Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
– No, Danny -dijo Jude-. No. No tenía razón. No tenías que…
A Danny pareció faltarle el aliento.
– Ya lo he hecho. He tenido que hacerlo. No había manera de discutir con él. No se puede discutir con una voz como ésa.
– Ya lo veremos -replicó Jude.
Danny no tuvo respuesta para ese comentario. En la película pornográfica con asesinato incluido, dos hombres discutían acaloradamente en español. Los ruidos de la asfixia continuaban. Georgia todavía seguía sin darse la vuelta. Apenas se movía, sólo los hombros se agitaban de forma regular, espasmódicamente, cada cierto tiempo.
– Tengo que colgar, Danny. -El interlocutor siguió sin decir nada. Jude escuchó los leves crujidos de la línea por un momentó, con la sensación de que el desdichado joven estaba esperando algo, alguna palabra final-. Sigue caminando, muchacho -masculló al fin-. Ese camino debe llevar a alguna parte.
Danny se rió.
– Usted no es tan malo como piensa, Jude. ¿Lo sabía?
– Sí. Pero no lo divulgues.
– Su secreto está a salvo, téngalo por seguro. Adiós.
– Adiós, Danny.
Jude se echó hacia delante y colgó el teléfono con suavidad. Al inclinarse sobre el escritorio, miró abajo por detrás del mueble, y vio que la caja fuerte estaba abierta. En un primer momento pensó que el fantasma la había abierto, pero lo descartó casi de inmediato. Habría sido Georgia, más probablemente. Ella conocía la combinación.
Giró sobre sí mismo, le miró la nuca, el halo de parpadeante luz azul y el televisor, situado más allá.
– ¿Georgia? ¿Qué estás haciendo, querida?
No respondió.
Se adelantó, acercándose en silencio sobre la gruesa alfombra. La película proyectada en la pantalla se le hizo visible finalmente. Los asesinos estaban matando al muchacho blanco y flaco. Luego iban a llevar a su novia a una casucha de piedra volcánica, cerca de una playa. Pero en ese momento se encontraban en un camino abandonado, entre la maleza, en las colinas situadas sobre el golfo de California. El chico estaba boca abajo, con las muñecas atadas por unas esposas blancas, de plástico. Su piel era pálida como el vientre de un pez expuesto a la luz del sol ecuatorial. Un diminuto norteamericano estrábico, con un bufonesco peinado afro, de pelo rojo rizado, plantaba una bota de vaquero sobre el cuello del muchacho. Estacionada en el camino, se veía una camioneta negra, con las puertas traseras abiertas. Junto al guardabarros trasero había un mexicano, con ropa deportiva y una expresión preocupada en el rostro.
– Nos estamos pasando -dijo en español el hombre de las gafas de sol-. Dejémoslo ya.
El pelirrojo estrábico hizo un gesto raro y sacudió la cabeza, como si no estuviera de acuerdo. Luego apuntó el pequeño revólver a la cabeza del muchacho flaco y apretó el gatillo. Hubo un destello en la boca del arma. La cabeza del chico saltó hacia delante, golpeó el suelo y rebotó. El aire alrededor de la cabeza se vio envuelto de pronto en una nube de gotitas de sangre.
El norteamericano quitó el pie del cuello del muchacho y se apartó con cuidado, para no manchar de sangre sus flamantes botas de vaquero.
La cara de Georgia estaba pálida, rígida, inexpresiva. Tenía los ojos muy abiertos, la mirada clavada en la televisión. Llevaba la misma camiseta de Los Ramones que horas antes, pero estaba sin ropa interior y tenía las piernas abiertas. Con una mano, la del dedo herido, sostenía con torpeza la pistola de Jude, con el cañón profundamente metido en la boca. La otra mano la tenía entre las piernas, y movía el índice hacia arriba y hacia abajo.
– Georgia -dijo él, y por un instante ella le dirigió una mirada de soslayo, indefensa e implorante, para luego volver de inmediato los ojos hacia el televisor. La mano herida hizo girar el arma, para apuntar el cañón al cielo del paladar. Al hacerlo emitió un débil sonido ahogado.
El mando a distancia estaba sobre el brazo del sillón. Jude apretó el botón rojo y el televisor se apagó. Los hombros de ella se sobresaltaron con un encogimiento nervioso, en un acto reflejo. La mano izquierda siguió moviéndose entre las piernas. La muchacha tembló y su garganta dejó escapar un gemido tenso y desdichado.
– Basta -dijo Jude.
La joven tiró hacia atrás del percutor con el pulgar. Provocó un brusco y fuerte ruido en el silencio del estudio.
Jude se acercó a ella y le quitó suavemente el arma de la mano. El cuerpo de la muchacha se calmó de pronto. Su respiración se alteró. Su boca, húmeda, brillaba ligeramente. Jude se dio cuenta de que tenía una erección incipiente. Su pene había empezado a ponerse duro al percibir en el aire el olor de la mujer excitada y al ver sus dedos jugueteando con el clítoris. Y estaba precisamente a la altura adecuada. Si se colocaba frente a la silla, podía hacerle una felación mientras él apoyaba el revólver contra su cabeza. Le pondría el cañón en la oreja mientras empujaba con su miembro…
Vio un atisbo de movimiento en la parcialmente abierta ventana del otro lado del escritorio, y su mirada se clavó en ese punto. Podía verse a sí mismo allí reflejado, y al muerto junto a él, encorvado y susurrándole algo al oído. En el vidrio Jude pudo ver que su propio brazo se había movido y estaba apuntando el revólver contra la cabeza de Georgia.
El corazón le saltó en el pecho. Toda la sangre se precipitó hacia él, en una súbita explosión de adrenalina. Miró hacia abajo y vio que era verdad, que estaba apoyando el arma contra el cráneo de la joven. Vio que el dedo apretaba el gatillo. Trató de detenerse, pero ya era demasiado tarde. Lo pulsó y esperó con horror que el percutor cayera.
No cayó. El gatillo no recorrió los últimos milímetros. Tenía puesto el seguro.
– Joder -susurró Jude, y bajó el arma, temblando desesperadamente. Usó el pulgar para volver a bajar el percutor. Cuando éste estuvo en su lugar, arrojó el arma lejos de sí.
Golpeó con fuerza el escritorio. Georgia se estremeció al oír el inesperado y violento sonido de los golpes y gritó suavemente. Pero su mirada siguió fija en algún punto indeterminado y lejano, en la oscuridad que tenía delante de sí.
Jude se volvió, buscando el fantasma de Craddock. No había nadie a su lado. La habitación estaba vacía. Allí no había nadie más que él y Georgia. Regresó junto a ella y la cogió por la blanca y delgada muñeca.
– Levántate -dijo-. Vamos. Debemos irnos. Ahora mismo. No sé adonde iremos, pero hay que marcharse de aquí. Nos vamos a algún lugar donde haya muchas personas y luces brillantes, y allí trataremos de resolver todo esto. ¿Me escuchas? -Ya no podía recordar el razonamiento que hasta ese momento le había impulsado a quedarse. La lógica se había ido al traste.
– No ha terminado con nosotros, esto no ha acabado -dijo ella. Su voz era un susurro estremecedor.
Jude tiró de ella, pero la chica no se incorporó. Su cuerpo se quedó rígido en el sillón. Se mostraba poco cooperativa. Seguía sin mirarlo. En realidad, no miraba a ninguna parte. Sólo enfocaba la vista directamente adelante.
– Vamonos -insistió-. Mientras haya tiempo.
– No hay más tiempo. Se acabó el tiempo -replicó ella.
El televisor se encendió otra vez.
Capítulo 18
Se emitía el telediario vespertino. Bill Beutel, que había comenzado su carrera periodística cuando el asesinato del archiduque Fernando había sido la principal noticia del día, estaba sentado rígidamente detrás de la mesa del plato. Su cara era algo así como una red de arrugas, una telaraña que partía de los alrededores de los ojos y de las esquinas de la boca. Tales rasgos concordaban con su expresión de pesar. Con la palabra, con el tono, con los gestos que decían que otra vez llegaban malas noticias de Oriente Próximo, o que un autobús escolar se había salido de la carretera interestatal, había volcado y habían muerto todos los pasajeros, o que, en el sur, un tornado se había tragado un camping y a su paso había dejado un terrible rastro de caravanas destrozadas y cuerpos mutilados.