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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– No puedes competir con todos los Panera que hay por ahí. O sea, si pretendes igualarlos en cuanto a sándwiches, vas a salir perdiendo.

– Este local no es de ese tipo. Yo tengo una parrilla y platos fríos. No dispongo de una cocina grande.

– No necesitas más espacio ni más equipamiento. Yo puedo hacer sopas gourmet con un solo quemador de gas. Y puede que saltear cangrejos cuando sea la temporada. Para los desayunos podemos ofrecer huevos rancheros y acompañamientos como embutido de manzana. Y como guarnición, unos cuantos gajos de aguacate fresco.

– Entiendo. Es posible que sepas preparar todas esas cosas tan ricas, pero no estás aquí todo el tiempo. ¿Quién va a hacerlas? ¿Y qué pasa si no funcionan?

– A Darlene le gustaría mucho aprender recetas y sándwiches nuevos. ¿No te parece que ella también está aburrida de las mismas cosas de siempre?

– Está aquí para trabajar, no para divertirse.

– Si lo probamos y no funciona, siempre podemos volver a lo que ya conocemos. No estoy diciendo que tires el menú antiguo a la basura, sino que hagamos algo diferente. Para atraer a clientes totalmente nuevos.

Alex gruñó y se cruzó de brazos.

Johnny había obtenido una diplomatura en marketing y acababa de graduarse en un instituto culinario. Durante una temporada había estado de aprendiz de chef en un restaurante de nouvelle cuisine que había cerca de la Universidad George Washington. Ahora estaba trabajando con su padre en la cafetería a la hora de los desayunos y la del almuerzo, que con frecuencia era una situación de opiniones enfrentadas. Vicki, que pensaba que su hijo necesitaba la experiencia cotidiana de cómo llevar un negocio, era la que había sugerido ensayar algo nuevo.

– Hoy he visto en una tienda una pizarra muy bonita con marco pintado a mano -dijo Johnny-. Pienso que deberíamos comprarla. Puedo ponerla encima del teléfono de la pared, para anotar en ella los platos del día.

– Por amor de Dios.

– Déjame probar, papá. Una sopa nueva, un sándwich nuevo. A ver si tiene éxito.

– ¿Avrio?

– Mañana, sí.

– De acuerdo. Pero a ver qué te parece este otro cambio: llegarás puntual al trabajo.

Johnny sonrió.

– ¿Cenas esta noche con nosotros, cielo? -preguntó Vicki con las gafas de leer que se había comprado en la farmacia apoyadas en la punta de la nariz.

– Depende de lo que vayáis a cenar -repuso Johnny.

– Ine aposoy -contestó Alex haciendo un movimiento de cabeza en dirección a él. Quería decir que su hijo era un escogido.

– No quiero comer nada de esa comida de plástico.

– ¿Y crees que yo sí? -replicó Alex.

– ¿Qué tal El Rancho? -propuso Vicki.

– Di más bien El Cucaracho -apuntó Johnny.

– No me apetece comida mexicana -dijo Alex-. Tengo el estómago…

– ¿Y el Mie Wah? -ofreció Vicki.

– No Me Va -retrucó Alex.

– No seas tan tacaño, papá.

– No es eso. Es que no me gustan los chinos.

– ¿Y el Cancún Especial?

– No se me dan bien las especialidades -repuso Alex. -Ya ha dicho que no quiere comida mexicana -apuntó Johnny.

– Bueno, pues algo tendremos que cenar -dijo Vicki.

– Venga, pedimos una pizza al Ledo -propuso Alex, una decisión a la que habían ido acercándose poco a poco.

– Yo voy a preparar una ensalada -se ofreció Vicki-. Pídela tú, Alex, ¿quieres?

– Si va Johnny a recogerla.

– Ya voy.

Lo vieron salir, un joven de veinticinco años alto, delgado y atractivo, vestido con vaqueros ajustados y una cazadora de cuero que parecía ser de una talla inferior a la suya.

– ¿Qué pintas son esas que lleva?-preguntó Alex-. ¿Qué es, metrosexual o algo así?

– Basta.

– Estoy preguntando.

– Es un joven hip, nada más -contestó Vicki, que estaba suscrita a muchas revistas que se podían adquirir en los pasillos del supermercado-. Lleva el look de uno de los chicos de ese grupo, los Strokes.

Alex la miró fijamente.

– Yo sí que tengo una cosa que puedes acariciar -dijo, aludiendo al nombre del grupo, «las caricias».

– Oh, por favor, Alex.

– Estoy diciendo que ya ha pasado mucho tiempo.

– ¿Tienes que mencionarlo?

– Un hombre tiene derecho a soñar.

– Pide la pizza, cielo.

– Vale, de acuerdo.

Fue hasta el teléfono y pidió una pizza grande con anchoas y champiñones. Vicki, que estaba alineando la lechuga, los pepinillos, las cebollas y las zanahorias junto a la tabla de cortar, volvió a dirigirse a él en cuanto colgó el teléfono.

– Cielo.

– Qué.

– Tenemos que hacer algo con lo del edificio.

– Está bien.

Alex y Vicki eran propietarios de una estructura de ladrillo de casi 1.600 metros cuadrados, que anteriormente había sido una subestación de Pepeo, frente a Piney Branch Road de Takoma Park. Se había distribuido en zonas para darle un uso comercial, y durante los cinco últimos años había estado alquilada por un persa que la utilizaba como salón de exposiciones para presentar muestras de alfombras y moquetas a sus clientes. Cuando su actividad comercial se fue por el mismo camino que el teléfono con cable, dejó el local. Vicki estaba preocupada por el flujo de efectivo, pero Alex no. Ella llevaba los libros de contabilidad, pagaba los impuestos y gestionaba las inversiones. Alex tenía talento para dirigir un negocio, pero no sentía interés alguno por la mecánica del dinero.

– Ya buscaré un inquilino -dijo Alex.

– Llevas diciendo eso desde que se marchó el iraní. Ya han pasado seis meses.

– El edificio está pagado.

– Pero todavía pagamos impuestos por la propiedad.

– Está bien.

– Simplemente lo señalo, Alex.

– Pero no vayas por ahí metiendo el dedo en todo, ¿quieres, Doña Metomentodo?

Vicki esbozó una sonrisa de satisfacción al tiempo que partía en dos una lechuga iceberg.

Era tirando a bajita, aún conservaba un buen tipo, tenía un poquito de barriga pero estaba bien. El pelo, teñido de negro, lo llevaba cortado al estilo que hizo famoso Jennifer Aniston en Friends pero que ahora ya estaba pasado de moda. Esto lo sabía hasta Alex. En cambio a su mujer le quedaba bien. Todavía se excitaba cuando contemplaba su modo de venir andando hacia la cama por las noches. El modo en que se volvía tímidamente para quitarse el sujetador.

Vicki había envejecido varios años en el único que había transcurrido desde la muerte de Gus, pero las arrugas nuevas que tenía en la cara no constituían ningún problema para Alex. La pena también le había adelantado el reloj a él. Sabía que Vicki y él iban a estar juntos hasta el final. Con todo lo que habían pasado y habiendo sobrevivido a ello, no le cabía la menor duda.

La conoció cuando ella acababa de terminar el instituto y estaba haciendo prácticas en el departamento de contabilidad del Machinist's Union Building, en el bloque 1300 de Connecticut. En dichas oficinas trabajaban las chicas más amantes de la diversión del área del sur de Dupont, y también las más simpáticas. Alex tenía veintitantos años y era un empresario joven, propietario de un restaurante, un buen partido. Ella acudía al local todas las mañanas y tomaba un café pequeño, con leche y azúcar, y un bollo. Se apellidaba Mimaros. Era greco-americana, ortodoxa, una koukla, y trataba con amabilidad a Darlene y al resto de la plantilla. A él no parecía hacerle caso. Alex la sacó a cenar y ella se mostró respetuosa con la camarera; si no hubiera sido así, Alex habría roto con ella al instante. Se casaron en el plazo de un año.

– ¿Qué opinas? -preguntó Vicki.

– ¿De qué?

– De Johnny, so tonto.

– Que tiene ideas fantasiosas.

– Está entusiasmado. Lo único que intenta es ayudar.

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