El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Es posible que haya dos asesinos? -preguntó Hanken.
– Es posible, sí -confirmó la doctora.
– ¿Heridas defensivas en el chico? -preguntó Lynley.
– Ninguna que salte a la vista -contestó la doctora Miles. Ya calzada con los zapatos, metió las zapatillas en una bolsa de deporte y cerró la cremallera, antes de dedicar su atención de nuevo a los agentes.
Hanken pidió que le confirmara las horas de las muertes. La doctora Miles preguntó qué horas le había proporcionado su forense.
– Entre treinta y seis y cuarenta y ocho horas antes de que los cuerpos fueran descubiertos -dijo Hanken.
– No seré yo quien le contradiga.
Recogió la bolsa, se despidió con un gesto de la cabeza y se encaminó hacia la salida del hospital.
Lynley reflexionó sobre lo que sabían mientras el coche continuaba avanzando: que el chico no había llevado nada al punto de acampada, que había cartas amenazadoras y anónimas en el lugar de los hechos, que la chica estuvo inconsciente durante casi una hora, que en cada asesinato se había empleado un método diferente.
Lynley se estaba demorando en este último pensamiento, cuando Hanken giró a la izquierda y se desviaron hacia el norte, en dirección a un pueblo llamado Tideswell. Siguiendo esa ruta se reencontraron con el río Wye, donde la noche ya había caído sobre el pueblo de Miller's Dale por obra de los empinados riscos y los bosques que lo rodeaban. Al otro lado de la última casa, una estrecha senda serpenteaba hacia el noroeste, y Hanken internó el Ford por ella. Treparon sobre los bosques y el valle, y al cabo de pocos minutos corrían a lo largo de una inmensa extensión de brezo y aulaga que parecía ondular hasta perderse en el horizonte.
– Calder Moor -dijo Hanken-. El páramo más grande del Pico Blanco. Se extiende desde aquí hasta Castleton. -Condujo otro minuto en silencio, hasta que pararon en un área de descanso-. Si la chica hubiera ido al Pico Oscuro para acampar, habríamos llamado a Rescate de Montaña para que la buscara. Ninguna abuelita de paseo con su perro habría subido hasta allí y encontrado los cadáveres. Pero esto -trazó un arco con la mano por encima del tablero de instrumentos- es accesible, en su totalidad. Hay kilómetros y kilómetros por explorar si alguien se pierde, pero al menos se pueden recorrer a pie. No es un paseo fácil ni muy seguro, pero sí es más fácil que atravesar los tremedales que encontrará alrededor de Kinder Scout. Si alguien debía morir asesinado en el distrito, mejor que haya sucedido aquí, en la meseta de piedra caliza, que en otra parte.
– ¿Fue aquí donde Nicola Maiden inició la marcha?
No veía ninguna pista desde el coche. La chica tendría que haber encontrado miles de obstáculos, desde helechos hasta arándanos.
Hanken bajó su ventanilla y escupió el chicle. Extendió el brazo por delante de Lynley y abrió la guantera para coger otra tableta.
– Inició la marcha desde el otro lado, al noroeste de aquí. Iba en dirección a Nine Sisters Henge, que está más cerca del límite occidental del páramo. Hay más cosas interesantes por ese lado: túmulos, cavernas, cuevas. Nine Sisters Henge es el plato fuerte.
– ¿Usted es de la zona? -preguntó Lynley.
Hanken no contestó enseguida. Dio la impresión de que se estaba planteando incluso la posibilidad de contestar. Por fin, tomó una decisión.
– De Wirksworth.
Y con esto dio la impresión de que sellaba sus labios acerca del tema.
– Es una suerte vivir en el lugar donde se halla enraizada su historia. Ojalá yo pudiera decir lo mismo.
– Depende de la historia -dijo Hanken, y cambió de tema con brusquedad-. ¿Quiere echar un vistazo al lugar de los hechos?
Lynley era lo bastante listo para saber que la forma de responder a dicha invitación sería crucial para la relación con su colega. La verdad era que quería ver el lugar donde se habían cometido los crímenes. Con independencia de la fase en que se sumaba a una investigación, siempre había un momento en que deseaba ver las cosas por sí mismo. No porque no confiara en la competencia de sus compañeros, sino porque solo viendo con sus propios ojos todo lo relacionado con el caso se integraba en el crimen. Y trabajaba mejor cuando se integraba en el crimen. Fotografías, informes y pruebas proporcionaban mucha información, pero en ocasiones el lugar donde se había producido un asesinato ocultaba secretos hasta al observador más sagaz. Lynley exploraba el lugar en pos de esos secretos. Sin embargo, inspeccionar este lugar en particular comportaba el riesgo de irritar de forma innecesaria a Hanken, y nada de lo que este había dicho o hecho hasta el momento insinuaba que pasara por alto algún detalle, por nimio que fuera.
Ya se presentaría la ocasión, pensó Lynley, en que el otro inspector y él no trabajarían juntos. Y entonces él tendría amplias posibilidades de examinar el lugar donde Nicola Maiden y el chico habían muerto.
– Por lo que sé, usted y su equipo ya se han encargado de eso -dijo Lynley-. Si repito lo que ustedes ya han hecho, no haremos más que perder el tiempo.
Hanken le dedicó otro largo escrutinio mientras mascaba el chicle.
– Sabia decisión -dijo con un asentimiento, al tiempo que ponía el coche en marcha.
Subieron hacia el norte a lo largo del borde oriental del páramo. A unos dos kilómetros de Tideswell, doblaron al este y empezaron a dejar atrás el brezo, los arándanos y los helechos. Se internaron en un valle cuyas suaves pendientes estaban sembradas de árboles que empezaban a desplegar el follaje del inminente otoño, y en un cruce en que un poste anunciaba curiosamente pueblo de la peste giraron hacia el norte de nuevo.
Tardaron menos de un cuarto de hora en llegar a Maiden Hall, situado al abrigo de limeros y castaños sobre la ladera de una colina cercana a Padley Gorge. La ruta les condujo a través de un terreno boscoso y junto al borde de una incisión causada por un arroyo que escapaba del bosque y creaba un sendero sinuoso entre pendientes de arenisca, helechos y hierba silvestre. El desvío a Maiden Hall apareció de repente, cuando entraron en otro trecho de terreno boscoso. Ascendía una colina y desembocaba en un camino de grava que rodeaba la fachada de un edificio de piedra Victoriano con gabletes, y conducía a un aparcamiento situado en la parte de atrás.
De hecho, la entrada del hotel estaba en la parte posterior del edificio. Un discreto letrero con la palabra recepción les condujo por un pasillo hasta el interior del pabellón de caza, donde vieron un pequeño escritorio. Al otro lado, una sala de estar servía de salón para los huéspedes, donde la primitiva entrada del edificio había sido transformada en bar, y el salón restaurado con paneles de roble, papel pintado de un tono crema apagado y muebles rellenos en exceso. Como era demasiado temprano para tomar el aperitivo, el salón estaba desierto. Pero Lynley y Hanken no llevaban ni un minuto en el salón cuando una mujer regordeta, con los ojos y la nariz enrojecidos de tanto llorar, surgió de lo que parecía un comedor y les saludó con dignidad.
No había habitaciones libres para la noche, les dijo en voz baja, y como se había producido una repentina muerte en la familia aquella noche no se abriría el comedor. No obstante, sería un placer para ella recomendarles algunos restaurantes de la zona si los caballeros querían uno.
Hanken mostró su identificación a la mujer y presentó a Lynley.
– Querrán hablar con los Maiden -dijo la mujer-. Voy a buscarlos.
Cruzó la zona de recepción y empezó a subir la escalera.
Lynley se acercó a una de las dos hornacinas del salón, donde la luz del atardecer se filtraba por ventanas con cristales emplomados. Daban al camino de acceso que rodeaba la fachada de la casa. Al otro lado, el césped se había visto reducido a una alfombra de hojas retorcidas y calcinadas debido a la sequía de los meses anteriores. A su espalda, oyó que Hanken deambulaba por el salón. Algunas revistas cambiaron de posición y cayeron sobre mesas. Lynley sonrió al oír el sonido. Sin duda su colega estaba dando rienda suelta a su obsesión de poner orden.