La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
Odiaba el colegio. Odiaba a sus profesores, aunque seguramente a ellos les habría sorprendido saberlo. La adoraban porque era una niña callada que jamás causaba problemas.
Pero no la veían. En el colegio nadie la veía. Ella se decía que no importaba, que aquel curso era suficientemente madura como para no importarle el ser diferente. Aunque quizá estuviera equivocada.
– ¿Puedo sentarme aquí?
Emily alzó la mirada. Y continuó alzándola. Era aquel chico alto y delgado que iba a clase de historia. Era muy reservado, y también un cerebrito. Emily quería preguntarle por ello, quería preguntarle si también él se sentía fuera de lugar en aquel colegio en el que lo único que parecía tener importancia era el deporte, pero nunca se atrevería a hacerlo.
– Emily, ¿puedo sentarme aquí?
¡Sabía su nombre!
– Eh…
No podía pronunciar palabra. ¡No podía pronunciar palabra! ¿Qué terrible novedad era esa? Se limitó a encogerse de hombros y a morderse el labio mientras su compañero se sentaba.
– Me llamo Van -se presentó mientras dejaba el ordenador a sus pies-. Vamos juntos a clase de historia.
– Sí.
¿Sí? ¿Eso era lo único que se le ocurría?
Van llevaba un disquete en la mano, lo cual significaba que era capaz de manejar un ordenador. A Emily comenzó a latirle violentamente el corazón. También se puso a sudar, algo que realmente le repugnó. «Por favor, que no lo note». Al intentar secarse el sudor del labio superior sin que él lo notara, lo único que consiguió fue tirarle a Van el disquete al suelo.
– Oh -se agachó a por él-, ¡lo siento mucho!
Van también se inclinó y sus cabezas chocaron.
– ¡Ay! -exclamó Van, frotándose la frente, pero estaba sonriendo.
Emily no. Emily quería morirse. Frotó el disquete contra el pantalón, sintiendo cómo iba poniéndose cada vez más roja mientras las dos chicas que estaban sentadas detrás de ella comenzaban a reírse.
Era oficial. Era un desastre.
– No te preocupes -Van continuaba sonriendo a pesar del golpe-, sólo es una copia.
Justo en ese momento, el autobús dio un frenazo y Emily cayó prácticamente sobre Van. Dios santo, las cosas ya no podían ir peor. Avergonzada, alzó la mirada hacia su rostro, pero Van continuaba sonriendo de oreja a oreja.
Emily se descubrió a sí misma sonriendo también. Y sintiéndose terriblemente impotente.
«Habla con él», se decía, «pregúntale por el disquete. Menciona tu ordenador. ¡Di algo! ¡Cualquier cosa!».
Tardó cinco minutos en averiguar lo que iba a decir. Había decidido preguntarle si alguna vez iba al laboratorio de informática después de las clases, pero en aquel momento se detuvo el autobús y Van se levantó.
Un desastre.
Faltaban otras tres paradas para que pudiera ahogar su tristeza en Parches y en leche con chocolate y galletas. Abrió la cremallera de la mochila y abrió el ordenador lo suficiente como para poder ver la pantalla. Todavía no podía ver el correo, pero podía releer lo que había descargado aquella mañana.
Le había escrito Alicia, lamentándose de lo odiosos que eran sus padres, su colegio y su vida en general.
Emily no tenía nada que objetar al respecto. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía y comenzó a teclear: Alicia, aquí también es todo odioso.
No quería que Alicia se sintiera demasiado marginada. Además, el colegio era odioso, aunque en casa, con sus padres, las cosas se estaban poniendo interesantes. Había estado haciendo un gran trabajo con ellos, aunque todavía no se habían dado cuenta de que se suponía que tenían que estar juntos. Eran ambos increíblemente cabezotas.
Su padre se ponía verdaderamente gruñón cada vez que aparecía Adam. Al verlo, a Emily le entraban ganas de abrazarlo. Pero su madre, su madre no estaba haciendo ningún esfuerzo para llevarse bien con su padre. Y aquello la desesperaba.
Emily sabía que no quedaba bien admitir ese tipo de cosas, pero Dios, cuánto deseaba que sus padres volvieran a estar juntos. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo.
En dos ocasiones, se había cortado el teléfono cuando Adam había llamado para hablar con su madre. Y, mejor aún, había conseguido convencer a su tía para que la llevara a ver la última película de DiCaprio, de modo que sus padres tendrían que quedarse solos.
El autobús se detuvo en su calle. Emocionada, Emily cerró la cremallera y abandonó el autobús sin detenerse siquiera para fulminar con la mirada a un solo niño.
Rachel se apartó del caballete y soltó una bocanada de aire. El papel continuaba en blanco. Patéticamente en blanco. Era irónico, teniendo en cuenta que aquel día se encontraba suficientemente bien como para prescindir de los analgésicos.
Y eso significaba que estaba en un verdadero proceso de recuperación.
Estupendo.
Pero aparentemente, había perdido su capacidad para plasmar una historieta de Gracie que la ayudara a olvidar la tristeza de su propia vida.
Era una pena.
Y no era sólo el trabajo, tenía que admitir. Aquel día había sido muy duro desde esa misma mañana, cuando Emily no había querido levantarse de la cama. Rachel sabía que se había quedado despierta hasta muy tarde con aquel estúpido ordenador, pero al señalarlo lo único que había conseguido había sido iniciar una pelea.
Ben había entrado en aquel momento en el dormitorio y había conseguido que su hija se levantara de la cama con la promesa de pasar por un McDonald’s de camino hacia el colegio. Cuando Rachel había sugerido que debería probar otros métodos mejores que el soborno, la pelea se había convertido en una guerra abierta.
Naturalmente, Emily se había lanzado a la defensa de su padre, chillando por encima de los ladridos de la perra, que también demandaba su atención y Ben permanecía extremadamente callado. Rachel había terminado con dolor de cabeza.
Y estaba comenzando a cansarse de preguntarse cuándo emprendería Ben un nuevo viaje. Lo había visto escribiendo, murmurando, jugando con la cámara. Le había visto leyendo los acontecimientos del día en los periódicos. Lo había oído hablar por teléfono justo el día anterior sobre un futuro trabajo en Liberia. Y lo oía moverse por las noches por su habitación como un animal enjaulado.
Y, cada vez que se despertaba, pensaba que aquel sería el último día.
Pero Ben no se marchaba.
Aunque lo haría pronto, de eso no tenía ninguna duda. Sí, él se iría y ella se alegraría de que se fuera. Sólo era cuestión de tiempo.
Sonó el teléfono, sacándola de su ensimismamiento y haciéndola volver al presente.
– Muñeca -exclamó Gwen Arini, su agente, con aquella voz ronca, resultado de haber fumado durante treinta años-, ¿cómo va el trabajo?
– No va.
– ¿No? Bueno, todavía tienes todo un mes antes de que tengas que empezar a machacarte. Gracias a Dios, tenías mucho trabajo adelantado.
– Gwen… -Rachel cerró los ojos y admitió por fin algo que había estado queriendo admitir durante mucho tiempo-. No sé si quiero seguir estrujándome el cerebro. Estoy pensando en poner fin a Gracie.
– Creo que no te he oído bien, muñeca.
– Me has oído perfectamente.
– Entonces acabo de sufrir un ataque al corazón.
– Me gustaría poder empezar algo nuevo.
– ¿Otra tira?
– No. Estoy pensando en hacer algo completamente diferente. Me gustaría ponerme a escribir y dejar de dibujar.
Se hizo un silencio mortal al otro lado de la línea.
– ¿Te refieres a abandonar la mayor fuente de ingresos de tu vida?
Rachel se esperaba aquel tipo de resistencia.
– Estoy pensando en escribir un libro.
– Todavía estás bajo el influjo de las lesiones, ¿verdad?