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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¿Alguna vez has visto un ahogado? —preguntó Guillermo.

—Muchas veces —dijo Severino—. Y, si no interpreto mal lo que insinuáis, su rostro no es como éste; las facciones aparecen hinchadas.

—Entonces el hombre ya estaba muerto cuando alguien lo arrojó a la tinaja.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué habría de matarlo? Estamos ante la obra de una mente perversa. Pero ahora hay que ver si el cuerpo presenta heridas o contusiones. Propongo llevarlo a los baños, desnudarlo, lavarlo y examinarlo. En seguida estaré contigo.

Y mientras Severino, una vez recibida la autorización del Abad, hacía transportar el cuerpo por los porquerizos, mi maestro pidió que se ordenara a los monjes regresar al coro por el mismo camino que habían utilizado al venir, y que otro tanto hicieran los sirvientes, para que el espacio quedara vacío. Sin preguntarle la razón de ese pedido, el Abad lo satisfizo. De modo que nos quedamos solos junto a la tinaja, cuya sangre se había derramado en parte durante la macabra operación, manchando de rojo la nieve circundante que el agua vertida había disuelto en varios sitios, solos junto al gran cuajarón oscuro en el lugar donde habían acostado el cadáver.

—Bonito enredo —dijo Guillermo señalando el complejo juego de pisadas que los monjes y los sirvientes habían dejado alrededor—. La nieve, querido Adso, es un admirable pergamino en el que los cuerpos de los hombres escriben con gran claridad. Pero éste es un palimpsesto mal rascado y quizá no logremos leer nada de interés. De aquí a la iglesia, los monjes han pasado en tropel, de aquí al chiquero y a los establos, ha pasado una multitud de sirvientes. El único espacio intacto es el que va de los chiqueros al Edificio. Veamos si descubrimos algo interesante.

—Pero, ¿qué queréis descubrir? —pregunté.

—Si no se arrojó solo al recipiente, alguien lo trajo hasta aquí cuando ya estaba muerto, supongo. Y el que transporta el cuerpo de otro deja huellas profundas en la nieve. Ahora mira si encuentras alrededor unas huellas que te parezcan distintas de las de estos monjes vociferantes que han arruinado nuestro pergamino.

Eso hicimos. Y me apresuro a decir que fui yo, Dios me salve de la vanidad, quien descubrí algo entre el recipiente y el Edificio. Eran improntas de pies humanos, bastante hondas, en una zona por la que nadie había pasado, y, como mi maestro advirtió de inmediato, menos nítidas que las dejadas por los monjes y los sirvientes, signo de que había caído nieve sobre ellas y que, por tanto, databan de más tiempo. Pero lo que nos pareció más interesante fue que entre aquellas improntas había una huella más continua, como de algo arrastrado por el que había dejado las improntas. O sea, una estela que iba de la tinaja a la puerta del refectorio, por el lado del Edificio que estaba entre la torre meridional y la septentrional.

—Refectorio, scriptorium, biblioteca —dijo Guillermo—. De nuevo la biblioteca. Venancio murió en el Edificio, y muy probablemente en la biblioteca.

—¿Por qué justo en la biblioteca?

—Trato de ponerme en el lugar del asesino. Si Venancio hubiese muerto, asesinado, en el refectorio, en la cocina o en el scriptorium, ¿por qué no dejarlo allí? Pero si murió en la biblioteca, había que llevarlo a otro sitio, ya sea porque en la biblioteca nunca lo habrían descubierto (y quizá al asesino le interesaba precisamente que lo descubrieran), o bien porque quizá el asesino no desea que la atención se concentre en la biblioteca.

—¿Y por qué podría interesarle al asesino que lo descubrieran?

—No lo sé. Son hipótesis. ¿Quién te asegura que el asesino mató a Venancio porque lo odiaba? Podría haberlo matado, como a cualquier otro, para significar otra cosa.

—Omnis mundi creatura, quasi liber et scriptura…[46] —murmuré—. Pero, ¿qué tipo de signo sería?

—Eso es lo que no sé. Pero no olvidemos que también existen signos que sólo parecen tales, pero que no tienen sentido, como blitiri o bu-ba-baff…

—¡Sería atroz matar a un hombre para decir bu-ba-baff!

—Sería atroz —comentó Guillermo— matar a un hombre para decir Credu in unum Deum

En ese momento llegó Severino. Había lavado y examinado cuidadosamente el cadáver: Ninguna herida, ninguna contusión en la cabeza. Muerto como por encanto.

—¿Como por castigo divino? —preguntó Guillermo.

—Quizá —dijo Severino.

—¿O por algún veneno?

Severino vaciló:

—También puede ser.

—¿Tienes venenos en el laboratorio? —preguntó Guillermo, mientras nos encaminábamos hacia el hospital.

—También los tengo. Pero depende de lo que entiendas por veneno. Hay sustancias que en pequeñas dosis son saludables, y que en dosis excesivas provocan la muerte. Como todo buen herbolario, las poseo y las uso con discreción. En mi huerto cultivo, por ejemplo, la valeriana. Pocas gotas en una infusión de otras hierbas sirven para calmar al corazón que late desordenadamente. Una dosis exagerada provoca entumecimiento y puede matar.

—¿Y no has observado en el cadáver los signos de algún veneno en particular?

—Ninguno. Pero muchos venenos no dejan huellas.

Habíamos llegado al hospital. El cuerpo de Venancio, lavado en los baños, había sido transportado allí y yacía sobre la gran mesa del laboratorio de Severino: los alambiques y otros instrumentos de vidrio y loza me hicieron pensar (aunque sólo tuviese una idea indirecta del mismo) en el laboratorio de un alquimista. En una larga estantería fijada a la pared externa se veía un nutrido conjunto de frascos, jarros y vasijas con sustancias de diferentes colores.

—Una hermosa colección de simples —dijo Guillermo—. ¿Todos proceden de vuestro jardín?

—No —dijo Severino—. Muchas sustancias, raras y que no crecen en estas zonas, han ido llegando a lo largo de los años, traídas por monjes de todas partes del mundo. Tengo cosas preciosas y rarísimas, junto con otras sustancias que pueden obtenerse fácilmente en la vegetación de este sitio. Mira… alghalingho pesto, procede de Catay, me la dio un sabio árabe. Aloe sucotrino, procede de las Indias, óptimo cicatrizante. Ariento vivo, resucita a los muertos, mejor dicho, despierta a los que han perdido el sentido. Arsénico: peligrosísimo, un veneno mortal para el que lo ingiere. Borraja, planta buena para los pulmones enfermos. Betónica, buena para las fracturas de la cabeza. Almáciga, detiene los flujos pulmonares y los catarros molestos. Mirra…

—¿La de los magos? —pregunté.

—La de los magos, pero aquí sirve para evitar los abortos, y procede de un árbol llamado Balsamodendron myrra. Esta otra es numia, rarísima, producto de la descomposición de los cadáveres momificados, y sirve para preparar muchos medicamentos casi milagrosos. Mandrágora officinalis, buena para el sueño…

—Y para despertar el deseo de la carne —comentó mi maestro.

—Eso dicen, pero aquí no se la usa de esa manera, como podéis imaginar —sonrió Severino—. Mirad esta otra —dijo cogiendo un frasco—, tucia, milagrosa para los ojos.

—¿Y ésta qué es? —preguntó con mucho interés Guillermo tocando una piedra apoyada en un estante.

—¿Esta? Me la regalaron hace tiempo. La llaman lopris amatiti o lapis ematitis. Parece poseer diversas virtudes terapéuticas, pero aún no las he descubierto. ¿La conocéis?

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46

«toda criatura del mundo es como un libro y escritura».

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