Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– Quince minutos -dijo.
– ¿Quince minutos, qué? -preguntó Toby.
– Estarán aquí, encantados de conocerte y encantados también de enseñarte todo lo que puedan.
– ¿Estás seguro? -preguntó-. Si antes no querían ayudarte, ¿por qué no matarnos sencillamente a los dos?
– Vincenzo -dijo Alonso-. Tú eres justo lo que hasta ahora no tenían. Eres justo lo que necesitan. -Las lágrimas asomaron a los ojos de Alonso-. Hijo, ¿crees que te traicionaría? -dijo-. Tengo una deuda eterna contigo. En alguna parte tiene que haber copias de todas esas escrituras, pero tú has matado a los hombres que las manejaban.
Bajaron a la calle. Una enorme limusina negra los estaba esperando.
Antes de entrar en el coche aparcado, Toby tiró a un contenedor de basura la toalla con las gafas, el pañuelo y los guantes grises, empujándolo todo al fondo entre la masa crepitante de vasos de cartón y bolsas de plástico. Le repugnó el olor que quedó en su mano izquierda. Tenía su maleta y su laúd, y el maletín y la mochila de piel con los ordenadores y los teléfonos móviles.
No le gustó el aspecto del coche y no quería entrar en él, a pesar de que había visto muchos parecidos deslizándose por la Quinta Avenida al atardecer, y aparcados junto a las entradas del Carnegie Hall y de la Metropolitan Opera.
Por fin, detrás de Alonso se deslizó en el interior y se sentó frente a dos hombres jóvenes que ocupaban el asiento opuesto de piel negra.
Los dos lo miraban con una curiosidad indisimulada. Eran pálidos, de cabello rubio, rusos casi con toda seguridad.
Toby casi dejó de respirar como le ocurrió cuando su madre le destrozó el laúd. Mantuvo la mano en el bolsillo, sujetando la pistola. Todas las manos estaban a la vista, excepto la de Toby.
Se volvió y miró a Alonso. «Me has traicionado.»
– No, no -dijo el hombre de enfrente, el mayor de los dos, y Alonso sonrió como si acabara de escuchar un aria perfecta. El hombre hablaba como un norteamericano, no como un ruso.
– ¿Cómo lo has hecho? -preguntó el hombre rubio más joven de los dos. También él era norteamericano. Miró su reloj-. Aún no son las once.
– Tengo hambre -dijo Toby. Seguía empuñando con fuerza la pistola en el bolsillo-. Siempre he querido comer en el Russian Tea Room.
Fuera o no a morir, la respuesta hizo que Toby se sintiera muy listo. Además era cierto. Si había de tomar un último almuerzo, quería que fuera en el Russian Tea Room.
El hombre mayor rio.
– Bueno, pero no dispares contra nosotros, hijo -dijo, señalando el bolsillo de Toby-. Sería una estupidez porque vamos a darte más dinero del que nunca has visto en tu vida. -Soltó otra carcajada-. Te daremos más dinero del que nunca hemosvisto en nuestrasvidas. Y, por supuesto, te llevaremos al Russian Tea Room.
El coche se detuvo. Alonso se apeó.
– ¿Por qué te vas? -preguntó Toby. Otra vez sintió ese miedo que lo dejaba sin respiración, y su mano se apretó sobre la pequeña pistola hasta casi rasgar la tela del bolsillo.
Alonso se inclinó y lo besó. Le sujetó la cabeza y lo besó en los ojos y en los labios, y luego lo soltó.
– No me quieren a mí -dijo-. Te quieren a ti. Te he vendido a ellos, pero por tu bien. ¿Lo entiendes? Yo no puedo hacer las mismas cosas que tú. No podemos seguir adelante con esto, tú y yo. Te he vendido a ellos para protegerte. Tú eres mi chico. Siempre serás mi chico. Ahora ve con ellos. Te quieren a ti, no a mí. Vete. Yo me llevo a mi madre a Miami.
– Pero ya no tienes que hacerlo -protestó Toby-. Puedes volver a tener la casa. Puedes recuperar el restaurante. Yo cuidaré de todo.
Alonso sacudió la cabeza. Toby se sintió estúpido de inmediato.
– Hijo, con lo que me pagan, estoy encantado de irme -dijo Alonso-. Mi madre verá Miami y será feliz. -Volvió a rodear la cara de Toby con las dos manos y lo besó-. Me has traído la suerte. Cada vez que toques esas viejas canciones napolitanas, piensa en mí.
El coche arrancó.
Comieron en el Russian Tea Room, y mientras Toby daba cuenta con un apetito voraz del pollo Kiev, el mayor de los dos hombres dijo:
– ¿Ves a esos hombres de allí? Son policías de Nueva York. Y el que está con ellos es del FBI.
Toby no miró. Se limitó a clavar los ojos en el hombre que hablaba. Todavía tenía la pistola a su alcance, aunque odiaba sentir su peso.
Sabía que podía, si deseaba hacerlo, llevarse por delante a los dos hombres, y probablemente matar a uno de los otros tres antes de que acabaran con él. Pero aún no iba a intentar nada parecido. Ya se presentaría por sí mismo un momento mejor.
– Trabajan para nosotros -dijo el hombre mayor-. Nos han estado siguiendo desde que salimos de tu casa. Y nos seguirán después, cuando salgamos de la ciudad. De modo que relájate. Estamos muy bien protegidos, te lo aseguro.
Y así fue como Toby se convirtió en un sicario. Así fue como Toby llegó a ser Lucky el Zorro. Pero todavía hay algo más que reseñar, sobre la transición.
Esa noche, tendido en la cama, en una gran casa de campo a bastantes kilómetros de la ciudad, pensó en la muchacha que se había arrodillado y alzado las manos. Pensó en cómo le había rogado con palabras que no necesitaban traducción. Su rostro estaba empapado en lágrimas. Pensó en cómo se había doblado sobre sí misma y sacudido la cabeza y apoyado las manos contra él.
Pensó en ella después de que le hubiera disparado, tendida allí, inmóvil como su hermano y su hermana en la bañera.
Se levantó, se puso sus ropas y el abrigo, con la pistola aún en el bolsillo, y bajó las escaleras de la gran casa, pasando delante de los dos hombres que jugaban a las cartas en la sala de estar. Ésta parecía una enorme cueva. Había muebles sobredorados por todas partes. Y mucha piel de color negro. Parecía uno de esos elegantes clubes privados de una vieja película en blanco y negro. Esperabas ver a caballeros de edad madura atisbándote desde sus sillones de orejas. Pero sólo estaban los dos hombres que jugaban a las cartas debajo de una lámpara, aunque en el hogar ardía un fuego que iluminaba con alegres reflejos la oscuridad.
Uno de los hombres se puso en pie.
– ¿Deseas algo, una bebida tal vez?
– Necesito dar un paseo -dijo Toby.
Nadie lo detuvo.
Salió y caminó alrededor de la casa.
Se dio cuenta del aspecto que ofrecían las hojas de los árboles más próximos a las farolas. Se dio cuenta del brillo del hielo en las ramas desnudas de otros árboles. Observó el tejado de pizarra, alto y empinado, de la casa. Vio el reflejo de la luz en los cristales emplomados en forma de rombo de las ventanas. Una casa del norte, construida para resguardarse de las fuertes nevadas, del largo invierno, una casa como él sólo había visto en el cine, si es que se había fijado en ellas.
Escuchó el sonido de la hierba helada bajo sus pies, y llegó hasta una fuente que manaba a pesar del frío, y vio brotar el chorro de agua y caer en forma de una aérea ducha blanca en el estanque agitado a la luz tenue.
La luz venía de un farol colocado ante la puerta cochera. La limusina negra estaba aparcada allí, reluciente bajo el farol. También venía la luz de las lámparas que flanqueaban las numerosas puertas de la casa. Y la luz brotaba de pequeños focos alineados a lo largo de los senderos de grava del jardín. El aire olía a agujas de pino y a leña quemada. Había un frescor y una nitidez en el aire que no había conocido en la ciudad. Todo era de una belleza deliberada.
Aquello le recordó un verano en el que fue a pasar las fiestas a una casa a orillas del lago Pontchartrain con dos de los alumnos más ricos de los jesuitas. Eran chicos simpáticos, mellizos, y le caían muy bien. Jugaban al ajedrez, les gustaba la música clásica. Destacaban en los deportes de la escuela, hasta el punto de que en la ciudad todo el mundo iba a verlos. Toby habría querido ser amigo de esos dos chicos, pero tenía que guardar el secreto de su vida de familia. Y por esa razón, nunca llegó a tener una verdadera amistad con ellos. En el curso superior, apenas se hablaban.