Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Sin Retorno
Sin Retorno - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 66
Перейти на страницу:

Tras salir de la casa de La Trice, Baker, Cody y Deon se subieron al Mercury. El Marauder de Deon estaba equipado con colectores Kook's, tubos de escape Flowmaster de extremos grandes y cromados, llantas Motto de veinte pulgadas. Las ventanillas estaban tintadas hasta el límite permitido, y éste y los demás extras atraían la mirada de la policía. Baker sabía también que ver a dos chavales, uno negro y el otro blanco, juntos dentro de un coche se consideraba sospechoso, y que existían más posibilidades de que la policía los parase que si ambos ocupantes fueran de la misma raza. Por esta razón insistía en que el Marauder no llevara nada de contrabando. Para el trabajo utilizaban el Honda de Cody, un coche fiable y relativamente invisible.

Fueron al apartamento de Cody, ubicado en Longfellow. Estaba siempre revuelto y olía a ropa sucia y a comida dejada en los platos y abandonada en el fregadero. La moqueta estaba llena de envoltorios de chicles y papelitos que guardaban códigos de la Xbox. Se sentaron en el sofá y se pusieron a jugar con la última versión de la NBA Live mientras Baker se acomodaba ante una mesa de escritorio con cajonera y encendía el ordenador de Cody. Los chicos lo empleaban para ver porno, mirar las chicas que salían en MySpace, enterarse de los resultados deportivos y navegar por eBay en busca de zapatillas de deporte tanto clásicas como nuevas. Baker lo utilizaba para el negocio.

Su idea había sido llevada a la práctica el día en que vio la columna de la sección de negocios del periódico. Y más adelante, después de ver uno de aquellos programas de televisión que se desarrollaban la mitad en la calle y la mitad en la sala de un tribunal, un episodio que detallaba un chantaje relacionado con un crimen cometido décadas antes, Baker comenzó a ver que él podía sacar partido de un montaje similar, pero más razonado. Tecleando «Heathrow Heights» y «asesinato» en la barra del buscador, terminó por dar con un sitio que ofrecía un servicio de base de datos que contenía documentos relativos a juicios criminales tanto de ámbito estatal como federal, que se remontaban muchos años en el tiempo. Sirviéndose de la tarjeta de crédito de La Trice, había recuperado las transcripciones parciales del juicio al precio de menos de cinco dólares. A diferencia de los artículos de periódico antiguos que había imprimido de los microfilms de la biblioteca, los cuales no identificaban a algunas de las personas implicadas debido a que eran menores de edad, el documento que obtuvo proporcionaba una lista de todos los protagonistas con sus nombres. A partir de ahí, no resultó muy difícil continuar.

– No quiero Woods, tío -dijo Cody mientras Deon le quitaba el papel a un cigarrillo y volcaba el tabaco que contenía-. Vamos a hacernos un porro normal.

Deon siguió a lo suyo. Tomó un poco de hierba de un montoncito que había sobre la mesa y puso una buena cantidad en el papel Backwoods. A continuación enrolló el porro y lo selló.

– Menuda mierda -musitó Cody. Pero cuando Deon prendió la marihuana y se la pasó a él, le dio una buena calada.

Baker continuaba trabajando. Por muy poco dinero uno podía tener a su disposición toda clase de buscadores de personas, que estrechaban el campo por edad y por datos geográficos. No tardó en tener la dirección y la información de contacto de Peter Whitten. El otro, Alexander Pappas, resultó un poco más difícil de identificar. En el área de D.C. había unos cuantos que llevaban el mismo nombre, pero el que terminó eligiendo fue el que tenía la edad más aproximada. Aún vivía en el vecindario del que procedía. Tenía que ser el mismo tío al que él había machacado.

Escribió en el tratamiento de textos una carta redactada con sumo cuidado y sin firmar que copió de otra que había sido escrita a mano y que mostraba marcas de corrección y palabras en los márgenes. Seguidamente tecleó un nombre e imprimió la carta en un sobre que había introducido en la impresora de chorro de tinta.

En la habitación flotaba un denso humo de marihuana. A Cody y a Deon les había dado la risa floja cuando el primero se puso a alardear de su destreza con el videojuego de baloncesto. A Baker no le importaba que estuvieran colocados; así eran más fáciles de manejar.

– Repetid lo que os dije del código -dijo Baker.

– ¿Los códigos de la Xbox? -Cody no apartó la mirada de la pantalla ni los dedos del mando.

– El código para volver a entrar en el apartamento -replicó Baker con paciencia-. Os explique que teníais que llamar de una manera determinada.

– Tenemos llave -dijo Cody-. ¿Para qué necesitamos también llamar a la puerta?

– ¿Y si os la roban? ¿Y si volvéis acompañados de la policía? De esa forma sabré que sois vosotros.

– Golpe, golpe, pausa, golpe -dijo Deon.

– Exacto -respondió Baker-. ¿Estáis listos para salir?

– Un momento -dijo Cody empleando el lenguaje corporal para que los jugadores hicieran en la pantalla lo que él les ordenaba-. Estoy a punto de cargarme a este mamón.

– Di más bien que lo has soñado -dijo Deon.

– En cambio tú, si ganas es de pura chiripa.

– Ya jugarás luego -dijo Baker-. Tenemos trabajo.

Alex Pappas tenía una fotografía enmarcada y colgada en la cocina, en la que se veía a su padre, John Pappas, de pie junto a la parrilla de la cafetería, con el delantal puesto, una espátula en la mano y una sonrisa de felicidad en la cara. La parrilla estaba abarrotada de filas de hamburguesas descongeladas que estaba precocinando. Hacía aquello mismo todos los días a modo de preparación para la hora punta del almuerzo.

– ¿Por qué está sonriente?-preguntaba Johnny Pappas, el hijo mayor de Alex, cuando era pequeño-. ¡Sólo está haciendo hamburguesas! No es que hubiera ganado un millón de pavos ni nada parecido.

– Tú no lo entiendes -contestaba Alex.

Aquella foto era una manera de mantener a su padre vivo para los nietos que no habían llegado a conocerlo. Alex la había instalado junto al frigorífico, para que la vieran a menudo.

– Eh, papá -dijo Johnny Pappas al tiempo que entraba en la cocina-. No cierres todavía, ¿vale?

Alex acababa de meter un bloque de queso kasseri en la nevera de dos puertas, y todavía tenía que cerrarla. La mantuvo abierta mientras su hijo introducía la mano y extraía una botella de plástico de zumo de arándanos. Johnny bebió directamente de la botella.

– Lo bebes igual que un animal -comentó Alex.

– No quiero tener que lavar un vaso.

– ¿Cuánto hace que no lavas algo aquí?

– Eso es cierto -contestó Johnny.

Johnny volvió a dejar la botella en su sitio, rozando con su melena desgreñada el rostro de Alex, y se limpió la boca con la manga. Alex cerró la puerta del frigorífico y se fue con Vicki, que estaba sentada a la mesa de comer con varios menús para llevar extendidos ante ella. Iban a hacer un pedido de comida, pero Alex había sacado un poco de queso, aceitunas kalamata y pan tostado a modo de tentempié antes de la cena. Johnny también se sentó a la mesa con ellos.

En un pequeño televisor colocado sobre la encimera estaban dando un partido en horario de máxima audiencia. Los Pappas tenían una agradable salita de descanso provista de un televisor de pantalla grande, pero sobre todo Alex y Vicki se sentaban en la cocina y veían el de trece pulgadas. La cocina era la habitación central de la casa desde que los niños eran unos recién nacidos.

– ¿Qué tal nos ha ido hoy? -dijo Johnny.

– Yo he metido dos o tres millones -dijo Alex.

– ¿Nada más?

– Nos ha ido bien.

– Papá, he estado pensando…

– ¿Que te he dicho sobre lo de pensar?

– He estado pensando que deberíamos añadir algunas ofertas especiales al menú. Cambiar un poco la carta.

– Ah, ya empezamos.

1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 66
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)