Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El mundo invertido [The Inverted World - es]
El mundo invertido [The Inverted World - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 ... 63
Перейти на страницу:

Helward abrió la boca para responder, pero vaciló. Este no era el momento de discutir la validez del juramento. Era evidente que Clausewitz se estaba conteniendo ya que, al resistirse Helward, su rostro se había vuelto rojo, y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa. En vez de decir lo que pensaba, Helward dijo:

—Señor, ¿puedo apelar a su razón?

—Puede apelar, pero yo no puedo ser razonable. Usted juró que consideraría como asunto de suprema importancia la seguridad de la ciudad. Su entrenamiento gremial es un asunto de seguridad de la ciudad. Y no hay nada más que hablar.

—¿Pero acaso no podría postergarse? Yo podría partir apenas naciera el niño.

—No —Clausewitz se dio vuelta y extrajo una hoja grande de papel, cubierta en parte con un mapa y con varios listados de números—. Hay que devolver a estas mujeres a sus aldeas. En las nueve millas que faltan para que su esposa de la luz, las aldeas estarán peligrosamente lejos. Ahora mismo están a más de cuarenta millas hacia el Sur. Usted es el próximo aprendiz de la lista, y por lo tanto es usted quien debe ir.

—¿Es su última palabra, señor?

—Sí.

Helward dejó el vaso de vino sin probar y fue hacia la puerta.

—Helward, espere.

Se detuvo juntó a la puerta.

—Si tengo que partir, me gustaría ver a mi mujer.

—Todavía le quedan varios días. Saldrá dentro de media milla.

Cinco días. Era muy poco tiempo.

—¿Y? —dijo Helward. Ya no sentía necesidad de exhibir la habitual cortesía.

—Siéntese, por favor. —Reacio, Helward así lo hizo—. No piense que soy inhumano. Irónicamente, esta expedición le revelará por qué algunas de las costumbres de la ciudad parecen inhumanas. Es nuestro método, y se nos fuerza a seguirlo. Comprendo su preocupación por... Victoria, pero usted debe ir al pasado. No hay mejor modo de que aprenda la situación de la ciudad. Lo que yace al Sur de nosotros es el motivo del juramento, de los aparentes barbarismos de nuestro proceder. Usted es un hombre educado, Helward... ¿conoce alguna cultura civilizada de la historia que haya traficado con mujeres por la simple y sencilla razón de querer que den a luz una vez, y luego devolverlas cuando se haya completado la gestación?

—No, señor —Helward hizo una pausa—. Salvo...

—Salvo las primitivas tribus de salvajes que violaban y saqueaban. Bueno, quizás nosotros seamos un poquito mejores que ellos, pero el principio no es menos salvaje. El tráfico que hacemos es unilateral, aunque parezca todo lo contrario. Nosotros proponemos el arreglo, estipulamos las condiciones, pagamos el precio y nos vamos. La tarea que le encomiendo tiene que ser cumplida. El hecho de que tenga que abandonar a su mujer en el momento en que más lo necesita es una pequeña crueldad que proviene de un modo de vida también cruel.

—Ninguna de las dos cosas justifica a la otra.

—No... en eso estoy de acuerdo. Pero usted está sujeto al juramento. Ese juramento emana de las causas de mayores crueldades, y cuando usted haga su sacrificio personal entenderá mejor.

—Señor, la ciudad debería cambiar sus costumbres.

—Ya verá que ello es imposible.

—¿Lo comprenderé viajando al pasado?

—Se le aclararán muchas cosas. No todas —Clausewitz se puso de pie—. Helward, hasta este momento usted ha sido un buen aprendiz. Sé que continuará trabajando con empeño por la ciudad. Tiene usted una esposa buena y hermosa. No está bajo amenaza de muerte, se lo aseguro. Que yo sepa, nunca se ha aplicado el castigo que prescribe el juramento, pero le pido que cumpla esta misión que la ciudad le encomienda, y que la cumpla ahora. Yo he tenido que hacerlo en mi época, su padre también... al igual que todos los gremialistas. Incluso en la actualidad otros siete aprendices han partido al pasado. Ellos han tenido que enfrentar problemas personales semejantes y no todos lo han hecho de buen grado.

Helward estrechó la mano de Clausewitz y fue en busca de Victoria.

CAPÍTULO TRES

Cinco días más tarde, Helward estaba listo para partir. Nunca se puso en duda el hecho de que debía ir aunque no había sido fácil explicárselo a Victoria. Si bien al principio ella se mostró horrorizada por la noticia, su actitud cambió bruscamente.

—Tienes que ir, por supuesto. No me utilices a mí como pretexto.

—¿Y el bebé?

—Todo va a andar bien. ¿Qué podrías hacer tú si estuvieras aquí? ¿Pasearte y poner nervioso a todo el mundo? Los médicos me cuidarán. No es la primera vez que atienden un parto.

—¿Acaso no te gustaría que me quede contigo? Ella estiró un brazo y le tomó la mano.

—Desde luego. Pero recuerda lo que dijiste. El juramento no es tan estricto como pensabas. Yo sé que te vas, y cuando vuelvas ya no habrá misterios. Aquí tengo muchas cosas que hacer, y si lo que Collings te dijo del juramento es cierto, podrás contarme lo que veas.

Helward no entendió muy bien lo que ella quiso decirle. El tenía por costumbre relatarle muchas de las cosas que veía y hacía fuera de la ciudad, y Victoria lo escuchaba con gran atención. Ya no consideraba peligroso hablar con ella, aunque le preocupaba que manifestara tanto interés, particularmente porque mucho de lo que mencionaba eran detalles de rutina.

El resultado fue que, personalmente, ya no tenía motivos para negarse a viajar, y por cierto la idea le entusiasmaba. Había oído hablar tanto del pasado, casi siempre por inferencia, y ahora le llegaba el momento de emprender él mismo el camino. Jase estaba en el pasado y quizás fueran a encontrarse. Deseaba volver a verlo. Habían ocurrido tantas cosas desde que estuvieran juntos por última vez. ¿Se reconocerían?

Victoria no fue a despedirlo. Cuando él se fue, ella se quedó en la cama, en la habitación. Durante la noche habían hecho el amor con mucha ternura diciéndose en broma que tendrían que hacerlo «durar». Helward le dio el beso del adiós y ella se apretó contra él. Después de cerrar la puerta le pareció oírla llorar. Se detuvo, tratando de decidir si debía regresar, pero luego de un momento de vacilación siguió su camino. Pensó que no iba a sacar ningún provecho prolongando la situación.

Clausewitz lo estaba esperando en la sala del Futuro. En un rincón habían colocado una pila de implementos, y sobre la mesa había un gran mapa desplegado. La conducta de su jefe no era la misma de la entrevista anterior. En cuanto Helward ingresó en la habitación, lo condujo hasta el escritorio y, sin mayores preámbulos, le explicó lo que debía hacer.

—Este es un plano de las tierras al Sur de la ciudad, en escala longitudinal. ¿Sabe lo que significa? Helward asintió con la cabeza.

—Bien. Una pulgada equivale aproximadamente a una milla... pero no linealmente. Por razones que usted descubrirá, esto no le servirá después. La ciudad está aquí en la actualidad, y aquí está la aldea hacia donde usted se dirige —Clausewitz señaló un grupo de puntos negros en el otro extremo del plano—. Hasta el día de hoy queda exactamente a cuarenta y dos millas de aquí. Una vez que salga de la ciudad advertirá que las distancias se hacen confusas, al igual que las direcciones. Por tanto, el mejor consejo que puedo darle, como le doy a todos los aprendices, es que siga las vías. Yendo hacia el Sur, los rieles son el único contacto que tendrá con la ciudad, y el único modo de encontrar el camino de vuelta. Los pozos cavados para los durmientes y los cimientos deben estar aún a la vista. ¿Comprendido?

—Sí, señor.

—Usted emprende este viaje con un objetivo principal, que es lograr que las mujeres que le encomendamos lleguen a salvo a su pueblo. Una vez cumplida la misión, deberá regresar sin demora.

Helward hacía cálculos mentales. Sabía cuanto tiempo demoraba en caminar una milla... Sólo unos minutos. En un día de marcha, con calor, podía recorrer doce millas por lo menos. Y si las mujeres lo demoraban, la mitad. Seis millas por día, o sea, siete días para el trayecto de ida, y tres o cuatro para la vuelta. Si todo andaba bien, podía estar de regreso al cabo de diez días... o una milla, según la costumbre de medir el tiempo en la ciudad. De pronto se puso a pensar por qué le habían informado que no llegaría para el nacimiento de su hijo. ¿Qué le habida dicho Clausewitz el otro día? Que el viaje duraría entre diez y quince millas... o tal vez cien... No tenía sentido.

1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 ... 63
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)