La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– No.
– Vamos, Rachel, la gente no abandona ese tipo de chollos. Si sólo tienes que dibujar una tira a la semana, por el amor de Dios.
En aquel momento, Rachel vio que alguien deslizaba un papel por debajo de la puerta del estudio. Desplazándose lentamente con el bastón, se acercó hasta él.
– Siento que no lo comprendas, Gwen, pero… -desdobló la hoja de papel y leyó la nota.
Ha llegado el momento de que hagamos una tregua. Reúnete conmigo en el jardín a los ocho. Te invito a cenar.
Rachel frunció el ceño. ¿Ben quería una tregua? ¿Y qué quería decir eso exactamente?
– ¿Rachel?
– Gwen, tengo que colgar.
– Espera.
– Lo siento, te llamaré la semana que viene -colgó el teléfono y fijó la mirada de nuevo en el papel, preguntándose qué demonios se proponía aquel hombre.
Ben también estaba leyendo una nota en aquel momento, una nota que alguien había deslizado por debajo de su puerta.
Ha llegado el momento de que hagamos una tregua. Reúnete conmigo en el jardín a las ocho. Te invito a cenar.
Capítulo 12
A las ocho en punto de aquella noche, Rachel abrió las puertas de cristal del jardín trasero. Había sido una tarde muy interesante. Gwen había llamado en dos ocasiones intentando disimular su pánico ante la posibilidad de perder a Gracie. Su servidor informático se había caído durante algunas horas, poniendo a Emily al borde de un ataque de nervios ante la imposibilidad de utilizar el correo electrónico. Adam la había llamado para invitarla a cenar. Mel se estaba comportando pésimamente y sólo Dios sabía por qué. La cachorra corría peligro de terminar asesinada si se le ocurría morder una cosa más. Y el médico le había dicho que tendría que seguir llevando la escayola.
Había sido un día horroroso. Pero por lo menos Melanie se había llevado a Emily al cine y la perrita estaba durmiendo. Por fin podría disfrutar de unos segundos de paz. Quizá. Salió cuidadosamente al jardín y al ver lo que tenía frente a ella, todos sus pensamientos estallaron en mil pedazos.
Había velas por todas partes, en el camino, colgando de los árboles y sobre la mesa que alguien había engalanado con un mantel de lino y su mejor vajilla. Y, sentado a la mesa y mirándola con su seductora boca curvada en una apenas perceptible sonrisa, estaba Ben.
El corazón se le encogió en el pecho, el estómago le daba vueltas. Las manos le sudaban. Y todas aquellas reacciones físicas eran mucho más que ligeramente alarmantes.
¿Había olvidado ya que aquel hombre la había destrozado? ¿Había olvidado que cuando se fuera, probablemente no volvería a verlo durante otros trece años?
Ben se levantó y caminó hacia ella.
– Hola -fue su único saludo.
– Hola.
Ben le tomó la mano y la guió hacia la mesa. Rachel fijó la mirada en la vajilla, miró después el jarrón con las tres margaritas que había colocado en el centro de la mesa y después advirtió que Ben estaba mirándola muy fijamente.
– ¿Qué? -le preguntó.
– Estás preciosa -dijo Ben con tal sencillez que Rachel deseó creerlo. Deseaba un montón de cosas, de hecho.
– Ben, sobre lo de antes… siento haberme enfadado por lo del McDonald’s. Es sólo que estoy acostumbrada a manejar a Emily sola y…
– Sí, todo lo manejas sola: tus heridas, tu casa, tus esperanzas, tus sueños y tus temores. Y también a tu hija.
– Pero Emily también es hija tuya.
– Lo sé. Lo que no estoy seguro es de que tú lo sepas.
Vaya, aquello no sonaba muy propio de una tregua.
– Ben…
– Mira, lo único que quiero decir es que no hace falta que te disculpes por algo que en realidad no sientes.
– Yo… -soltó una bocanada de aire-. De acuerdo, tienes razón.
– Y sé sincera. Te gusta tu rutina, te gusta hacer las cosas a tu manera y, cuando yo no estaba aquí, contabas con ambas cosas.
– Sí -contestó muy tensa-, y cuando te hayas ido, las cosas volverán a la normalidad. Tendrán que hacerlo. Así que te agradecería que no mimaras demasiado a Emily.
Ben dejó escapar una risa.
– Actúas como si ya casi me hubiera ido.
– ¿Y no lo has hecho?
Se miraron fijamente el uno al otro. Era como si no hubieran pasado los trece años que llevaban separados, pensó Rachel con amargura, y se preguntó cómo habría podido permitirse soñar que las cosas podían ser diferentes en aquella ocasión.
– Podrías intentar negarlo -susurró, horrorizada por todo lo que estaba revelando al decirlo.
Ben esbozó una mueca. Se pasó la mano por el pelo y volvió a mirarla.
– Rachel.
Era sólo su nombre, pero lo pronunciaba con una voz tan torturada como la propia Rachel se sentía.
– Olvídalo -dijo, inhalando profundamente-. Sencillamente, olvídalo.
– En aquel momento sabía que tenía que marcharme. Me habían ofrecido el trabajo de mi vida. Lo sabes. Pero jamás pensé que tendría que irme sin ti, jamás se me ocurrió pensarlo. Y tampoco que me pedirías que te dejara.
Rachel sabía que en sus ojos brillaban las lágrimas. Y, consciente de que estaba poniendo todo su corazón en su voz, contestó:
– Y jamás se te ocurrió pensar que yo tenía que quedarme con la misma fuerza con la que tú tenías que marcharte.
– Rach -susurró Ben otra vez, dio un paso hacia ella y deslizó la mano por su barbilla-. Lo siento, siento mucho haberte hecho daño.
– Yo también -respondió ella suavemente. Y era cierto.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces? -repitió ella con una pequeña sonrisa.
La sonrisa con la que le contestó Ben le quitó la respiración.
– ¿Crees que podremos llevarnos bien?
– Podemos por lo menos intentarlo.
– Estupendo -Ben deslizó el brazo por su cintura y continuaron avanzando hacia la mesa.
– ¿Qué has preparado para cenar? -le preguntó Rachel, intentando no pensar en la fuerza y el calor que emanaban del cuerpo de Ben.
– Bueno -Ben inclinó la cabeza y curvó los labios en una sonrisa-, yo iba a preguntarte lo mismo.
Ben la ayudó a sentarse y se dirigió al otro extremo de la mesa.
– ¿Tienes hambre? -antes de que pudiera contestar, Rachel quitó la tapa de una de las humeantes fuentes. Hamburguesas con queso.
No era que Rachel no agradeciera que la cocinaran, pero conociendo las habilidades culinarias de Ben, la sorprendía la sencillez del menú.
– Tiene un aspecto magnífico -dijo Ben, dirigiéndole una de sus mortales sonrisas.
A pesar de sí misma, Rachel se echó a reír.
– ¿Es que no tenían un aspecto magnífico cuando las has cocinado?
A Ben comenzó a helársele la sonrisa en los labios.
– Pero si no las he hecho yo…
– Pero… yo tampoco.
– Claro que las has hecho tú. He recibido esta nota -sacó la nota del bolsillo de la camisa.
Aquel pedazo de papel se parecía sospechosamente al de Rachel. Tras mirarlo con expresión estupefacta, Rachel sacó su propia nota y se la tendió.
Ben la leyó, echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada. Rachel, que no encontraba la gracia por ningún lado, se reclinó en el asiento. Su hija había vuelto a engañarla.
Ben continuaba riendo.
– Tienes que admitir que ha conseguido engañarnos.
– Oh, claro que sí. Y yo voy a encargarme de ella.
– ¿Cómo es posible que esto no te haga gracia?
Era muy sencillo. Toda su vida parecía haber escapado a su control, y le dolía. Imaginó estremecida lo que podría haber pasado aquella noche si no hubiera descubierto la verdad, si hubiera continuado creyendo que había sido Ben el que le había enviado aquella nota.
Al verla estremecerse, Ben tomó la camisa que había dejado sobre el respaldo de la silla y se la echó por los hombros.