La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
-�Sencillamente, en que metiendo la mano en esa agua no he experimentado sensaci�n de fr�o ni de calor; luego est� a la misma temperatura que el cuerpo humano, que es aproximadamente de 95� Fahrenheit.
No ofreciendo la fuente sulfurosa ninguna utilidad inmediata, los colonos se dirigieron hacia la espesura del bosque, que estaba a unos centenares de pasos.
All�, seg�n hab�an presumido, el arroyo paseaba sus aguas vivas y l�mpidas entre altas orillas de tierra rojiza, color que denunciaba la presencia del �xido de hierro. Este color hizo que se diera inmediatamente a la corriente de agua el nombre de arroyo Rojo.
No era m�s que un arroyuelo profundo y claro, formado por las aguas de la monta�a, mitad r�o y mitad corriente, que aqu� corr�a pac�ficamente por la arena y murmurando sobre las puntas de las rocas, o precipit�ndose en cascada prosegu�a su curso hasta el lago en una longitud de milla y media, y en una anchura que variaba de 30 a 40 pies. Sus aguas eran dulces, lo que hac�a suponer que las del lago lo fueran tambi�n, circunstancia feliz para el caso de que en sus inmediaciones se encontrase un sitio m�s a prop�sito para habitar que las Chimeneas.
En cuanto a los �rboles que, algunos centenares de pasos m�s all�, sombreaban las orillas del arroyo, pertenec�an la mayor parte a las especies que abundan en las zonas templadas de Australia o de Tasmania, y no a las de las con�feras que erizaban la parte de la isla ya explorada a algunas millas de la meseta de la Gran Vista.
En aquella �poca del a�o, es decir a primeros de abril, que en aquel hemisferio corresponde al mes de octubre, en los comienzos del oto�o, todav�a conservaban las
hojas. Eran especialmente casuarinas y eucaliptos; algunos proporcionar�an en la primavera pr�xima un man� azucarado, an�logo al man� de Oriente. En los claros, revestidos de ese c�sped llamado tusac en Nueva Holanda, se ve�an grupos de cedros australianos; pero no parec�a existir en la isla, cuya latitud sin duda era demasiado baja, el cocotero, que tanto abunda en los archipi�lagos del Pac�fico.
-��Qu� l�stima! -exclam� Harbert-. �Un �rbol tan �til y que da tan hermosas nueces!
En cuanto a las aves, pululaban entre las ramas delgadas de los eucaliptos y las casuarinas, que no molestaban el despliegue de sus alas, las cacat�as negras, blancas o grises, loros y papagayos de plumaje matizado y de todos los colores, reyezuelos de verde brillante y coronados de rojo, y lor�s azules, que parec�an no dejarse ver sino a trav�s de un prisma y revoloteaban dando gritos ensordecedores.
De pronto reson� en medio de la espesura un extra�o concierto de voces discordantes. Los colonos oyeron sucesivamente el canto de los p�jaros, el grito de los cuadr�pedos y una especie de aullido que parec�a escapado de los labios de un ind�gena.
Nab y Harbert se lanzaron hacia aquel sitio, olvidando los principios m�s fundamentales de la prudencia; mas, afortunadamente, no hab�a all� fieras temibles ni ind�genas peligrosos, sino sencillamente media docena de aves mofadoras y cantoras que fueron clasificadas como "faisanes de monta�a". Algunos garrotazos diestramente dirigidos terminaron con la escena de imitaci�n, lo cual proporcion� una excelente caza para la cena.
Harbert vio tambi�n magn�ficas palomas de alas bronceadas, unas coronadas de un mo�o soberbio, las otras con matices verdes, como sus cong�neres de Port-Macquaire; pero fue imposible cazarlas, como tampoco a varios cuervos y urracas que hu�an a bandadas produciendo una hecatombe entre aquellos vol�tiles, pues los cazadores no dispon�an de m�s armas arrojadizas que piedras, ni m�s armas port�tiles que el garrote, m�quinas tan primitivas como ineficaces.
Esta ineficacia se demostr� plenamente cuando una tropa de cuadr�pedos, corriendo de ac� para all�, y a veces dando saltos de treinta pies, como verdaderos mam�feros voladores, salieron huyendo de entre los �rboles, con tal rapidez y destreza, que parec�an pasar de un �rbol a otro como ardillas.
-��Son canguros! -exclam� Harbert.
-��Y eso se come? -pregunt� Pencroff.
-�En estofado es tan bueno como la carne de venado -contest� el corresponsal.
No hab�a acabado Spilett de pronunciar estas frases, cuando el marino, seguido de Nab y de Harbert, se hab�a lanzado en persecuci�n de los canguros.
En vano los llam� el ingeniero, pero en vano tambi�n persegu�an los cazadores aquellas piezas que parec�an el�sticas y saltaban y rebotaban como pelotas.
Al cabo de cinco minutos de carrera estaban sudando y la banda hab�a desaparecido entre los �rboles. Top no hab�a tenido m�s �xito que sus amos.
-�Se�or Ciro -dijo Pencroff, cuando el ingeniero y el periodista se le unieron-, se�or Ciro, ya ve usted que es indispensable fabricar fusiles. �Cree usted que ser� posible?
-�Quiz� -contest� el ingeniero-, pero empezaremos por fabricar arcos y flechas, y no dudo de que llegar� usted a ser tan diestro en manejarlos como los cazadores australianos.
-��Flechas, arcos! -dijo Pencroff con una mueca desde�osa-. �Eso es bueno para los ni�os!
-�No sea usted orgulloso, amigo Pencroff -contest� el corresponsal-. Los arcos y las flechas han valido durante siglos para ensangrentar el mundo. La p�lvora es invenci�n de ayer y la guerra es tan vieja como la raza humana, desgraciadamente.
-�Se�or Spilett, tiene usted raz�n -respondi� el marino-. Hablo sin ton ni son. Disp�nseme.
Entretanto Harbert, entregado a su ciencia favorita, la historia natural, volvi� a hacer recaer la conversaci�n sobre los canguros.
-�Por otra parte, esta especie no es la m�s dif�cil de cazar. Eran gigantes de piel gris; pero, si no me equivoco, existen canguros negros y encamados, canguros de rocas, canguros ratas, m�s dif�cil de cazarlos. Se cuentan una docena de especies�
-�Harbert -replic� sentenciosamente el marino-, �no hay para m� m�s que una sola especie de canguros, el "canguro de asador", y �ste nos faltar� esta tarde!
Los dem�s se rieron al o�r la nueva clasificaci�n de Pencroff. El bravo marino no ocult� su disgusto por verse reducido a comer faisanes cantores, pero la fortuna deb�a mostrarse una vez m�s complaciente con �l.
En efecto, Top, comprendiendo que su inter�s estaba en juego, iba olfateando y buscando por todas partes con instinto duplicado y apetito feroz. Era probable que, si alguna pieza de caza ca�a en sus dientes, no quedar�a ni pizca para los cazadores, pues en aquel momento Top cazaba por su propia cuenta; pero Nab lo vigilaba y hac�a bien.
Hacia las tres de la tarde el perro desapareci� entre la maleza y sordos gru�idos indicaron pronto que hab�a dado con alg�n animal.
Nab fue tras �l y vio a Top devorando con avidez un cuadr�pedo, cuya naturaleza diez segundos despu�s hubiera sido imposible reconocer en el est�mago de Top. Pero, afortunadamente, el perro hab�a dado con una camada; hab�a tres individuos y otros dos roedores, pues aquellos animales pertenec�an a este orden, que yac�an estrangulados en el suelo.
Nab reapareci� triunfalmente, mostrando en cada mano uno de los roedores, cuyo tama�o era superior al de una liebre. Su piel, amarilla, estaba mezclada con manchas verdosas y su rabo exist�a en estado rudimentario.
Los colonos, que eran ciudadanos de la Uni�n, no pod�an vacilar en dar a los roedores el nombre que les conven�a. Eran maras, especie de agut�es un poco m�s grandes que sus cong�neres de las comarcas tropicales, verdaderos conejos de Am�rica, con orejas largas, mand�bulas armadas en cada lado de cinco molares, lo cual los distingue precisamente de los agut�es.
-��Hurra! -exclam� Pencroff-. El asado es seguro y ahora podemos volver a casa.
Continuaron la marcha interrumpida. El arroyo Rojo continuaba su curso de aguas l�mpidas bajo la b�veda de casuarinas, de las banksieas y los �rboles de goma gigantescos. Lili�ceas magn�ficas se elevaban unos veinte pies; otras especies arborescentes, desconocidas por el joven naturalista, se inclinaban sobre el arroyo, que se o�a murmurar bajo aquella c�pula de verdor.