La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Sin embargo, el curso de agua se ensanchaba sensiblemente y Ciro Smith lleg� a creer que llegar�a pronto a su desembocadura. En efecto, al salir de un bosquecillo de hermosos �rboles, apareci� de nuevo.
Los exploradores hab�an llegado a la orilla occidental del lago Grant. El paraje val�a la pena. Aquella extensi�n de agua, de una cincunferencia de unas siete millas y de una superficie de doscientos cincuenta acres, reposaba entre festones de �rboles diversos. Hacia el este, a trav�s de una cortina de verdura pintorescamente levantada en ciertas partes, aparec�a un resplandeciente horizonte de mar. Al norte, el lago trazaba una curva ligeramente c�ncava, que contrastaba con la forma aguda de su punta inferior. Numerosas aves acu�ticas frecuentaban las orillas del peque�o Ontario, cuyas mil isletas de su hom�nimo americano estaban representadas por una roca que surg�a de su superficie a unos centenares de pies de la orilla meridional. All� viv�an en comunidad muchas parejas de martines pescadores, posadas sobre alguna piedra, graves, inm�viles,
espiando los peces, lanz�ndose, sumergi�ndose con un peque�o grito agudo y reapareciendo con la presa en el pico. En otros parajes, en las orillas y en el islote, se pavoneaban patos silvestres, pel�canos, gallinas de agua, picos-rojos, filedones provistos de una lengua en forma de pincel, y uno o dos ejemplares de esas aves espl�ndidas llamadas menuras, cuya cola se desarrolla como los montantes graciosos de una lira.
En cuanto a las aguas del lago, eran dulces, limpias, un poco oscuras y, por ciertas ebulliciones y los c�rculos conc�ntricos que se entrecruzan en su superficie, no se pod�a dudar de que abundaba la pesca.
-��Es verdaderamente hermoso este lago! -dijo Gede�n Spileet-. �Y cualquiera vivir�a en sus orillas!
-��Se vivir�! -contest� Ciro Smith.
Los colonos, queriendo entonces volver por el camino m�s corto a las Chimeneas, descendieron hasta el �ngulo formado al sur por la uni�n de las orillas del lago. All� abrieron, no sin gran trabajo, un camino a trav�s de las malezas y aquella espesura que la mano del hombre no hab�a a�n apartado, y se dirigieron hacia el litoral buscando el norte de la meseta de la Gran Vista. Atravesaron dos millas en aquella direcci�n; despu�s, pasada la �ltima cortina de �rboles, apareci� la meseta, tapizada de un espeso c�sped, y m�s all� el mar infinito.
Para volver a las Chimeneas, fue suficiente atravesar oblicuamente la meseta en un espacio de una milla y descender hasta el codo formado por la primera vuelta del r�o Merced. Pero el ingeniero deseaba averiguar c�mo y por d�nde se escapaba el sobrante de las aguas del lago y continu� la exploraci�n bajo los �rboles durante una milla y media hacia el norte. Era probable, en efecto, que existiera un desag�e en alguna parte y sin duda a trav�s de alguna abertura en el granito. El lago no era m�s que un inmenso recept�culo que se hab�a llenado poco a poco por las aguas del arroyo y probablemente el sobrante corr�a hacia el mar por alguna salida. Si as� era, el ingeniero pensaba que ser�a posible utilizar aquella salida y aprovecharse de su fuerza, actualmente perdida. Prosiguieron, pues, por las orillas del lago Grant, remontando la llanura; pero, despu�s de haber andado una milla en aquella direcci�n, Ciro Smith no hab�a podido descubrir el desag�e, que, no obstante, deb�a existir.
Eran las cuatro y media. Los preparativos de la comida exig�an que los colonos regresaran a sus moradas. La peque�a tropa volvi� sobre sus pasos por la orilla izquierda del r�o de la Merced. Ciro Smith y sus compa�eros llegaron a las Chimeneas.
Encendieron el fuego y Nab y Pencroff, a los cuales fueron naturalmente designadas las funciones de cocineros, el uno en su calidad de negro, el otro en su calidad de marino, prepararon en breve un asado de agut�, que comieron con bastante apetito.
Terminada la comida, en el momento en que cada cual se preparaba para dormir, Ciro Smith sac� de su bolsillo peque�os pedazos de diferentes especies de minerales y se limit� a decir:
-�Amigos, �ste es mineral de hierro, �ste es de pirita, �ste de arcilla, esto es cal, esto es carb�n. He aqu� lo que nos da la naturaleza, y �sta es la parte que ha tomado en el trabajo com�n. �Ma�ana haremos el nuestro!
13. Primeros utensilios y alfarer�a C�lculo de la latitud de la isla
-�Y bien, se�or Ciro, �por d�nde vamos a empezar? -pregunt� a la ma�ana siguiente Pencroff al ingeniero.
-�Por el principio -contest� Smith.
Y, en efecto, por el principio ten�an que empezar los colonos. No pose�an ni los �tiles necesarios para hacer herramienta alguna, y no se encontraban en las condiciones de la naturaleza, que teniendo tiempo econoniza fuerzas. Les faltaba tiempo, puesto que deb�an subvenir inmediatamente a las necesidades de la vida y, si aprovechando la
experiencia adquirida no deb�an inventar nada, ten�an por lo menos que fabricarlo todo. Su hierro y su acero se hallaban todav�a en estado mineral, su vajilla en estado de barro, sus lienzos y sus vestidos en estado de materias textiles.
Por lo dem�s, preciso es decir que los colonos eran hombres en la fuerte acepci�n de la palabra. El ingeniero Smith no hubiera podido ser secundado por compa�eros m�s inteligentes ni m�s adictos y celosos. Los hab�a sondeado y conoc�a sus aptitudes.
Gede�n Spilett, periodista de talento, que lo hab�a estudiado todo para poder hablar de todo, deb�a contribuir con su inteligencia y con sus manos a la colonizaci�n de la isla. No retroceder�a ante ninguna dificultad, y, cazador apasionado, har�a un oficio de lo que hasta entonces hab�a sido para �l un deporte.
Harbert, buen muchacho, notablemente instruido en las ciencias naturales, ser�a util�simo para la causa com�n.
Nab era la adhesi�n personificada. Diestro, inteligente, infatigable, robusto, dotado de una salud de hierro, entend�a algo de trabajos de fragua y prestar�a muy �tiles servicios a la colonia.
En cuanto a Pencroff, hab�a sido marinero en todos los mares, carpintero en los talleres de construcci�n de Brooklyn, ayudante de sastre en los buques del Estado, jardinero y cultivador en sus temporadas de licencia, y, como buen marino, dispuesto a todo y �til para todo.
Habr�a sido verdaderamente dif�cil reunir cinco hombres iguales para luchar contra la suerte y m�s seguros de triunfar.
Por el principio, hab�a dicho Ciro Smith, y el principio de que hablaba era la construcci�n de un aparato que pudiese servir para transformar las sustancias naturales. Es conocido el papel del calor en esas transformaciones; por consiguiente, el combustible, vegetal o mineral, era inmediatamente utilizable. Trat�base, pues, de construir un horno para utilizarlo.
-��Para qu� servir� ese homo? -pregunt� Pencroff. -Para hacer las vasijas que necesitamos -contest� Smith. -�Y con qu� vamos a hacerlo? -Con ladrillos.
-��Y los ladrillos?
-�Con arcilla. Manos a la obra, amigos m�os. Para evitar los transportes estableceremos el taller en el sitio mismo de la producci�n. Nab llevar� provisiones y no nos faltar� fuego para asar los alimentos.
-�Cierto -repuso el corresponsal-, pero �y si fuesen los alimentos los que nos faltasen por carecer de instrumentos de caza?
-��Ah!, �si tuviera un cuchillo! -exclam� el marinero. -�Qu� har�as con �l? -le pregunt� el ingeniero.
-�Pues har�a un arco y flechas y tendr�amos abastecida la despensa.
-�S�, un cuchillo�, una hoja cortante� -murmur� el ingeniero como hablando consigo mismo.
Al mismo tiempo mir� a Top, que iba y ven�a por la playa. -�Top, aqu�! -grit�, anim�ndose su mirada.
El perro acudi� corriendo en cuanto oy� la voz de su amo. Ciro le tom� la cabeza y le quit� el collar que llevaba y que rompi� en dos partes. -�Aqu� tenemos dos cuchillos, Pencroff! -dijo luego. El marinero contest� con dos sonoros hurras.
El collar de Top estaba hecho de una ligera l�mina de acero templado; bastaba afilarle primero con una piedra de asper�n para aguzar el lado cortante y quitarle luego el filv�n con un asper�n m�s fino. Este g�nero de roca arenisca abundaba en la playa, y dos horas despu�s las herramientas de la colonia se compon�an de dos l�minas cortantes, a las cuales fue f�cil poner un mango de madera muy fuerte.