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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Sylvestra sonrió.

– Sí…, gracias, desde luego, gracias. -Hizo una pausa-. Miss Latterly…

– Dígame.

– ¿Rhys recuerda lo que le ocurrió?

– No lo sé. En estos casos las personas normalmente recuerdan, aunque no siempre. Tengo un amigo que sufrió un accidente y se dio un golpe en la cabeza. Sólo conserva recuerdos fugaces anteriores a ese día. A veces un sonido o un olor le recuerdan algo, pero sólo fragmentos. Tiene que juntar esos trozos como buenamente puede y descartar lo demás. Y aunque no ha conseguido rehacer su vida, se ha construido otra. -Abandonó la pretensión de comer-. Pero Rhys no se lesionó la cabeza. Quizá sea sólo esa noche lo que no puede recordar, y quizá sea lo mejor. A veces hay recuerdos que no podemos soportar. El olvido es el mecanismo con el que la naturaleza nos ayuda a conservar la cordura. Es la forma de curar que adopta la mente cuando el olvido natural resulta imposible.

Sylvestra tenía los ojos clavados en el plato.

– Los policías intentarán hacerle recordar. Necesitan saber quién le atacó y quién asesinó a mi marido. -Levantó la vista-. ¿Qué pasará si no soporta el recuerdo, miss Latterly? ¿Qué será de él si le acosan, le muestran pruebas, traen un testigo o lo que sea y le obligan a revivirlo? ¿Perderá la cabeza? ¿No podría usted evitarlo? ¿No podemos hacer nada para protegerlo? ¡Algo podrá hacerse!

– Sí, por supuesto -dijo Hester sin pensarlo. Su mente estaba centrada en el recuerdo de Rhys tratando desesperadamente de hablar, en sus ojos abiertos con horror, en su cuerpo empapado en sudor mientras se debatía con sus pesadillas, agarrotado por el miedo, con la garganta contraída en un grito silencioso mientras el dolor le atenazaba y nadie podía escucharle, nadie acudía en su ayuda-. Está demasiado enfermo para que le acosen y estoy convencida de que el doctor Wade así se lo hará saber. Además, dado que le es imposible hablar ni escribir, no puede hacer mucho más que asentir o negar. Tendrán que resolver este caso valiéndose de otros medios.

– ¡Ya me dirá cómo! -Sylvestra levantó la voz, arrebatada por la desesperación-Yo no puedo ayudarles. Sólo me hicieron preguntas estúpidas sobre lo que Leighton llevaba puesto y la hora en que se marchó. ¡Nada de eso les hará llegar a ninguna parte!

– ¿Qué podría ayudarles? -Hester vació su taza en el recipiente para los posos del té y alcanzó la tetera, ofreciéndose cortésmente a servir a Sylvestra también. Ante el asentimiento de ésta, llenó ambas tazas.

– Ojalá lo supiera -dijo Sylvestra, casi para sus adentros-. Me he devanado los sesos pensando qué podía estar haciendo Leighton en un sitio como ése, y lo único que se me ocurre es que llegó siguiendo a Rhys. Estaba… Estaba muy enfadado cuando salió de casa, mucho más enfadado de lo que le dije a ese muchacho de la policía. Me resulta desleal comentar asuntos de familia con desconocidos.

Hester sabía que no se refería tanto a los desconocidos como a las personas de distinta clase social, pues así era como consideraba a Evan. Naturalmente no sabía que el padre de éste era pastor de la iglesia y que había elegido el trabajo de policía empujado por la vocación de servir a la justicia, no porque fuese su lugar natural en la sociedad.

– Por supuesto -convino-. Es doloroso admitir, hasta para uno mismo, una discusión que ya no es posible reparar. Uno tiene que unirla al resto de la relación y verla meramente como una parte más que sólo por error ha sido la última. Probablemente fue menos importante de lo que ahora parece. Si el señor Duff estuviese vivo, seguro que habrían resuelto sus diferencias. -Hester procuró que no sonara como una pregunta.

Sylvestra tomó un sorbo de té recién servido.

– Eran bastante distintos. Rhys es el menor. Leighton decía que yo lo mimaba. Quizá tuviera razón. Me… Me daba la impresión de entenderlo tan bien. -Hizo una mueca de dolor-. Ahora me siento como si no lo entendiera en absoluto. Y mi fracaso puede haberle costado la vida a mi marido…

Sus dedos apretaban con tal fuerza la taza que Hester temió que la rompiera, derramándose el líquido caliente por encima, y que se cortara la mano con los fragmentos.

– ¡No se atormente por algo que no sabe si es cierto! -la exhortó-. Quizá debería pensar en algo que ayude a la policía a averiguar por qué fueron a St Giles. Puede que la causa se remonte a algo sucedido bastante antes de esa noche. Es un lugar espantoso. Debían tener una razón muy poderosa. ¿Es posible que lo hicieran por una tercera persona? ¿Un amigo con problemas?

Sylvestra levantó la vista y la miró con los ojos brillantes.

– Eso tendría sentido, ¿no es cierto?

– Así es. ¿Quiénes son los amigos de Rhys? ¿Quién puede preocuparle lo bastante para acudir a semejante lugar en su ayuda? Tal vez habían tomado dinero prestado. A veces ocurre…, una deuda de juego que no osaran reconocer ante su familia, o una muchacha de dudosa reputación.

Sylvestra sonrió pese al miedo, demostrando un gran dominio de sí misma.

– Me temo que eso encajaría muy bien con mi Rhys. Las chicas respetables le parecían más bien aburridas. Ésa fue la razón principal de la discusión con su padre. Le parecía injusto que Constance y Amalia pudieran viajar a la India y vivir toda suerte de experiencias exóticas, mientras a él se le exigía que permaneciese en casa y estudiara, que hiciese un buen matrimonio y se metiera en el negocio familiar.

– ¿A qué se dedicaba el señor Duff? -Hester sentía una considerable compasión por Rhys. Todo su deseo y su pasión, todos sus sueños, parecían centrarse en Oriente Medio, y sin embargo, le exigían que permaneciera en Londres mientras sus hermanas mayores corrían aventuras ya no imaginadas sino reales.

– Al Derecho -contestó Sylvestra-. Traspasos de bienes inmuebles, títulos de propiedad. Era el socio mayoritario. Tenía oficinas en Birmingham, Manchester y también en la City.

Muy respetable, pensó Hester, aunque no lo que anhelaría un espíritu soñador. Por lo menos cabía suponer que la familia dispondría de recursos. Las cuestiones económicas no debían representar un agravante. Se figuró que los Duff tenían previsto que Rhys fuera a la universidad y después siguiera los pasos de su padre en la empresa, comenzando, probablemente, como socio comanditario, para luego ascender con rapidez. Todo su futuro estaba planeado y estructurado. Naturalmente, era imprescindible que como mínimo contrajera un matrimonio decente y, a poder ser, afortunado. Hester casi podía notar cómo se iba tensando la red, igual que si la envolviese a ella. Era una vida que para decenas de miles de hombres suponía poco menos que un sueño.

Trató de imaginarse a Leighton Duff y las esperanzas que tenía puestas en su hijo, su rabia y frustración ante la ingratitud de Rhys, incapaz de valorar su suerte.

– Tuvo que ser un hombre de gran talento -dijo Hester, para llenar el silencio.

– En efecto -convino Sylvestra con una sonrisa distante-. Era inmensamente respetado. La cantidad de gente que tomaba en consideración sus opiniones era algo extraordinario. Tenía la virtud de percibir oportunidades y peligros que otros colegas, algunos muy hábiles y doctos, pasaban por alto.

Para Hester cada vez resultaba más complicado comprender su viaje a St Giles. Sabía muy poco de su personalidad, aparte de la ambición puesta en su hijo y, quizá, cierta falta de tacto a la hora de ejercer presión sobre él. Aunque, por otra parte, tampoco sabía cómo era Rhys antes del ataque. Puede que fuese muy terco, que desperdiciara su tiempo en lugar de dedicarse a estudiar. Quizá no había elegido bien a sus amistades, especialmente las femeninas. Podía muy bien ser un chico demasiado consentido por su madre, que se negara a crecer y asumir las responsabilidades propias de un adulto. Leighton Duff tal vez tenía sobrados motivos para sentirse exasperado con él. No sería la primera vez que una madre protegía en exceso a su hijo, consiguiendo así, sin proponérselo, lo último que deseaba para éclass="underline" convertirlo en un ser incapaz de disfrutar de ningún tipo de felicidad duradera, un ser en permanente dependencia, y un marido inepto casi con toda seguridad.

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