Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
Una vez dentro del edificio comenzó por explicarme de forma sistemática, casi pedagógica, las seis grandes áreas que contiene el Museo:
– El departamento de la prehistoria, con antigüedades descubiertas en la cuenca del Orontes y del Éufrates; el de antigüedades sirias, amorreas, cananeas y arameas descubiertas en Ugarit, Ebla, Amrit, de la época que va del tercer milenio a.C. al siglo IV a.C.; el de antigüedades sirias de la época clásica, helenísticas, romanas y bizantinas procedentes sobre todo de Palmira, Afamia y Bosra; el de antigüedades árabes islámicas; y el de arte contemporáneo.
·Contrariamente a lo que se cree y se hace -añadió-, la forma de visitar un museo arqueológico no es comenzando por lo más antiguo sino por lo más moderno, de forma que nos vayamos alejando paulatinamente en el tiempo y adentrándonos sin sobresaltos en la antigüedad.
Aunque no lo hicimos exactamente así: comenzamos por las esculturas de basalto negro descubiertas en Horán, cerca de Bosra y los frescos de Qasr al Hair, y las cerámicas y manuscritos de la época islámica.
– No es cierto que el Islam no admita las figuras humanas -dijo queriendo aclarar una creencia difundida pero no del todo exacta-, quizá no las admite en las mezquitas pero las encontramos en los manuscritos, y los libros son los vasos del conocimiento -y me miraba para ver el efecto que esas verdades tan contundentes tenían en mí-.
O en los platos de cerámica. ¿Sabía usted que el nombre de cerámica en árabe es ‘marci’? Quizá Marci viene de Murcia -dijo como un cumplido-, y así la llaman porque la cerámica de Murcia es la mejor.
Tampoco es cierto que en el Islam no se acepten los espejos. No hay que ver en ellos sólo un símbolo de vanidad extrema, no, sino más bien el de la curiosidad íntima de saber lo que uno mismo es. El hombre siempre quiso comprenderse, mirarse, verse, conocer cómo era: al principio utilizó el agua, después el bronce, más tarde los fenicios inventaron el cristal, y se acabó con el espejo: poco a poco todo va tomando su forma y perfilándose para satisfacer los deseos profundos del alma humana.
·He aquí -dijo ante una figura alada de Yabal- de cuán poco sirve el ingenio y la imaginación si no existe la previsión. Ésta es la figura de un hombre, Abbás ben Firnás, que hacia el siglo XI inventó unas alas para despegar de la tierra y comenzar a volar, pero no había previsto la forma de volver al suelo y cuando quiso hacerlo se estrelló.
Al llegar a las salas dedicadas a Palmira se detuvo en una de las cabezas magníficamente conservadas:
– Los poetas cantan la belleza de la mujer, igual que los escultores. -Y añadió-: Un día había alrededor de esta cabeza tres hombres jóvenes que yo creía estudiantes. ¿Qué temas os interesan más?, les pregunté. No nos interesan los temas, sino los peinados, respondieron, porque no somos estudiantes, sino peluqueros. Habían venido a copiar los peinados que lucían las mujeres hace más de dos mil años. -Y ladeando la cabeza como si no pudiera comprender tan gran verdad, declamó más que dijo-: Todo vuelve, todo lo que fue hermoso sigue siéndolo, el arte es inmortal y no admite modas.
Luego se acercó a una de las vitrinas que contenía joyas:
– Repare usted en el milagro de estos pendientes -dijo como quien cuenta las virtudes de su hijo predilecto-, no falta uno. Yo no conozco hoy a ninguna mujer que no haya perdido un pendiente alguna vez. Aquí hay muchos pendientes y ninguno desparejo. Se diría que las mujeres de la antigüedad eran más cuidadosas. -Y sus ojillos brillaban al ver cómo yo reía la gracia.
Pero no se limitaba a los comentarios más o menos agudos sino que a veces enunciaba pequeñas tesis sobre la vida cotidiana de sus héroes. Frente a unas flautas del siglo III d.C., que se habían encontrado en unas tumbas de médicos excavadas en Dura Europos junto con instrumentos de medicina y cirugía, señaló:
– Esto quiere decir que tal vez con la música de la flauta trataban de reducir el dolor que habían causado con las operaciones.
O ante los bajorrelieves de mujeres veladas:
– La cultura del velo en la mujer ya estaba vigente en el siglo I, estos bajorrelieves nos dicen que la tradición es antigua y ponen de manifiesto que ya antes de los musulmanes las mujeres se cubrían la cara con el velo porque el viento del desierto azota la piel y el sol la cuartea.
Frente a las tallas funerarias donde cada difunto iba acompañado de los utensilios que utilizaba en vida para llevar a cabo su oficio, afirmó:
– El trabajo es importante para el hombre, de ahí que todas las figuras que se han encontrado en Palmira sostienen en la mano el símbolo de lo que hicieron en vida, el escultor su cincel, el escritor la pluma, el músico el arpa, el albañil la paleta y la espuerta, el herrero el yunque y el martillo…
– Y añadió con nostalgia-: Antes, la gente trabajaba en su casa y mientras tanto hablaba con los demás, pero ahora la televisión ha acabado con todo, ni se trabaja ni se habla, y estamos perdiendo el placer de la conversación.
·¿No le parece significativo -dijo al poco, volviéndose a mí-que en las excavaciones se hayan descubierto tantas mujeres, diosas, sacerdotisas, cantantes, matronas y madres? -Y como si me echara un piropo o me dedicara un cumplido o me rindiera un homenaje, añadió-: Es la contribución de la mujer a la cultura del mundo.
Gracias, estuve a punto de responder, pero ya se había detenido en un bajorrelieve en el que aparecía una carrera de carros que se atropellaban unos a otros y se había lanzado a contarme una historia que, a su entender, explicaba el origen de los juegos olímpicos:
– El rey Onomas -decía con tal fe que concitó mi atención como si se tratara de un viejo cuento-, acosado por sus ministros y por el pueblo que deseaba la boda de su hija para que el reino tuviera un heredero, y no queriendo él aceptar una predicción de la pitonisa, según la cual moriría a manos de su yerno, organizó una carrera para todos los pretendientes y anunció que el vencedor se casaría con la princesa, pero les hizo saber al mismo tiempo que él, el rey, también participaría. Cundió el pánico entre los jóvenes aspirantes porque el rey tenía un carro y unos caballos más veloces que el viento.
Sin embargo, el más enamorado de todos ellos llegó en secreto a un acuerdo con un sirviente que desbarató con artefactos las ruedas del carro real -de ahí la expresión de “poner palos en las ruedas”, añadió riendo-. El carro se deshizo con estrépito y murió el rey en la carrera. El avispado pretendiente se casó con la princesa y éste se reconoce como el inicio de los juegos olímpicos.
Ni comprendo ahora, ni entendí entonces cómo de esta historia, que tenía más que ver con el terrorismo de estado que con el deporte, se pasaba a los juegos olímpicos, pero sí recuerdo que a él le parecía tan obvio que ni se le ocurrió aclararlo.
Me habló de supersticiones y amuletos y cristales de mosaico, de las piedras de lapislázuli contra el mal de ojo, de tres mil años de antigüedad, iguales a las que seguían llevando los niños para hacer frente a los hechizos y evitar enfermedades y desgracias. Me contó cómo los fenicios manipulaban las tiras de cristales de colores aún blandas uniéndolas en forma de manojo que después cortaban en transversal, cómo en Oruk se creó el mosaico y cómo más tarde los bizantinos le añadieron el cristal. La forma en qué teñían con púrpura los lienzos del mismo modo que lo siguen haciendo hoy las mujeres, igual que siguen oscureciéndose los ojos con ‘kohol’ no tanto para aumentar su belleza cuanto por disminuir la hiriente luz del sol de la estepa. Mencionó con reverencia el oro con el que se cubrían en la antigüedad los ojos de los muertos, el metal, dijo, que como Dios nunca se altera. Habló de la serpiente que aparece en las piedras de Mari, el signo de la juventud renovada como la piel que cambia todos los años. Y ante los aparatos de cirugía de la edad de piedra, afirmó arrebatado que más antigua que la historia era aún la cirugía.