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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Pero; ¿es verdad que así no pecarán? —pregunté ansioso.

—Depende de lo que entiendas por pecar, Adso —dijo mi maestro—. No quisiera ser injusto con la gente de este país en el que vivo desde hace varios años, pero me parece que la poca virtud de los italianos se revela en el hecho de que, si no pecan, es por miedo a algún ídolo, aunque digan que se trata de un santo. San Sebastián o San Antonio les infunden más miedo que Cristo. Si alguien desea conservar limpio un lugar, lo que hace en este país para evitar que lo meen, porque en esto los italianos son como los perros, es grabar con el buril[48] a cierta altura una imagen de San Antonio, y eso basta para alejar a los que quieran mear en dicho sitio. Así los italianos, incitados por sus predicadores, corren el riesgo de volver a las antiguas supersticiones. Y ya no creen en la resurrección de la carne; sólo tienen miedo a las heridas corporales y a las desgracias, y por eso temen más a San Antonio que a Cristo.

—Pero Berengario no es italiano —observé.

—No importa, me refiero al clima que la iglesia y los predicadores han difundido por esta península, y que desde aquí se difunde a todas partes. Y que llega, incluso, a una venerable abadía habitada por monjes doctos como éstos.

—Pero, al menos, no pecarán —insistí, porque estaba dispuesto a contentarme con eso.

—Si esta abadía fuese un speculum mundi, ya tendrías la respuesta.

—Pero, ¿lo es?

—Para que haya un espejo del mundo es preciso que el mundo tenga una forma —concluyó Guillermo, que era demasiado filósofo para mi mente adolescente.

TERCIA

Donde se asiste a una riña entre personas vulgares, Aymaro d’Alessandria hace algunas alusiones y Adso medita sobre la santidad y sobre el estiércol del demonio. Después, Guillermo y Adso regresan al scriptorium, Guillermo ve algo interesante, mantiene una tercera conversación sobre la licitud de la risa, pero, en definitiva, no puede mirar donde querría.

Antes de subir al scriptorium pasamos por la cocina para alimentarnos, porque desde la hora de despertar no habíamos tomado nada. Me recuperé en seguida con una escudilla de leche caliente. La gran chimenea situada en la pared sur ardía ya como una fragua, y en el horno se estaba cociendo el pan para el día. Dos cabreros estaban descargando el cuerpo de una oveja que acababan de matar. Percibí a Salvatore entre los cocineros, y me sonrió con su boca de lobo. Y vi que cogía de una mesa un resto del pollo de la noche pasada, y lo entregaba a escondidas a los cabreros, quienes con un guiño de satisfacción lo metieron en sus chaquetas. Pero el cocinero jefe se dio cuenta y regañó a Salvatore:

—¡Cillerero, cillerero —dijo—, debes administrar los bienes de la abadía, no despilfarrarlos!

—¡Filii Dei son! —dijo Salvatore—. ¡Jesús dijo que facite por él lo que facite a uno de estos pueri![49]

—¡Fraticello de mis calzones, franciscano pedorrero! —le gritó entonces el cocinero—. ¡Ya no estás entre tus frailes mendigos! ¡De proveer a los hijos de Dios se encargará la misericordia del Abad!

El rostro de Salvatore se oscureció, y exclamó revolviéndose en un acceso de ira:

—¡No soy un fraticello franciscano! ¡Soy un monje Sancti Benedicti! ¡Merdre à toy, bogomilo de mierda!

—¡Bogomila la ramera que te follas de noche con tu verga herética, cerdo! —gritó el cocinero.

Salvatore hizo salir aprisa a los cabreros y, al pasar junto a nosotros, nos miró preocupado:

—¡Fraile —le dijo a Guillermo—, defiende tu orden, que no es la mía, explícale que los filios Francisci non ereticos esse![50] —Y después me susurró al oído—: Ille menteur, pufff —y escupió al suelo.

El cocinero lo echó de mala manera y cerró la puerta tras él.

—Fraile —le dijo a Guillermo con respeto—, no hablaba mal de vuestra orden y de los hombres santísimos que la integran. Le hablaba a ese falso franciscano y falso benedictino que no es ni carne ni pescado.

—Sé de dónde viene —dijo Guillermo con tono conciliador—. Pero ahora es un monje como tú y le debes fraterno respeto.

—Pero mete las narices donde no debe meterlas, porque lo protege el cillerero, y cree que él es el cillerero. ¡Dispone de la abadía como si le perteneciese, tanto de día como de noche!

—¿Por qué de noche? —preguntó Guillermo.

El cocinero hizo un gesto como para dar a entender que no quería hablar de cosas poco virtuosas. Guillermo no insistió, y acabó de beber su leche.

Mi curiosidad era cada vez mayor. El encuentro con Ubertino, los rumores sobre el pasado de Salvatore y del cillerero, las alusiones cada vez más frecuentes a los fraticelli y a los franciscanos heréticos, la reticencia del maestro a hablarme de fray Dulcino… En mi mente empezaban a ordenarse una serie de imágenes. Por ejemplo, mientras viajábamos habíamos encontrado al menos en dos ocasiones una procesión de flagelantes. A veces la población los miraba como santos; otras, en cambio, empezaba a correr el rumor de que eran herejes. Sin embargo, eran siempre los mismos. Caminaban en fila de a dos por las calles de la ciudad, sólo cubiertos en las partes pudendas, pues ya no tenían sentido de la vergüenza. Cada uno empuñaba un flagelo de cuero, y con él se iban azotando las espaldas hasta sacarse sangre; y vertiendo abundantes lágrimas, como si estuviesen viendo la pasión del Salvador, imploraban con un canto lastimero la misericordia del Señor y el auxilio de la Madre de Dios. No sólo de día, sino también de noche, portando cirios encendidos, a pesar del rigor del invierno, acudían en tropel a las iglesias y se arrodillaban humildemente ante los altares, precedidos por sacerdotes con cirios y estandartes, y no sólo hombres y mujeres del pueblo, sino también nobles matronas, y mercaderes… Y entonces se producían grandes actos de penitencia. Los ladrones devolvían lo robado, y otros confesaban sus crímenes.

Pero Guillermo los había mirado con frialdad y me había dicho que aquella no era verdadera penitencia. Hacía un momento me lo había repetido: el período de la gran purificación penitencial había acabado, y lo que veíamos era obra de los propios predicadores, que organizaban la devoción de las muchedumbres para evitar que éstas fuesen presa de otro deseo de penitencia… Este sí herético, y al que todos tenían miedo. Pero yo era incapaz de percibir la diferencia, aunque existiese. Me parecía que esa diferencia no residía en lo que hacían unos y otros, sino en la mirada con que la iglesia juzgaba los actos de unos y de otros.

Pensé en la discusión con Ubertino. Sin duda, Guillermo había argumentado bien, había intentado decirle que no era mucha la diferencia entre su fe mística (y ortodoxa) y la fe perversa de los herejes. Ubertino se había indignado, como si para él la diferencia estuviese clarísima. Y yo me había quedado con la impresión de que Ubertino era diferente precisamente porque era el que sabía percibir la diferencia. Guillermo se había sustraído a los deberes de la Inquisición porque ya no era capaz de percibirla. Por eso no podía hablarme de aquel misterioso fray Dulcino. Pero entonces (me decía) era evidente que Guillermo había perdido la ayuda del Señor, que no sólo enseña a percibir la diferencia, sino que también, por decirlo así, señala a sus elegidos otorgándoles tal capacidad de discriminación. Ubertino y Chiara da Montefalco (a pesar de estar rodeada de pecadores) habían conservado la santidad justamente porque eran capaces de discriminar. Esa y no otra cosa era la santidad.

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48

Instrumento de acero, prismático y puntiagudo, que sirve a los grabadores para abrir y hacer líneas en los metales.

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49

«Son hijos de Dios. Jesús dijo que haced por él lo que haced a uno de estos niños» (sic).

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50

«que los hijos de Francisco no son heréticos».

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