El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—¿Entonces?
—Entonces piensa si acaso no sería más… ¿cómo decirlo?… menos oneroso para nuestra mente pensar que Adelmo, por razones que aún debemos averiguar, se arrojó sponte sua por el parapeto de la muralla, rebotó en las rocas y ya muerto o herido, se precipitó hacia el montón de estiércol. Después, el huracán de aquella noche provocó un derrumbamiento que arrastró el estiércol, parte del terreno y también el cuerpo del pobrecillo hasta el pie del torreón oriental.
—¿Por qué decís que ésta es una solución menos onerosa para nuestra mente?
—Querido Adso, no conviene multiplicar las explicaciones y las causas mientras no haya estricta necesidad de hacerlo. Si Adelmo cayó desde el torreón oriental es preciso que haya penetrado en la biblioteca, que alguien lo haya golpeado primero para que no opusiese resistencia, que éste haya encontrado la manera de subir con su cuerpo a cuestas hasta la ventana, que la haya abierto y haya arrojado por ella al infeliz. Con mi hipótesis, en cambio, nos basta Adelmo, su voluntad y un derrumbamiento del terreno. Todo se explica utilizando menor número de causas.
—Pero, ¿por qué se habría matado?
—Pero, ¿por qué lo habrían matado? En cualquiera de los dos casos, hay que buscar las razones. Y no me cabe la menor duda de que existen. En el Edificio se respira un aire de reticencia, todos nos ocultan algo. Por de pronto ya hemos recogido algunas insinuaciones, en realidad bastante vagas, acerca de cierta relación extraña que existía entre Adelmo y Berengario. O sea que hemos de vigilar al ayudante del bibliotecario.
Mientras hablábamos, acabó el oficio de vísperas. Los sirvientes regresaban a sus viviendas antes de retirarse a cenar; los monjes se dirigían al refectorio. El cielo ya estaba oscuro y empezaba a nevar. Una nieve ligera, de pequeños copos blandos, que continuaría, creo, durante gran parte de la noche, porque a la mañana siguiente toda la meseta, como diré, apareció cubierta por un manto de blancura.
Tenía hambre y acogí con alivio la propuesta de ir al comedor.
COMPLETAS
Grandes antorchas iluminaban el refectorio. Los monjes ocupaban una fila de mesas, dominada por la del Abad que estaba dispuesta perpendicularmente sobre un amplio estrado. En el lado opuesto había un púlpito, donde ya estaba instalado el monje que haría la lectura durante la cena. El Abad nos esperaba junto a una fuentecilla con un paño blanco para secarse las manos después del lavado, de acuerdo con los antiquísimos consejos de San Pacomio.
El Abad invitó a Guillermo a su mesa y dijo que por aquella noche, dado que también yo acababa de llegar, gozaría del mismo privilegio, aunque fuese un novicio benedictino. En los días sucesivos, me dijo con tono paternal, podría sentarme con los monjes, o, si mi maestro me encargaba alguna tarea, pasar antes o después de las comidas por la cocina, donde los cocineros se ocuparían de mí.
Ahora los monjes estaban de pie junto a las mesas, inmóviles, con la capucha sobre el rostro y las manos bajo el escapulario. El Abad se acercó a su mesa y pronunció el Benedicte.[38] Desde el púlpito el cantor entonó el Edent pauperes.[39] El Abad dio su bendición y todos tomaron asiento.
La regla de nuestro fundador prevé una comida bastante sobria, pero deja al Abad en libertad de decidir cuanto alimento necesitan de hecho los monjes. Por otra parte, en nuestras abadías reina una gran tolerancia respecto a los placeres de la mesa. No hablo de las que, desgraciadamente, se han convertido en cuevas de glotones; pero, incluso las que se inspiran en criterios de penitencia y virtud, proporcionan a los monjes, dedicados casi siempre a pesadas tareas intelectuales, una alimentación no excesivamente refinada pero sí sustanciosa. Por otra parte, la mesa del Abad siempre goza de cierto privilegio, entre otras razones porque no es raro que acoja huéspedes importantes, y las abadías están orgullosas de los productos de su tierra y de sus establos, así como de la pericia de sus cocineros.
La comida de los monjes se desarrolló en silencio, como de costumbre, y cada uno se comunicaba con los otros mediante el habitual alfabeto de los dedos. Una vez que los platos destinados a todos pasaban por la mesa del Abad, los primeros en ser servidos eran los novicios y los monjes más jóvenes.
En la mesa del Abad estaban sentados con nosotros Malaquías, el cillerero, y los dos monjes más ancianos, Jorge de Burgos, el anciano ciego que ya había conocido en el scriptorium, y el viejísimo Alinardo da Grottaferrata: casi centenario, cojo y de aspecto frágil, me pareció que estaba ido. De él nos dijo el Abad que había hecho su noviciado en la abadía y que desde entonces vivía en ella, de modo que era capaz de recordar hechos ocurridos al menos ochenta años antes. Esto nos lo dijo al principio, en voz baja, porque después se atuvo a la usanza de nuestra orden y escuchó en silencio el desarrollo de la lectura. Pero, como ya he dicho, en la mesa del Abad cabían ciertas libertades, y tuvimos ocasión de alabar los platos que nos ofrecieron, al tiempo que el Abad celebraba la calidad de su aceite o de su vino. En cierto momento, al servirnos de beber, nos recordó, incluso, aquellos pasajes de la regla donde el santo fundador señala que, sin duda, el vino no conviene a los monjes, pero, como es imposible impedir la bebida a los monjes de nuestro tiempo, al menos debe evitarse que beban hasta la saciedad, porque el vino vuelve apóstatas incluso a los sabios, como recuerda el Eclesiástico. Benito decía: «en nuestros tiempos», y se refería a los suyos, ya tan lejanos. Imaginemos los tiempos en los que transcurrió aquella cena en la abadía, después de tantos años de decadencia moral (¡y no hablo de los míos, de los tiempos en que escribo esta historia, con la diferencia de que aquí, en Melk, lo que más corre es la cerveza!): o sea que se bebió sin exagerar, pero también sin privarse del gusto.
Comimos carne al asador, cerdos recién matados, y advertí que para los otros platos no se usaba grasa de animales ni aceite de colza, sino buen aceite de oliva, que procedía de los terrenos abaciales situados al pie de la montaña, del lado del mar. El Abad nos hizo probar el pollo (reservado para su mesa) que había visto preparar en la cocina. Observé, detalle bastante raro, que también disponía de una horquilla metálica, cuya forma me recordaba la de las lentes de mi maestro: hombre de noble extracción, nuestro anfitrión no deseaba ensuciarse las manos con la comida, e incluso nos ofreció su instrumento, al menos para coger las carnes de la gran fuente y ponerlas en nuestras escudillas. Yo no acepté, pero Guillermo lo hizo de buen grado, utilizando con desenvoltura aquel utensilio de señores, quizá para demostrarle al Abad que los franciscanos no eran necesariamente personas de escasa educación y de extracción humilde.
Entusiasmado con tanta buena comida (después de varios días de viaje en que nos habíamos alimentado con lo que encontramos), me distraje y perdí el hilo de la lectura, que había seguido desarrollándose con devoción. Volví a prestarle atención al escuchar un vigoroso gruñido de asentimiento que emitió Jorge. Y comprendí que había llegado a la parte en que siempre se lee un capítulo de la Regla. Recordando lo que había dicho aquella tarde, no me asombró la satisfacción que ahora expresaba. En efecto, el lector decía: «Imitemos el ejemplo del profeta, que dice: lo he decidido, vigilaré por donde voy, para no pecar con mi lengua, he puesto una mordaza en mi boca, me he humillado enmudeciendo, me he abstenido de hablar hasta de las cosas honestas. Y si en este pasaje el profeta nos enseña que a veces por amor al silencio habría que abstenerse incluso de los discursos lícitos, ¡cuánto más debemos abstenernos de los discursos ilícitos para evitar el castigo de este pecado!» Y añadió: «Pero a las vulgaridades, las tonterías y las bufonadas las condenamos a reclusión perpetua, en todos los sitios, y no permitimos que el discípulo abra la boca para proferir esa clase de discursos.»
38
«Bendecid.»
39
«Comerán los pobres» [Invocaciones litúrgicas].