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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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Janice esperaba que yo pasara a formar parte de la familia permanentemente. Era un encanto. Me caía estupendamente. Casi me encontré deseando gustarle realmente a Alcide y que hubiese una verdadera probabilidad de convertirme en cuñada de Janice.

Dicen que soñar es gratis, pero el caso es que a veces sale caro.

7

Cuando volví, Alcide estaba esperándome. Un montón de regalos envueltos sobre la encimera de la cocina me dieron una pista de lo que había hecho a lo largo de la mañana. Alcide había salido a rematar sus compras navideñas.

A juzgar por su aspecto avergonzado (no era precisamente el señor Sutil), había hecho algo que no estaba seguro de si me gustaría. Fuese lo que fuese, aún no estaba preparado para contármelo, así que traté de ser educada y no meterme en su cabeza. Mientras atravesaba el escueto pasillo formado por la pared del dormitorio y la encimera de la cocina, olí algo menos agradable. ¿Habría basura que sacar? ¿Qué basura íbamos a haber generado en tan poco tiempo y con tan mal olor? Pero recordar el placer de haber hablado con Janice, y disfrutar con el de tener delante a su hermano me ayudaron a olvidar.

– Tienes buen aspecto -dijo.

– Hice una visita a Janice -temí que pensara que me estaba aprovechando de la generosidad de su hermana-. Se le da muy bien que una acepte lo que en un principio no quería aceptar.

– Es buena -dijo llanamente-. Sabe lo mío desde que íbamos al instituto, y jamás se lo ha contado a nadie.

– Doy fe.

– ¿Cómo…? Ah, ya -agitó la cabeza-. Como pareces la persona más normal del mundo, a veces me cuesta recordar tus habilidades.

Nadie lo había definido así nunca.

– De camino hacia aquí, ¿oliste algo extraño por…? -empezó, pero entonces sonó el timbre.

Alcide fue a responder mientras yo me quitaba el abrigo.

Parecía contento, y me volví para mirar la puerta con una sonrisa. El joven que entró no se sorprendió de verme, y Alcide me lo presentó como el marido de Janice, Dell Phillips. Le estreché la mano, esperando disfrutar de su compañía tanto como lo hacía de la de Janice.

Me tocó muy brevemente, y luego me ignoró.

– Me preguntaba si te podrías pasar esta tarde para ayudarme con las luces navideñas -dijo Dell, dirigiéndose a Alcide, y sólo a Alcide.

– ¿Dónde está Tommy? -preguntó Alcide. Parecía decepcionado-. ¿No lo has traído para que lo vea? -Tommy era el bebé de Janice.

Dell me miró y meneó la cabeza.

– Tienes una mujer aquí, no me pareció apropiado. Está con su madre.

El comentario resultó tan inesperado, que lo único que pude hacer fue permanecer allí en silencio. La actitud de Dell también cogió a Alcide por sorpresa.

– Dell -dijo-, no seas maleducado con mi amiga.

– Duerme en tu apartamento, yo diría que es más que una amiga -sentenció Dell-. Lo siento, señorita, pero esto no me parece correcto.

– No juzguéis y no seréis juzgados -dije, esperando no sonar tan furiosa como mi atenazado estómago me decía que estaba. Quizá citar la Biblia no fuera lo más apropiado cuando una está sumida en un mar de ira. Me metí en el cuarto de invitados y cerré la puerta.

Cuando escuché que Dell Phillips se marchaba, Alcide llamó a la puerta.

– ¿Quieres jugar al Scrabble? -me preguntó.

– Claro -parpadeé.

– Mientras buscaba las cosas de Tommy, compré un juego.

Ya lo había colocado sobre la mesa de centro, frente al sofá, pero no había sentido la confianza suficiente como para quitarle el envoltorio y preparar el tablero.

– Serviré unas Coca-Colas -dije. No era la primera vez que notaba que el apartamento estaba bastante frío, aunque, por supuesto, se estaba mejor que en la calle. Lamenté no haberme traído una sudadera, y me pregunté si ofendería a Alcide preguntando si podía subir un poco la calefacción. Entonces recordé lo cálida que era su piel, e imaginé que era una de esas personas calurosas. O quizá todos los licántropos fueran así. Me puse el suéter que había usado el día anterior, pasándolo con cuidado por el pelo.

Alcide se había sentado en el suelo, a un lado de la mesa, y yo hice lo propio en el otro. Había pasado mucho tiempo desde que cualquiera de los dos hubiera jugado al Scrabble, así que repasamos las reglas durante un momento antes de empezar.

Alcide se había graduado en la Politécnica de Luisiana. Yo no había ido a la universidad, pero leía mucho, así que estábamos bastante igualados en cuanto a nuestro vocabulario. Alcide era mejor estratega, y parecía que yo pensaba más deprisa.

Hice buena puntuación con «azotar», a lo que él me sacó la lengua. Yo me reí, y él dijo:

– No me leas la mente, eso es trampa.

– Jamás se me ocurriría hacer tal cosa -dije tímidamente, y me miró con el ceño fruncido.

Perdí, pero sólo por doce puntos. Tras reunir las piezas entre amables discusiones, Alcide se incorporó y llevó los vasos a la cocina. Los depositó y empezó a buscar por los armarios, mientras yo guardaba las piezas y colocaba la tapa.

– ¿Dónde quieres que ponga esto? -pregunté.

– Oh, en el armario, junto a la puerta. Hay un par de estantes.

Me puse la caja bajo el brazo y me dirigí hacia el armario. El olor que había notado antes parecía más fuerte.

– ¿Sabes, Alcide? -dije, esperando no sonar demasiado picajosa-. Hay algo que huele a podrido por aquí.

– También me he dado cuenta. Por eso estoy aquí rebuscando en los armarios. Puede que haya un ratón muerto.

Giré el pomo mientras hablaba.

Descubrí el origen del olor.

– Oh, no -dije-. Oh, no, no, no, no, no.

– No me digas que se ha colado una rata y se ha muerto ahí-dijo Alcide.

– No es una rata -corregí-. Es un licántropo.

Había un estante sobre una barra, y el armario no era muy grande; estaba previsto más que nada para guardar los abrigos de los visitantes. Ahora todo lo llenaba el hombre moreno del Club de los Muertos, el que me había agarrado del hombro. Estaba muerto de verdad. Llevaba varias horas así.

Fui incapaz de desviar la mirada.

La presencia de Alcide a mis espaldas resultó un inesperado alivio. Miró por encima de mi cabeza mientras posaba sus manos sobre mis hombros.

– No hay sangre -dije con voz nerviosa.

– El cuello -Alcide estaba tan conmocionado como yo.

Su cabeza descansaba literalmente sobre su hombro, aún prendida al tronco. Qué asco. Tragué saliva con fuerza.

– Deberíamos llamar a la policía -dije, sin sonar demasiado segura de ello. Reparé en la forma en la que habían encajado el cuerpo en el armario. El muerto estaba casi de pie. Supongo que lo habían metido a empujones, y quien quiera que lo hubiera hecho forzó la puerta para cerrarla. Se había quedado tieso en esa posición.

– Pero si llamamos a la policía… -la voz de Alcide se fue desvaneciendo. Respiró profundamente-. Jamás creerán que no lo hicimos nosotros. Tomarán declaración a sus amigos, y ellos dirán que estuvo en el Club de los Muertos anoche, y lo comprobarán. Descubrirán que tuvimos un rifirrafe porque se metió contigo. Nadie creerá que no tuvimos nada que ver en su muerte.

– Por otra parte -dije lentamente, pensando en voz alta-, ¿crees que mencionarían de verdad el Club de los Muertos?

Alcide se lo pensó. Se puso el dedo gordo sobre la boca mientras reflexionaba.

– Quizá tengas razón. Y si no sacan lo del Club de los Muertos, ¿cómo explicarían el…, eh, enfrentamiento? ¿Sabes lo que harían? Querrían arreglar el problema por su cuenta.

Era un argumento irrefutable. Me di por vencida: nada de policía.

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