El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—Quizá fuese bueno, si se tratara de enemigos del pueblo de Dios —dijo devotamente Nicola.
—Quizá —admitió Guillermo—. Pero, ¿cuál es hoy el enemigo del pueblo de Dios? ¿El emperador Ludovico o el papa Juan?
—¡Oh, Señor! —dijo asustado Nicola—, ¡no quisiera tener que decidir yo solo un asunto tan doloroso!
—¿Ves? A veces es bueno que los secretos sigan protegidos por discursos oscuros. Los secretos de la naturaleza no se transportan en pieles de cabra o de oveja. Dice Aristóteles en el libro de los secretos que cuando se comunican demasiados arcanos de la naturaleza y del arte se rompe un sello celeste, y que ello puede ser causa de no pocos males. Lo que no significa que no haya que revelar nunca los secretos, sino que son los sabios quienes han de decidir cuándo y cómo.
—Por eso es bueno que en sitios como éste —dijo Nicola—, no todos los libros estén al alcance de todos.
—Esa es otra historia —dijo Guillermo—. Se puede pecar por exceso de locuacidad y por exceso de reticencia. No quise decir que haya que esconder las fuentes del saber. Pienso, incluso, que está muy mal hacerlo. Lo que quise decir es que, tratándose de arcanos capaces de engendrar tanto el bien como el mal, el sabio tiene el derecho y el deber de utilizar un lenguaje oscuro, sólo comprensible para sus pares. El camino de la ciencia es difícil, y es difícil distinguir en él lo bueno de lo malo. Y muchas veces los sabios de estos nuevos tiempos sólo son enanos subidos sobre los hombros de otros enanos.
La amable conversación con mi maestro debía de haber predispuesto a Nicola para las confidencias, porque, haciéndole un guiño (como para decirle: yo y tú nos entendemos porque hablamos de las mismas cosas), dijo a modo de alusión:
—Sin embargo, allí —y señaló el Edificio—, los secretos de la ciencia están bien custodiados mediante artificios mágicos…
—¿Sí? —dijo Guillermo aparentando indiferencia—. Puertas atrancadas, severas prohibiciones, amenazas, supongo.
—¡Oh, no! Más que eso…
—¿Qué, por ejemplo?
—Bueno, no lo sé con exactitud, yo no me ocupo de libros sino de vidrios, pero en la abadía circulan historias extrañas…
—¿Qué tipo de historias?
—Extrañas. Por ejemplo, acerca de un monje que durante la noche quiso aventurarse en la biblioteca, para buscar un libro que Malaquías se había negado a darle, y vio serpientes, hombres sin cabeza, y otros con dos cabezas. Por poco salió loco del laberinto…
—¿Por qué hablas de magia y no de apariciones diabólicas?
—Porque aunque sólo sea un pobre maestro vidriero no soy tan ignorante. El diablo (¡Dios nos proteja!) no tienta a un monje con serpientes y hombres bicéfalos. En todo caso lo hace con visiones lascivas, como las que asaltaban a los padres del desierto. Además, si es malo acceder a ciertos libros, ¿por qué el diablo impediría que un monje obrase mal?
—Me parece un buen entimema —admitió mi maestro.
—Por último, cuando ajusté las vidrieras del hospital me entretuve hojeando algunos de los libros de Severino. Había un libro de secretos, escritos, creo, por Alberto Magno. Me atrajeron algunas miniaturas curiosas, y leí ciertas páginas donde se describía el modo de untar la mecha de una lámpara de aceite para que el humo que de ella se desprenda provoque visiones. Habrás advertido, o todavía no, porque este es tu primer día en el monasterio, que durante la noche el piso superior del Edificio está iluminado. En algunos sitios se percibe una luz muy tenue a través de las ventanas. Muchos se han preguntado qué puede ser, y se ha hablado de fuegos fatuos, o de las almas de los monjes bibliotecarios que después de muertos regresan para visitar su reino. Aquí hay muchos que aceptan esta explicación. Yo pienso que se trata de lámparas preparadas para provocar visiones. Sabes, si tomas grasa de la oreja de un perro y untas con ella la mecha, el que respira el humo de esa lámpara creerá que tiene cabeza de perro, y si alguien se encuentra a su lado lo verá con cabeza de perro. Y hay otro ungüento que hace sentir grandes como elefantes a los que están cerca de la lámpara. Y con los ojos de un murciélago y de dos peces cuyo nombre no recuerdo, y la hiel de un lobo, puedes hacer que la mecha al arder te provoque visiones de los animales que has utilizado. Y con la cola de la lagartija provocas visiones en las que todo parece de plata, y con la grasa de una serpiente negra y un trozo de mortaja la habitación parecerá llena de serpientes. Estoy seguro. En la biblioteca hay alguien muy astuto…
—Pero, ¿no podrían ser las almas de los bibliotecarios muertos las que hacen esas brujerías?
Nicola quedó perplejo e inquieto:
—En eso no había pensado. Quizá sea así. Dios nos proteja. Es tarde, ya ha empezado el oficio de vísperas. Adiós.
Y se dirigió hacia la iglesia.
Seguimos caminando hacia el sur: a la derecha el albergue de los peregrinos y la sala capitular con el jardín; a la izquierda los trapiches, el molino, los graneros, los almacenes, la casa de los novicios. Y todos a toda prisa hacia la iglesia.
—¿Qué pensáis de lo que ha dicho Nicola? —pregunté.
—No sé. En la biblioteca sucede algo, y no creo que sean las almas de los bibliotecarios muertos…
—¿Por qué?
—Porque supongo que han sido tan virtuosos que ahora están en el reino de los cielos contemplando el rostro de la divinidad, si esta respuesta te satisface. En cuanto a las lámparas, si las hay, ya las veremos. Y en cuanto a los ungüentos de que hablaba nuestro vidriero, existen maneras más fáciles de provocar visiones, y Severino las conoce muy bien, como pudiste comprobar esta misma tarde. Lo cierto es que en la abadía se desea que nadie entre por la noche en la biblioteca, y que, en cambio, muchos han intentado, o intentan, hacerlo.
—¿Y qué tiene que ver nuestro crimen con este asunto?
—¿Crimen? Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que Adelmo se suicidó.
—¿Por qué lo haría?
—¿Recuerdas esta mañana cuando reparé en el estercolero? Al subir por la vuelta del camino que pasa bajo el torreón oriental había observado signos de un derrumbamiento: o sea que una parte del terreno, más o menos en el sitio donde se acumula el estiércol, estaba derrumbada hasta el pie de dicho torreón. Por eso esta tarde, cuando miramos desde arriba, vimos el estiércol poco cubierto de nieve, o apenas cubierto por la última de ayer, y no por la de los días anteriores. En cuanto al cadáver de Adelmo, el Abad nos ha dicho que estaba destrozado por las rocas, y al pie del torreón oriental los pinos empiezan justo donde acaba la construcción. En cambio, sí hay rocas en el sitio donde acaba la muralla: forman una especie de escalón desde el que cae el estiércol.