El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
Entonces Jorge dijo que Jesús había recomendado que nuestro discurso fuese por sí o por no, y que el resto procedía del maligno. Y que bastaba decir pez para nombrar al pez, sin ocultar su concepto con sonidos engañosos. Y añadió que no le parecía prudente tomar a los africanos como modelo… Y entonces…
—¿Entonces?
—Entonces sucedió algo que no comprendí. Berengario se echó a reír. Jorge lo reconvino y él dijo que reía porque se le había ocurrido que buscando bien entre los africanos podrían encontrarse enigmas de muy otro tipo, y no tan fáciles como el del pez. Malaquías, que estaba presente, se puso furioso, y casi cogió a Berengario por la capucha, ordenándole que atendiese sus tareas… Berengario, como sabéis, es su ayudante…
—¿Y después?
—Después Jorge puso fin a la discusión alejándose. Todos volvimos a nuestras ocupaciones, pero mientras trabajábamos vi primero a Venancio y luego a Adelmo que se acercaban a Berengario para preguntarle algo. Desde lejos me di cuenta de que intentaba zafarse, pero a lo largo del día ambos volvieron a acercársele. Y aquella misma tarde vi a Berengario y Adelmo confabulando en el claustro, antes de dirigirse los dos al refectorio. Ya está, esto es todo lo que yo sé.
—O sea que sabes que las dos personas que han muerto recientemente en circunstancias misteriosas le habían preguntado algo a Berengario —dijo Guillermo.
Bencio respondió incómodo:
—¡No he dicho eso! He dicho qué sucedió aquel día, y porque vos me lo habíais preguntado… —Reflexionó un instante y luego añadió deprisa—: Pero si queréis conocer mi opinión, Berengario les habló de algo que hay en la biblioteca. Allí es donde deberíais buscar.
—¿Por qué piensas en la biblioteca? ¿Qué quiso decir Berengario cuando habló de buscar entre los africanos? ¿No quería decir que había que leer mejor a los poetas africanos?
—Quizá, eso pareció decir, pero entonces ¿por qué se pondría tan furioso Malaquías? En el fondo, es él quien decide si debe permitir o no la lectura de un libro de poetas africanos. Pero yo sé algo: al hojear el catálogo de los libros, se encuentra, entre las indicaciones que sólo conoce el bibliotecario, una, muy frecuente, que dice «Africa», y he encontrado incluso una que decía «finis Africae». En cierta ocasión, pedí un libro que llevaba ese signo, no recuerdo cuál, el título había despertado mi curiosidad. Y Malaquías me dijo que los libros que llevaban ese signo se habían perdido. Eso es lo que sé. Por esto os digo: bien, vigilad a Berengario, y vigiladlo cuando sale de la biblioteca. Nunca se sabe.
—Nunca se sabe —concluyó Guillermo despidiéndolo.
Después empezó a pasear por el claustro conmigo, y observó que: en primer lugar, Berengario era de nuevo blanco de las murmuraciones de sus hermanos; y, en segundo lugar, Bencio parecía ansioso por empujarnos hacia la biblioteca. Yo dije que quizá quería que descubriésemos ciertas cosas que también él quería conocer, y Guillermo admitió que bien podía ser así, pero que igual cabía la posibilidad de que empujándonos hacia la biblioteca estuviese alejándonos de otro sitio. ¿Cuál?, pregunté. Y Guillermo dijo que no lo sabía, quizá el scriptorium, la cocina, el coro, el dormitorio, el hospital. Yo dije que el día anterior había sido él, Guillermo, quien estaba fascinado por la biblioteca, y él me contestó que quería dejarse fascinar por las cosas que le gustaban y no por las que le aconsejaban otros. Aunque, sin embargo, debíamos vigilar la biblioteca, y aunque, a aquella altura de los acontecimientos, tampoco hubiera estado mal que intentásemos encontrar la manera de penetrar en ella. Porque las circunstancias ya lo autorizaban a sentirse curioso dentro de los límites de la cortesía y del respeto por los usos y las leyes de la abadía.
Nos estábamos alejando del claustro. Los sirvientes y los novicios salían de la iglesia, porque había acabado la misa. Y al doblar hacia el lado occidental del templo divisamos a Berengario, que salía por la puerta del transepto para dirigirse al Edificio a través del cementerio. Guillermo lo llamó, él se detuvo, y nos acercamos. Estaba todavía más turbado que cuando lo habíamos visto en el coro, y comprendí que Guillermo decidía aprovechar su estado de ánimo, como ya había hecho con Bencio.
—De modo que, al parecer, fuiste el último que vio a Adelmo con vida —le dijo.
Berengario vaciló, como si estuviera por desmayarse: «¿Yo?», preguntó con un hilo de voz. Guillermo había lanzado la pregunta casi al azar, probablemente porque Bencio le había dicho que después de vísperas ambos habían estado confabulando en el claustro. Pero debía de haber dado en el blanco. Y era evidente que Berengario estaba pensando en otro encuentro, que realmente había sido el último, porque empezó a hablar en forma entrecortada.
—¿Cómo podéis decir eso? ¡Lo vi antes de irme a dormir, como todos los demás!
Entonces Guillermo decidió que valía la pena acosarlo:
—No, tú lo viste después, y sabes más de lo que demuestras. Pero ya hay dos muertos en danza y no puedes seguir callando. ¡Sabes muy bien que hay muchas maneras de hacer hablar a una persona!
Más de una vez Guillermo me había dicho que, incluso cuando era inquisidor, no había recurrido jamás a la tortura, pero Berengario pensó que aludía a ella (o bien Guillermo le dio pie para que lo pensara). En cualquier caso, la estratagema dio resultado.
—Sí, sí —dijo Berengario, echándose a llorar sin dejar de hablar al mismo tiempo—; vi a Adelmo aquella noche, ¡pero cuando ya estaba muerto!
—¿Cómo? —inquirió Guillermo—. ¿Al pie del barranco?
—No, no, lo vi en el cementerio. Caminaba entre las tumbas, espectro entre espectros. Me bastó verle para darme cuenta de que ya no formaba parte de los vivos, su rostro era el de un cadáver, sus ojos contemplaban el castigo eterno. Por supuesto, sólo a la mañana siguiente, cuando supe que había muerto, comprendí que me había topado con su fantasma, pero incluso entonces había advertido que estaba teniendo una visión y que mis ojos contemplaban un alma condenada, un lémur ¡Oh, Señor, con qué voz de ultratumba me habló!
—¿Qué dijo?
—«¡Estoy condenado!»; eso dijo. «Este que ves aquí es uno que vuelve del infierno y que al infierno debe regresar». Esto dijo. Y yo le pregunté a gritos: «¡Adelmo! ¿De veras vienes del infierno? ¿Cómo son las penas del infierno?» Y entre tanto yo temblaba, porque acababa de salir del oficio de completas, donde había escuchado la lectura de unas páginas terribles acerca de la ira del Señor. Y entonces me dijo: «Las penas del infierno son infinitamente más grandes de lo que nuestra lengua es capaz de describir. ¿Ves», dijo, «esta capa de sofismas en la que he estado envuelto hasta hoy? Pues me pesa y me aplasta como si llevase sobre los hombros la torre más grande de París o la montaña más grande del mundo. Y nunca podré quitármela de encima. Y este castigo me lo ha impuesto la justicia divina por haberme vanagloriado, por haber creído que mi cuerpo era un sitio de delicias, por haber supuesto que sabía más que los otros, y por haberme deleitado con cosas monstruosas y, al anhelarlas en mi imaginación, haberlas convertido en cosas aún más monstruosas dentro de mi alma. Y ahora tendré que vivir con ellas toda la eternidad. ¿Ves? ¡El forro de esta capa es todo como de brasas y fuego vivo, y es este el fuego que abrasa mi cuerpo, y este castigo se me ha impuesto por el pecado deshonesto de la carne, a cuyo vicio me entregué, y ahora este fuego me inflama y me quema sin cesar! ¡Acerca tu mano, bello maestro!», añadió, «para que de este encuentro puedas extraer una enseñanza útil, en pago de las muchas que de ti he recibido, ¡acerca tu mano, bello maestro!» Y sacudió un dedo de la suya, que ardía, y una pequeña gota de sudor cayó sobre mi mano, y sentí como si me la hubiese perforado, hasta el punto de que por muchos días la llevé oculta, para que la marca no se viese. Dicho eso, desapareció entre las tumbas, y a la mañana siguiente supe que el cuerpo que tanto me había aterrorizado estaba ya muerto al pie del torreón.
47
«Hay una casa en la tierra, que retumba con voz clara.
La casa misma resuena, pero no suena el callado huésped.
Ambos sin embargo corren, al mismo tiempo el huésped y la casa.»