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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Sí —dijo Guillermo—. Pero no como medicina.

Extrajo del sayo un cuchillito y lo acercó lentamente a la piedra. Cuando el cuchillito, que su mano desplazaba con mucha delicadeza, estuvo muy cerca de la piedra, vi que la hoja hacía un movimiento brusco, como si Guillermo hubiese perdido el pulso, cosa que no era posible, porque lo tenía muy firme. Y la hoja se adhirió a la piedra con un ruidito metálico.

—¿Ves? —me dijo Guillermo—. Atrae el hierro.

—¿Y para qué sirve?

—Para varias cosas que ya te explicaré. Ahora quisiera saber, Severino, si aquí hay algo capaz de matar a un hombre.

Severino reflexionó un momento, demasiado largo diría yo, dada la nitidez de su respuesta:

—Muchas cosas. Ya te he dicho que el límite entre el veneno y la medicina es bastante tenue, los griegos usaban la misma palabra, pharmacon, para referirse a los dos.

—¿Y no hay nada que os hayan sustraído últimamente?

Severino volvió a reflexionar. Luego, sopesando casi las palabras, dijo:

—Nada, últimamente.

—¿Y en el pasado?

—Quizá. No recuerdo. Hace treinta años que estoy en la abadía, y veinticinco en el hospital.

—Demasiado para una memoria humana —admitió Guillermo. Luego dijo, de pronto—: Ayer hablábamos de plantas que pueden provocar visiones. ¿Cuáles son?

Con gestos y ademanes, Severino dio a entender que le interesaba evitar ese tema:

—Mira, tendría que pensarlo, son tantas las sustancias milagrosas que tengo aquí. Pero, mejor hablemos de Venancio. ¿Qué me dices de él?

—Tendría que pensarlo —contestó Guillermo.

PRIMA

Donde Bencio da Upsala revela algunas cosas, Berengario da Arundel revela otras, y Adso aprende en qué consiste la verdadera penitencia.

El desgraciado incidente había trastornado la vida de la comunidad. La agitación debida al hallazgo del cadáver había interrumpido el oficio sagrado. El Abad había ordenado en seguida a los monjes que regresaran al coro para orar por el alma de su hermano.

Las voces de los monjes eran entrecortadas. Nos situamos en una posición que nos permitiese estudiar sus fisonomías en los momentos en que, según la liturgia, no tuvieran puesta la capucha. En seguida divisamos el rostro de Berengario. Pálido, contraído, reluciente de sudor. El día anterior habíamos oído en dos ocasiones rumores sobre él y las relaciones especiales que tenía con Adelmo. Lo llamativo no era el hecho de que, siendo coetáneos, fuesen amigos, sino el tono evasivo con que se había aludido a aquella amistad.

Junto a él percibimos a Malaquías. Oscuro, ceñudo, impenetrable. Junto a Malaquías, el rostro igualmente impenetrable del ciego Jorge. Nos llamó la atención, en cambio, el nerviosismo de Bencio de Upsala, el estudioso de retórica que habíamos conocido el día anterior en el scriptorium, y sorprendimos una rápida mirada que lanzó en dirección a Malaquías.

—Bencio está nervioso; Berengario, aterrado —observó Guillermo—. Habrá que interrogarlos en seguida.

—¿Por qué? —pregunté ingenuamente.

—Nuestro oficio es duro. Duro oficio el del inquisidor; tiene que golpear a los más débiles, y cuando mayor es su debilidad.

En efecto: apenas acabado el oficio, nos acercamos a Bencio, que se dirigía a la biblioteca. El joven pareció contrariado al oír que Guillermo lo llamaba, y pretextó débilmente que tenía trabajo. Parecía con prisa por llegar al scriptorium. Pero mi maestro le recordó que el Abad le había encargado una investigación, y lo condujo al claustro. Nos sentamos en el parapeto interno, entre dos columnas. Bencio esperaba que Guillermo hablase, echando cada tanto miradas hacia el Edificio.

—Entonces —preguntó Guillermo—, ¿qué se dijo aquel día en que Adelmo, tú, Berengario, Venancio, Malaquías y Jorge discutisteis sobre los marginalia?

—Ya lo oísteis ayer. Jorge señaló que no es lícito adornar con imágenes risibles los libros que contienen la verdad. Venancio observó que el propio Aristóteles había hablado de los chistes y de los juegos de palabras como instrumentos para descubrir mejor la verdad, y que, por tanto, la risa no debía de ser algo malo si podía convertirse en vehículo de la verdad. Jorge señaló que, por lo que recordaba, Aristóteles había hablado de esas cosas en el libro de la Poética y refiriéndose a las metáforas. Y que ya eran dos circunstancias inquietantes: primero, porque la Poética, durante tanto tiempo ignorada por el mundo cristiano, y quizá por decreto divino, nos ha llegado a través de los moros infieles…

—Pero fue traducida al latín por un amigo del angélico doctor de Aquino —observó Guillermo.

—Eso fue lo que yo le dije —comentó Bencio, reanimándose de pronto—. Conozco poco el griego y pude acercarme a ese gran libro precisamente a través de la traducción de Guillermo de Moerbeke. Así se lo dije. Pero Jorge añadió que el segundo motivo para inquietarse era que el Estagirita se refería allí a la poesía, que es una disciplina sin importancia y que vive de figmenta. A lo que Venancio replicó que también los salmos son obra de poesía y utilizan metáforas, y Jorge montó en cólera porque, dijo, los salmos son obra de inspiración divina y utilizan metáforas para transmitir la verdad, mientras que en sus obras los poetas paganos utilizan metáforas para transmitir la mentira y sólo para proporcionar deleite, cosa que me ofendió sobremanera…

—¿Por qué?

—Porque me ocupo de retórica, y leo a muchos poetas paganos y sé… mejor dicho, creo que a través de su palabra también se han transmitido verdades naturaliter cristiane… Total que, en ese momento, si mal no recuerdo, Venancio mencionó otros libros y Jorge se enfureció mucho.

—¿Qué libros?

Bencio vaciló antes de responder:

—No recuerdo. ¿Qué importa de qué libros se habló?

—Importa mucho, porque estamos tratando de comprender algo que ha sucedido entre hombres que viven entre los libros, con los libros, de los libros, y, por tanto, también es importante lo que dicen sobre los libros.

—Es cierto —dijo Bencio, sonriendo por primera vez y con el rostro casi iluminado—. Vivimos para los libros. Dulce misión en este mundo dominado por el desorden y la decadencia. Entonces quizá podáis comprender lo que sucedió aquel día. Venancio, que conoce… que conocía muy bien el griego, dijo que Aristóteles había dedicado especialmente a la risa el segundo libro de la Poética y que si un filósofo tan grande había consagrado todo un libro a la risa, la risa debía de ser algo muy importante. Jorge dijo que muchos padres habían dedicado libros enteros al pecado, que es algo importante pero muy malo, y Venancio replicó que por lo que sabía Aristóteles había dicho que la risa era algo bueno, y adecuado para la transmisión de la verdad, y entonces Jorge le preguntó desafiante si acaso había leído ese libro de Aristóteles, y Venancio dijo que nadie podía haberlo leído todavía porque nunca se había encontrado y quizá estaba perdido. Y, en efecto, nadie ha podido leer el segundo libro de la Poética. Guillermo de Moerbeke nunca lo tuvo entre sus manos. Entonces Jorge dijo que si no lo habían encontrado era porque nunca se había escrito, porque la providencia no quería que se glorificaran cosas frívolas. Yo quise calmar los ánimos, porque Jorge monta fácilmente en cólera y Venancio lo estaba provocando con sus palabras, y dije que en la parte de la Poética que conocemos, y en la Retórica, se encuentran muchas observaciones sabias sobre los enigmas ingeniosos, Venancio estuvo de acuerdo conmigo. Ahora bien, con nosotros estaba Pacifico da Tivoli, que conoce bastante bien los poetas paganos, y dijo que en cuando a enigmas ingeniosos nadie supera a los poetas africanos. Citó, incluso, el enigma del pez, de Sinfosio:

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