padre. Creo que tiene derecho a saber que hay un niño con sus genes dando vueltas por el mundo.

– A ver, ¿dónde está ese niño ahora? ¿Quién lo llevará en el vientre durante nueve meses? ¿Quién lo parirá gritando como una loca? ¡El sólo soltó cuatro bichitos y se largó de viaje, joder! Y si este fin de semana no se hubiera quedado sin plan, no habrías sabido nada más de él.

Leire sonrió.

– Tú di lo que quieras, pero me ha escrito un mensaje.

– Un momento, ¿qué quieres decir con eso? No, no te pongas roja y contéstame.

– Nada. -Se metió una cucharada de mousse en la boca. Estaba delicioso-. Dejémoslo ya. Tal vez tengas razón. Cuando lo vea, decidiré.

– Cuando lo vea, decidiré -repitió María en tono de burla-. Eo, la Tierra llamando a Leire Castro. Houston, tenemos un problema. ¿Se puede saber dónde está Leire «no más de una cita» Castro? Si eres tú la que siempre me dice que el amor es un invento perverso de Hollywood para someter a las mujeres del mundo.

– Vale. Dame un respiro, por favor. -Leire resopló-. Es la primera vez en mi vida que estoy embarazada. Disculpa si no sé cómo actuar.

María la miró con cariño.

– Oye, una cosa más, y cambiamos de tema. Yo también quiero contarte cosas. -Se paró antes de preguntarlo-. ¿Estás segura de que quieres tenerlo?

– Sí. -Vaciló-. No. Bueno… Estoy segura de que está ahí -dijo señalándose la barriga- y de que va a nacer dentro de siete meses. -Se acabó el mousse y relamió la cucharilla-. Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué ha pasado con Santi?

– ¡Nos vamos de vacaciones! -exclamó María, radiante.

– Pero ¿él no se iba con una ONG? ¿A construir un consultorio en África?

– Sí. Y me ha pedido que le acompañe.

Leire apenas pudo sofocar una carcajada. La visión de María construyendo cualquier cosa, no digamos ya un consultorio en una aldea africana, le parecía más marciana aún que la de ella misma preparando una canastilla de bebé.

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