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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Los monjes estaban en sus asientos, sesenta figuras igualadas por el sayo y la capucha, sesenta sombras apenas iluminadas por la lámpara del gran trípode, sesenta voces consagradas a la alabanza del Altísimo. Y al escuchar aquella conmovedora armonía, preludio de las delicias del paraíso, me pregunté si de verdad la abadía era un sitio de misterios ocultos, de ilícitos intentos de descubrirlos y de oscuras amenazas. Porque en aquel momento la veía, en cambio, como refugio de santos, cenáculo de virtudes, relicario de saber, arca de prudencia, torre de sabiduría, recinto de mansedumbre, bastión de entereza, turíbulo de santidad.

Después de los salmos comenzó la lectura del texto sagrado. Algunos monjes cabeceaban por el sueño, y uno de los que habían velado aquella noche recorría los asientos con una lamparilla para despertar a los que se quedaban dormidos. Cuando eso sucedía, el monje sorprendido in fraganti debía pagar su falta cogiendo la lámpara y continuando la ronda de vigilancia. Después se cantaron otros seis salmos. A los que siguió la bendición del Abad. El semanero pronunció las oraciones, y todos se inclinaron hacia el altar en un minuto de recogimiento cuya dulzura sólo puede comprenderse si se ha vivido alguna vez un momento tan intenso de ardor místico y de profunda paz interior. Finalmente, con la capucha de nuevo sobre el rostro, se sentaron todos y entonaron el solemne Te Deum. También yo alabé al Señor por haberme librado de mis dudas, descargándome de la sensación de inquietud en que me había sumido el primer día pasado en la abadía. Somos seres frágiles, me dije, incluso entre estos monjes doctos y devotos el maligno esparce pequeñas envidias, sutiles enemistades, pero es sólo humo que el viento impetuoso de la fe disipa tan pronto como todos se reúnen en el nombre del Padre, y Cristo vuelve a estar con ellos.

Entre maitines y laudes el monje no regresa a su celda, aunque todavía sea noche cerrada. Los novicios se dirigieron con su maestro hacia la sala capitular, para estudiar los salmos; algunos monjes permanecieron en la iglesia para acomodar los objetos litúrgicos; la mayoría se encaminó al claustro donde en silencio cada uno se hundió en la meditación; y lo mismo hicimos Guillermo y yo. Los sirvientes aún dormían, y seguían durmiendo cuando, con el cielo todavía oscuro, regresamos al coro para el oficio de laudes.

Se entonaron de nuevo los salmos, y uno en especial, entre los previstos para el lunes, volvió a sumirme en los temores de antes: «La culpa se ha apoderado del impío, de lo íntimo de su corazón, no hay temor de Dios en sus ojos, actúa fraudulentamente con él, y así su lengua se vuelve odiosa.» Pensé que era un mal augurio que justo aquel día la regla prescribiese una admonición tan terrible. Tampoco calmó mis palpitaciones de inquietud la habitual lectura del Apocalipsis, que siguió a los salmos de alabanza. Y volví a ver las figuras de la portada que tanto habían subyugado mi corazón y mis ojos el día anterior. Pero después del responsorio, el himno y el versículo, cuando estaba iniciándose el cántico del evangelio, percibí a través de las ventanas del coro, justo encima del altar, una pálida claridad que ya encendía los diferentes colores de las vidrieras, mortificados hasta entonces por la tiniebla. Aún no era la aurora, que triunfaría durante prima, justo en el momento de entonar el Deus qui est sanctorum splendor mirabilis y el Iam lucis orto sidere.[45] Apenas era el débil anuncio del alba invernal, pero bastó, y bastó para reconfortar mi corazón la leve penumbra que en la nave estaba reemplazando a la oscuridad nocturna.

Cantábamos las palabras del libro divino, y, mientras así dábamos testimonio del Verbo que había venido a iluminar a las gentes, me pareció que el astro diurno iba invadiendo el templo con todo su fulgor. Me pareció que la luz, aún ausente, resplandecía en las palabras del cántico, lirio místico que se abría oloroso entre la crucería de las bóvedas. «Gracias, Señor, por ese momento de goce indescriptible», oré en silencio, y dije a mi corazón: «Y tú, necio, ¿qué temes?»

De pronto se alzaron clamores por el lado de la puerta septentrional. Me pregunté cómo podía ser que los sirvientes, que debían de estar preparándose para iniciar sus tareas, perturbasen de aquel modo el oficio sagrado. En ese momento entraron tres porquerizos y, con el terror en el rostro, se acercaron al Abad para susurrarle algo. Al comienzo éste hizo ademán de calmarlos, como si no desease interrumpir el oficio, pero entraron otros sirvientes y los gritos se hicieron más fuertes: «¡Es un hombre, un hombre muerto!», dijo alguien, y otros: «Un monje, ¿no has visto los zapatos?»

Los que estaban orando callaron. El Abad salió a toda prisa, haciéndole una señal al cillerero para que lo siguiese. Guillermo fue tras ellos, pero ya los otros monjes abandonaban sus asientos y se precipitaban fuera de la iglesia.

El cielo estaba claro y la capa de nieve sobre el suelo realzaba la luminosidad de la meseta. Detrás del coro, frente a los chiqueros, donde desde el día anterior se destacaba la presencia del gran recipiente para la sangre de los cerdos, un extraño objeto casi cruciforme asomaba del borde de la tinaja, como dos palos clavados en el suelo, que, cubiertos con trapos, sirviesen para espantar a los pájaros.

Pero eran dos piernas humanas, las piernas de un hombre clavado de cabeza en la vasija llena de sangre.

El Abad ordenó que extrajeran el cadáver del líquido infame (porque, lamentablemente, ninguna persona viva habría podido permanecer en aquella posición obscena). Vacilando, los porquerizos se acercaron al borde y, no sin mancharse, extrajeron la pobre cosa sanguinolenta. Como me habían explicado, si se mezclaba bien en seguida después del sacrificio, y se dejaba al frío, la sangre no se coagulaba, pero la capa que cubría el cadáver empezaba a endurecerse, empapaba la ropa y volvía el rostro irreconocible. Se acercó un sirviente con un cubo de agua y lo arrojó sobre el rostro del miserable despojo. Otro se inclinó con un paño para limpiarle las facciones. Y ante nuestros ojos apareció el rostro blanco de Venancio de Salvernec, el especialista en griego con quien habíamos conversado por la tarde ante los códices de Adelmo.

—Quizás Adelmo se haya suicidado —dijo Guillermo, mirando fijamente aquel rostro— pero sin duda, éste no. Y tampoco cabe pensar que haya trepado por casualidad hasta el borde de la tinaja y haya caído dentro por error.

El Abad se le acercó:

—Como veis, fray Guillermo, algo sucede en la abadía, algo que requiere toda vuestra sabiduría. Pero, os lo suplico, ¡actuad pronto!

—¿Estaba en el coro durante el oficio? —preguntó Guillermo, señalando el cadáver.

—No. Había notado que su asiento estaba vacío.

—¿No faltaba nadie más?

—Me parece que no. No vi nada.

Guillermo vaciló antes de formular la siguiente pregunta, y luego la susurró, cuidando de que nadie más lo escuchara:

—¿Berengario estaba en su sitio?

El Abad lo miró con inquieta admiración, como dando casi a entender que se asombraba de que mi maestro abrigase una sospecha que durante un momento él mismo había abrigado, pero por razones más comprensibles. Después dijo rápidamente:

—Estaba. Su asiento se encuentra en la primera fila, casi a mi derecha.

—Desde luego —dijo Guillermo—, todo esto no significa nada. No creo que nadie, para entrar al coro, haya pasado por detrás del ábside, de modo que el cadáver pudo haber estado aquí desde hace varias horas, al menos desde que todos se fueron a dormir.

—Es cierto, los primeros sirvientes se levantan al alba, y por eso sólo lo han descubierto ahora.

Guillermo se inclinó sobre el cadáver, como si estuviese habituado a tratar con cuerpos muertos. Mojó el paño que yacía a un lado en el agua del cubo y limpió mejor el rostro de Venancio. Entre tanto los otros monjes se apiñaban aterrados, formando un círculo vocinglero que el Abad estaba intentando acallar. Entre ellos se abrió paso Severino, a quien incumbía el cuidado de los cuerpos de la abadía, y se inclinó junto a mi maestro. Para escuchar su diálogo, y para ayudar a Guillermo, que necesitaba otro paño limpio empapado de agua, me uní a ellos, haciendo un esfuerzo para vencer mi terror y mi asco.

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45

«Dios que es el esplendor admirable de los santos.» «Salido ya el sol» (Himno I de Prima).

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