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La huella del hereje

Электронная книга - «La huella del hereje». Краткое содержание книги:

El hallazgo del cuerpo sin vida de una joven en el interior de la catedral de Santiago de Compostela cae como un aldabonazo en la ciudad. Al mismo tiempo desaparece de la Biblioteca de la Universidad un manuscrito de Prisciliano, el gran hereje gallego. El subcomisario Lois Castro, viejo conocedor del oficio, se enfrenta a ambos casos con la inesperada colaboración de dos periodistas de raza: Laura Márquez, una joven becaria flacucha, de ojos castaños y con malas pulgas que llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y Villamil, un veterano reportero, correoso y medio anarcoide que ha conocido días mejores en la profesión.
Una trama de ritmo creciente en la que se cruzan ecologistas, peregrinos de paso, profesores universitarios, tiburones de las finanzas y curas que hacen sus propias apuestas de salvación en una ciudad levítica donde nada es lo que parece. La huella del hereje es un adictivo thriller que insta al lector a viajar en el tiempo y traslada la atmósfera amenazante y brumosa de la mejor novela negra a las calles inolvidables de Santiago de Compostela.
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Antes de que sonara el timbre, Laura Márquez ya sabía que se llamaba Fidel Dalmau, aunque todos sus alumnos le llamaban Fidelius, y que su despacho estaba en el tercer piso, junto al Departamento de Psicología Aplicada. Dudó si abordarlo al final de la clase o hacerlo en el piso de arriba, pero finalmente se inclinó por la segunda opción. No quería suscitar comentarios entre los estudiantes, que ya empezaban a lanzarle miradas de curiosidad.

Antes de salir del ascensor, se miró de refilón en el espejo: vaqueros negros, sudadera gris, una bolsa de lona al hombro y una carpeta llena de pegatinas. Parecía una estudiante más de los cientos que deambulaban por las aulas aquella mañana. Se arregló un poco el flequillo con los dedos e hizo un gesto de aprobación, como si considerase su indumentaria un camuflaje suficientemente convincente para su incursión al otro lado de las líneas enemigas.

El pasillo era largo, con los tubos de la calefacción a la vista en el techo, pintados de un color amarillo chillón. Las ventanas estaban a la derecha y daban a las pistas del polideportivo; las puertas de los distintos departamentos se hallaban al lado izquierdo y estaban pintadas del mismo color amarillo. Laura tomó aire antes de llamar.

– ¿Sí? -preguntó una voz desde dentro.

– Hola… -dijo ella tímidamente-. ¿Podría hablar con usted un momento?

– Lo siento, no tengo horario de consulta… -se disculpó el profesor señalando el cartel con sus horas de atención a los alumnos.

– Sólo serán dos minutos.

El profesor Dalmau accedió sin mucho convencimiento. No dijo nada, pero la invitó a sentarse con un gesto de la mano.

– Verá, soy estudiante de historia antigua -mintió ella-. Estoy preparando un trabajo y…, bueno, me gustaría que me orientara un poco con la bibliografía.

– ¿Qué pasa? ¿Que en la Facultad de Historia no tienen ustedes profesores?

– Claro que sí, lo que ocurre es que… -Laura dudó un momento-. Bueno…, no son tan competentes.

El profesor Dalmau sonrió de medio lado. Debía de estar muy acostumbrado a que las alumnas se inventaran las excusas más peregrinas para acercarse a él. La de Márquez lo era por partida doble. Se quedó mirándola, intrigado.

– ¿Cómo ha dicho que se llama?

– No lo he dicho. Me llamo Laura Márquez.

– Bien, señorita Márquez -se había quitado las gafas y las miraba al trasluz para comprobar la limpieza de los cristales-, y ¿sobre qué asunto trata su trabajo?

– Estoy haciendo una tesis sobre la influencia del priscilianismo en las comunidades campesinas.

El profesor se ajustó las gafas y la observó con renovada atención, aunque Laura no pudo discernir si el interés era consecuencia del tema de su trabajo o de secretas reflexiones personales.

– Interesante… -dijo sin abandonar la concentración del gesto-. Pero me temo que no voy a poder ayudarla. No sería muy correcto por mi parte dejar a mis colegas de historia sin trabajo, ¿no le parece?

– Comprendo -se excusó Laura encajando la negativa con aparente resignación, como si ya contara con ella de antemano-. Lamento haberlo molestado -dijo mientras le echaba un último vistazo a la mesa: algunos libros, una pila de trabajos amontonados, una fotografía enmarcada en la que el profesor aparecía fumando en pipa con una gorra de doble visera y capelina de tweed a lo Sherlock Holmes al lado de un perro labrador negro al que sujetaba del collar. La foto estaba tomada junto a un típico hórreo gallego, no parecía el lugar más indicado para una fiesta de disfraces.

A Márquez le habría gustado quedarse husmeando por allí un rato más, pero era el momento de decir adiós, muy buenas. Así que recogió su carpeta y salió del despacho cerrando la puerta muy despacio, igual que cuando uno abandona el lugar donde olvida algo sin saber muy bien de qué se trata.

No había dado ni cinco pasos cuando el profesor Dalmau asomó otra vez la cabeza al pasillo y la llamó. Laura no tenía la menor idea de la razón por la que había cambiado de opinión, pero alguna era sin duda.

– Entonces dice usted que está interesada en el priscilianismo… -le preguntó el profesor mientras con un gesto de la mano le indicaba que tomara asiento.

– Sí, me interesa la influencia de la religión en el mundo, las herejías y todo eso.

– ¿Es usted creyente?

– No.

– No es creyente pero le interesa la religión…

– Eso es.

– Y ¿por qué le interesa precisamente el priscilianismo? Hay otras muchas corrientes de pensamiento heréticas dentro de la Iglesia.

– Lo sé, pero me gusta su manera de relacionar la divinidad con la naturaleza. Me parece una tendencia de pensamiento muy moderna que conecta con el ecologismo. Hoy en día muchos de nosotros defendemos la naturaleza como lo hacían los paganos, y ni siquiera sabemos por qué.

– Ya… ¿Y es ésa la única razón?

– No -respondió Laura. Su pulso latía ahora con la misma aceleración que la del jugador que acaba de tirar un dado y espera ver salir su número-. También lo hago por… -hizo una pausa para medir muy bien el efecto de sus palabras-. También lo hago por amistad.

– ¿Por amistad? -se extrañó el profesor.

– Bueno, no sé muy bien cómo explicarlo, pero debo terminar el trabajo empezado por otra persona, que no pudo acabarlo.

Era un globo sonda demasiado obvio, pero no disponía de otro mejor. Además, de algún modo, no dejaba de ser verdad. Desde el principio no lograba quitarse de encima la incómoda sensación de afinidad con la víctima. Como si en cierta medida todo aquello le atañese a ella personalmente de un modo incuestionable y secreto. Demasiados paralelismos, líneas sesgadas y escurridizas que convergían con aprensión en un punto oscuro de su memoria. Al fin y al cabo no era la primera vez que se hallaba inmersa en un caso de homicidio.

– Entiendo… -respondió el profesor, meditando unos segundos con las dos manos enlazadas sobre la mesa, envolviendo los pulgares en un movimiento circular. Tenía un modo propio de mirar a través de las gafas y asentir despacio, con cierta duda razonable-. Está bien -concedió al final-. ¿Tiene con qué apuntar?

A continuación Fidel Dalmau se dedicó a citar la bibliografía básica sobre Prisciliano y su obra, haciendo especial hincapié en el Liber apologeticus, sobre el que mencionó un estudio muy exhaustivo realizado por George Schepps, que fue quien descubrió casualmente el manuscrito en un rincón olvidado de la Universidad de Wurzburgo. El problema era que el texto estaba descatalogado y resultaba prácticamente imposible de conseguir. Eso limitaba bastante las posibilidades de Márquez. Pero finalmente el profesor encontró unos cuantos títulos con los que estaba seguro de que la chica podría suplir esa carencia, al menos de momento. El primero era un texto clásico del historiador francés Jacques Chocheiras; le seguía una biografía del teólogo gallego José Chao Rego titulada Prisciliano: profeta contra o poder, a continuación, la tesis The making of a heretic, de la americana Virginia Burrus, y por último un interesante ensayo sobre ocultismo y poderes carismáticos en la Iglesia primitiva del famoso teólogo anglicano y profesor de Oxford Henry Chadwick.

– Cuando los haya leído, puede volver aquí -dijo derrochando una amabilidad que nada tenía que ver con su distante actitud inicial-, pero es preferible que lo haga en mi horario de atención a los alumnos: martes y jueves, de 19 a 20 horas -dijo, sonriente, señalando el cartel que había pegado con celo en la puerta.

Laura asintió agradecida.

– Lo prometo.

Lloviznaba cuando salió al exterior. Una lluvia fina, apenas molesta. Todo el campus universitario estaba cubierto de nubes entre las que a veces, momentáneamente, se colaba un rayo de sol que iluminaba parte del césped. A Laura aquel juego de luces y sombras le produjo una sensación antigua, repleta de suspense. Se subió la capucha y dobló por las canchas vacías del polideportivo con la cabeza baja, pensativa. Había una idea que le rondaba la cabeza. En los últimos meses su capacidad de comunicarse verbalmente con sus semejantes se había reducido de forma considerable, sin embargo, era capaz de percibir como nadie el lenguaje corporal. Su instinto había desarrollado al máximo el sentido de la percepción, como los ciegos aguzan el oído o el tacto hasta extremos inalcanzables para los videntes. Podía detectar cualquier señal de tensión. Tics, balbuceos en el habla, sudores… Eran cosas normales. La gente se pone nerviosa en distintas situaciones, le pasa a todo el mundo. No tenía nada de extraño. El problema empezaba cuando la persona intentaba ocultar esa reacción. Era entonces cuando su instinto le decía que debían encenderse todas las alarmas.

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