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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Y valga esto para los marginalia de que se hablaba hoy —no pudo dejar de comentar Jorge en voz baja—. Juan Crisóstomo ha dicho que Cristo nunca rió.

—Nada en su naturaleza humana lo impedía —observó Guillermo—, porque la risa, como enseñan los teólogos, es propia del hombre.

—Forte potuit sed non legitur eo usus fuisse[40] —dijo escuetamente Jorge, citando a Pedro Cantor.

—Manduca, jam coctum est[41] —susurró Guillermo.

—¿Qué? —preguntó Jorge, creyendo que se refería a la comida que acababan de servirle.

—Son las palabras que según Ambrosio pronunció San Lorenzo en la parrilla, cuando invitó a sus verdugos a que le dieran vuelta, como también recuerda Prudencio en el Peristephanon —dijo Guillermo haciéndose el santo—. San Lorenzo sabía, pues, reír y decir cosas risibles, aunque más no fuera para humillar a sus enemigos.

—Lo que demuestra que la risa está bastante cerca de la muerte y de la corrupción del cuerpo —replicó con un gruñido Jorge, y debo admitir que su lógica era irreprochable.

En ese momento el Abad nos invitó amablemente a callar. Por lo demás, la cena ya estaba terminando. El Abad se puso de pie e hizo la presentación de Guillermo. Alabó su sabiduría, mencionó su fama, y anunció a los monjes que le había rogado que investigara la muerte de Adelmo, invitándoles a responder a sus preguntas, y a avisar a sus subalternos en toda la abadía para que también lo hicieran. Les dijo, además, que facilitaran su investigación, siempre y cuando, añadió, no violase las reglas del monasterio. En cuyo caso necesitaría una autorización expresa de su parte.

Acabada la cena, los monjes se dispusieron a dirigirse hacia el coro para asistir al oficio de completas. Volvieron a echarse las capuchas sobre los rostros y se pusieron en fila ante la puerta. Permanecieron quietos un momento y luego se encaminaron hacia el coro, al que entraron por la puerta septentrional, después de atravesar, siempre en fila, el cementerio.

Nosotros salimos junto con el Abad.

—¿Ahora se cierran las puertas del Edificio? —preguntó Guillermo.

—Una vez que los sirvientes hayan limpiado el refectorio y las cocinas, el propio bibliotecario cerrará todas las puertas, atrancándolas desde dentro.

—¿Desde dentro? ¿Y él por dónde sale?

El Abad clavó un momento sus ojos en Guillermo, con gesto adusto:

—Sin duda no duerme en la cocina —dijo bruscamente, y apretó el paso.

—¡Vaya, vaya! —me susurró Guillermo—, o sea que existe otra entrada, pero nosotros no debemos conocerla —sonreí orgulloso de su deducción, pero me regañó—. No te rías. Ya has visto que en este recinto la risa no goza de buena reputación.

Entramos al coro. Ardía una sola lámpara, situada sobre un robusto trípode de bronce que tendría la altura de dos hombres. En silencio, los monjes se acomodaron en los bancos, mientras el lector leía un pasaje de una homilía de San Gregorio.

Después el Abad hizo una señal y el cantor entonó Tu autem Domine miserere nobis. El Abad respondió Adjutorium nostrum in nomine Domini, y todos profirieron a coro Qui fecit coelum et terram.[42] Entonces se inició el canto de los salmos: Cuando invoco, respóndeme, ¡oh Dios de mi justicia! Te agradeceré Señor con todo mi corazón; bendecid al Señor, siervos todos del Señor. Nosotros no nos habíamos sentado. Desde donde estábamos, al fondo de la nave central, pudimos ver a Malaquías, que apareció de pronto entre las sombras, procedente de una capilla lateral.

—No pierdas de vista ese sitio —me dijo Guillermo—. Podría haber allí un pasaje que condujera al Edificio.

—¿Por debajo del cementerio?

—¿Por qué no? Pensándolo bien, en alguna parte debe de haber un osario, es imposible que durante siglos hayan seguido enterrando a todos los monjes en ese trozo de tierra.

—Pero, ¿de verdad queréis entrar de noche en la biblioteca? —pregunté aterrado.

—¿Dónde están los monjes difuntos y las serpientes y las luces misteriosas, mi buen Adso? No, muchacho. Hoy pensé en hacerlo, y no por curiosidad sino porque intentaba resolver el problema de la muerte de Adelmo. Pero ahora, como ya te he dicho, me inclino hacia una explicación más lógica, y, al fin y al cabo, tampoco quisiera violar las reglas de este sitio.

—Entonces, ¿por qué queréis saber?

—Porque la ciencia no consiste sólo en saber lo que debe o puede hacerse, sino también en saber lo que podría hacerse aunque quizá no debiera hacerse. Por eso le decía hoy al maestro vidriero que el sabio debe velar de alguna manera los secretos que descubre, para evitar que otros hagan mal uso de ellos. Pero hay que descubrir esos secretos, y esta biblioteca me parece más bien un sitio donde los secretos permanecen ocultos.

Dicho eso, se dirigió hacia la salida, porque el oficio había terminado. Los dos estábamos muy cansados y fuimos a nuestra celda. Me acurruqué en lo que Guillermo, bromeando, llamó mi «loculo», y me dormí en seguida.

SEGUNDO DÍA

MAITINES

Donde pocas horas de mística felicidad son interrumpidas por un hecho sumamente sangriento.

Símbolo unas veces del demonio y otras de Cristo resucitado, no existe animal más mudable que el gallo. En nuestra orden los hubo perezosos, que no cantaban al despuntar el sol. Por otra parte, sobre todo en los días de invierno, el oficio de maitines se desarrolla cuando aún es de noche y la naturaleza está dormida, porque el monje debe levantarse en la oscuridad, y en la oscuridad debe orar mucho tiempo, en espera del día, iluminando las tinieblas con la llama de la devoción. Por eso la costumbre prevé sabiamente que algunos monjes no se acuesten como sus hermanos, sino que velen y pasen la noche recitando con ritmo siempre igual el número de salmos que les permita medir el tiempo transcurrido, para que, una vez cumplidas las horas consagradas al sueño de los otros, puedan dar a los otros la señal de despertar.

Así, aquella noche nos despertaron los que recorrían el dormitorio y la casa de los peregrinos tocando una campanilla, mientras uno iba de celda en celda gritando el Benedicamus Domino, al que respondían sucesivos Deo gratias.[43]

Guillermo y yo nos atuvimos al uso benedictino; en menos de media hora estuvimos listos para afrontar la nueva jornada, y nos dirigimos hacia el coro, donde los monjes esperaban arrodillados en el suelo, recitando los primeros quince salmos, hasta que entraran los novicios conducidos por su maestro. Después, cada uno se sentó en su puesto y el coro entonó el Domine labia mea aperies et os meum annuntiabit laudem tuam.[44] El grito ascendió hacia las bóvedas de la iglesia como la súplica de un niño. Dos monjes subieron al púlpito y cantaron el salmo noventicuatro, Venite exultemus, al que siguieron los otros prescriptos. Y sentí el ardor de una fe renovada.

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40

«tal vez pudo [hacerlo], pero no se lee que lo hubiera hecho [la risa].

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41

«Come, ya está cocido.»

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42

«pero tú, Señor, ten compasión de nosotros». «Nuestra ayuda en el nombre del Señor.» «Que hizo el cielo y la tierra.» Son invocaciones litúrgicas entresacadas de la Sagrada Escritura, sobre todo del libro de los Salmos.

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43

«Bendigamos al Señor.» «[demos] gracias a Dios». Invocaciones litúrgicas.

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44

«Señor, abrirás mis labios y mi boca anunciará tu alabanza» (Salmo 50,17).

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