Diosa Por Elección
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
Frenéticamente, metió las manos bajo mis axilas y las agarró por delante de mi pecho. Con la respiración entrecortada, caminando hacia atrás, me arrastró hacia los dos robles. Suavemente me sentó en el suelo y me hizo apoyar la espalda en uno de los troncos musgosos.
Entonces, Clint se puso de rodillas y apoyó ambas manos a cada uno de los lados de mi cabeza.
– Ayúdala -rogó-. ¡Se está muriendo!
La descarga de calor que fluyó rápidamente por mi cuerpo me asustó, y se me escapó un gruñido de dolor al empezar a sentir los miembros del cuerpo. Noté en los brazos y las piernas miles de pinchazos diminutos. Respiré profundamente, y mi pecho se expandió. Tomé bocanadas de aire vivificante y me percaté de que debía de haber dejado de respirar. Con un miedo paralizante pensé en mi hija, y tuve un acceso maravilloso de náuseas. «Oh, Epona, que esté bien».
Poco a poco, recuperé la visión. La cara de Clint apareció ante mis ojos. En aquella ocasión pude levantar el brazo, y le acaricié la mejilla al mismo tiempo que le quitaba una lágrima con el pulgar.
– Ya estoy bien -dije con un susurro débil.
– Gracias a tu diosa -respondió él con la voz ronca. Me di cuenta de que le temblaban los brazos.
– Y a ti.
Volví a bajar el brazo, y apreté la espalda con más firmeza contra el roble.
Clint se sentó a mi lado y se apoyó en el tronco. Yo notaba que me estaba mirando, pero no volví la cara hacia él. Seguí observando el claro, intentando comprender lo que acababa de pasar.
En aquel momento, el cielo color gris se abrió, y comenzaron a caer copos de nieve delicados y silenciosos.
– Está nevando -dije.
Clint dio un respingo de sorpresa.
– ¿Crees que puedes separarte ya del roble?
Asentí débilmente, y de repente me di cuenta de la intensidad del frío y de la humedad de mi ropa, que estaba empapada de sudor. Clint se puso en pie con rigidez. Yo le tendí las manos y él me ayudó a incorporarme.
– ¿Puedes andar? -me preguntó.
– Sí -respondí, y miré hacia el cielo gris.
Los copos delicados se habían transformado en manchones gruesos, y se había levantado un viento que los hacía caer en un ángulo afilado. Me estremecí, y me ceñí bien el abrigo alrededor del cuello.
– Tenemos que volver a la cabaña -me dijo Clint, con preocupación. Me tomó del brazo, y ambos salimos del refugio de los árboles y comenzamos a caminar bajo los remolinos de nieve.
Las piernas me temblaban y tuve que apoyarme pesadamente en el brazo de Clint. Él tiró de mí hacia el sendero y me guió hacia otro enorme árbol, para que me apoyara en su tronco. Se me cerraron los ojos mientras acaparaba dentro de mí su calor y los hilos de su poder.
«Descansa, Amada de Epona», oí en mi mente.
– ¿Lista?
Clint me puso a caminar de nuevo. El viaje de vuelta a casa siguió aquel patrón surrealista. Yo recorría tambaleándome el sendero, agarrada del brazo fuerte de Clint, hasta que no podía continuar y él me acercaba a un árbol anciano. Era como cargar un teléfono móvil. El omnipresente viento de Oklahoma continuó soplando con fuerza a través de la cúpula espesa de ese bosque sagrado. La luz diurna se desvaneció, y mis pensamientos fragmentados se preguntaron cuánto tiempo habíamos pasado intentando abrir la puerta hacia Partholon. Debí de hacer la pregunta en voz alta, porque Clint me respondió.
– Horas -dijo con agotamiento-. Va a anochecer muy pronto.
Yo emití un jadeo de sorpresa.
– Puedes conseguirlo, mi niña. Ya casi hemos llegado a casa.
«A casa». Mi casa era lo que acababa de dejar en el claro. La pena de la voz de ClanFintan todavía resonaba en mi corazón.
Yo me tropecé en un escalón y sacudí la cabeza con confusión. Clint me rodeó con un brazo y me ayudó a subir las escaleras y a entrar por la puerta de la cabaña.
Me dejó sentada en una mecedora y se arrodilló ante la chimenea. Se quitó los guantes con los dientes y con una cerilla encendió el fuego fácilmente. Sin embargo, el calor no me alcanzaba. Me castañeteaban los dientes y tenía la cara entumecida.
Clint tardó pocos segundos en cambiarse y ponerse ropa seca. Después me ayudó a desnudarme y me secó metódicamente con una toalla, antes de vestirme con unos pantalones y un jersey muy abrigados. Me dejó sentada de nuevo en la mecedora, ante la chimenea, me tapó con una manta y se fue a la cocina. Minutos después apareció con una taza de chocolate caliente y me la dio. Yo la tomé entre las manos y bebí. El chocolate caliente me resultó reconfortante, y sentí que mi cuerpo recuperaba la vida a medida que el líquido me pasaba por la garganta y caía a mi estómago, que gruñó amenazadoramente.
Antes de que pudiera llamarlo, Clint apareció de nuevo, con una bandeja llena de sándwiches, otra taza y un cazo lleno de chocolate humeante. Me entregó un sándwich, acercó la otra mecedora a la mía, y se sentó.
Yo mordí uno de los sándwiches, hecho con jamón y queso y pan casero. Afortunadamente, parecía que mis náuseas se habían limitado a la mañana, y aquel sándwich era lo mejor que había comido en mi vida.
– Está riquísimo -dije.
– Come. Te sentirás mejor.
Yo tomé un trago más de chocolate caliente y asentí.
– Ya me siento mejor.
Él sonrió con alivio, y terminamos nuestra comida en silencio.
Justo al terminar el chocolate, bostecé sin poder evitarlo.
– Necesitas dormir.
– Pero ¿y si vuelve Nuada?
Clint me tomó de la mano y me puso en pie.
– Nuada. Así es como lo llamaste en el claro.
Yo le apreté la mano.
– Era el líder de las criaturas contra las que luchamos. Se supone que estaba muerto.
– Me lo explicarás todo después de dormir. Y no creo que vuelva esta noche. Sólo estaba formado parcialmente, así que su recuperación será incluso más lenta que la nuestra.
– ¿Y si no es así?
– Yo sabría si se está aproximando a la cabaña.
– ¿Cómo? -pregunté.
– Confía en mí -me dijo Clint, mientras me llevaba hacia la cama y me acostaba.
Me cubrió con un edredón grueso, y yo me acurruqué en la blandura del colchón, consciente de que no podría mantenerme despierta mucho más tiempo. Me tumbé de costado, y me di cuenta de que Clint se daba la vuelta hacia la mecedora que había ante la chimenea. Lo tomé de la mano y lo detuve.
– ¿Hay otra cama ahí arriba? -le pregunté, señalando con la cabeza el altillo que había sobre nosotros.
– No -respondió él en voz baja-. Sólo un ordenador y un escritorio.
– Entonces, duerme aquí. Tú también estás exhausto.
Me miró a los ojos. Después asintió cansadamente y se dirigió hacia el otro lado de la cama. Noté que el colchón se hundía bajo su peso. Yo estaba de espaldas a él, y sin una palabra, él me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia su calor. Yo sabía que no debía aceptarlo, pero me quedé dormida sintiendo la seguridad de los latidos de su corazón contra mi cuerpo.
Capítulo 5
En sueños, vi un rancho situado en la cima de una suave colina. La puerta delantera estaba abierta, y daba a un patio de cemento rodeado de jardineras de ladrillo llenas de petunias. Había media docena de sillas de hierro forjado, en diversos estados de oxidación, situadas alrededor de una piedra arenisca típica de Oklahoma. En aquel patio crecía un enorme roble. Sonreí dormida, mientras veía cómo el viento acariciaba con suavidad sus hojas. En aquel patio siempre soplaba una brisa fresca.
Se abrió la puerta de la casa, y mi padre entró en escena. Llevaba un ronzal al hombro, y una herramienta parecida a un punzón en la mano. Se sentó en una de las sillas y se inclinó hacia delante. Entonces comenzó a trabajar con la herramienta. Encorvó los hombros anchos, y los músculos gruesos de sus brazos de jugador de fútbol se tensaron con una fuerza que contradecía el gris de su pelo.