El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Hester fue hacia él y le rodeó los hombros con un brazo, levantándolo un poco para que le fuera más fácil respirar.
– ¡Ya basta! -ordenó-. ¡Basta! Esto no le ayudará a hablar. ¡Respire despacio! Dentro… Fuera… Dentro… Fuera… Eso es. Así está mejor. Siga así. Despacio. -Siguió sosteniéndolo hasta que volvió a respirar con normalidad, luego lo dejó recostado en las almohadas. Lo contempló sin apasionamiento, hasta que vio descender las lágrimas por sus mejillas y aparecer la desesperación en sus ojos. Parecía totalmente ajeno a sus manos, apoyadas sobre la colcha con las tablillas que debían sujetarle los huesos torcidas. Tenían que provocarle un daño atroz y, sin embargo, el dolor de la emoción que lo embargaba era tan grande que ni siquiera las notaba.
¿Qué había ocurrido en St Giles? ¿Qué recuerdo desgarraba sus entrañas con semejante carga de horror?
– Voy a cambiar el vendaje de las manos -dijo con amabilidad-. No podemos dejarlas así. Puede que los huesos se hayan desencajado.
Rhys parpadeó, pero no dio muestras de desacuerdo.
– Le haré daño -advirtió.
El muchacho sonrió y dio un resoplido, soltando el aire de golpe.
Le llevó casi tres cuartos de hora deshacer los vendajes de ambas manos, examinar los dedos rotos, consciente en todo momento del espantoso dolor que debía estarle infligiendo, y volver a entablillarlas y vendarlas. A decir verdad, era una tarea más indicada para un cirujano, y quizá Corriden Wade se enfadara con ella por haberse tomado la libertad de hacerlo en lugar de mandarlo llamar, pero le esperaban al día siguiente y ella era perfectamente capaz de hacerlo. Por descontado, no era la primera vez que recomponía los huesos de alguien. No podía dejar a Rhys en aquel estado mientras enviaba a un criado a buscar al doctor Wade a su casa. A aquellas horas era muy fácil que estuviese fuera cenando, o incluso en el teatro.
Después de todo el trabajo, Rhys quedó exhausto. Tenía la tez cenicienta por el dolor y la ropa empapada en sudor.
– Cambiaré las sábanas -dijo Hester, con total naturalidad-. No puede dormir con la cama así. Luego le traeré un preparado para calmar el dolor; a ver si así descansa un poco. Confío en que se lo pensará dos veces antes de volver a pegar a nadie.
Rhys se mordió el labio y la miró fijamente. Se le veía atribulado, aunque su expresión distaba mucho de semejar una disculpa. Era algo demasiado complicado para manifestarlo sin palabras, y puede que incluso haciendo uso de ellas.
Le ayudó a desplazarse hasta el otro lado de la cama, sosteniendo parte de su peso; estaba débil y mareado a causa del dolor. Quitó las sábanas usadas y manchadas de sangre, cambiándolas por otras limpias. Luego le ayudó a cambiarse la camisa de dormir, lo sostuvo con firmeza mientras volvía a ponerse en mitad de la cama, lo arropó y estiró bien la colcha.
– Volveré dentro de nada con el preparado para el dolor -anunció-. No se mueva hasta que vuelva.
Rhys asintió obedientemente.
Le llevó casi un cuarto de hora mezclar la dosis máxima que se atrevía a darle de la medicina del doctor Wade. Tendría que bastar para ayudarle a dormir al menos media noche. Cualquier cosa lo bastante fuerte para atenuar el dolor de las manos podría matarlo. Era lo mejor que podía hacer. Se la dio, sosteniendo el vaso mientras bebía.
Rhys hizo una mueca de asco.
– Ya sé que es amargo -reconoció Hester-, He traído unas pastillas de menta para quitar el mal sabor de boca.
La miró muy serio y luego, muy despacio, sonrió. Le estaba dando las gracias, su gesto no encerraba nada más, ninguna crueldad, ninguna satisfacción. No le era posible explicarse.
Hester le apartó el pelo de la frente.
– Buenas noches -dijo en voz baja-. Si me necesita, ya sabe, sólo tiene que dar un golpe a la campanilla.
Rhys enarcó las cejas.
– Sí, claro que vendré -prometió Hester.
Esta vez la sonrisa fue más franca; luego, de pronto, se volvió con los ojos bañados en lágrimas.
Hester salió sin decir nada más, amargamente consciente de que lo estaba dejando a solas con su horror y su silencio. La medicina por lo menos le haría descansar.
El médico se presentó a la mañana siguiente. Era un día sombrío, el cielo plomizo anunciaba nevadas y un viento gélido silbaba entre los aleros.
Llegó con la tez rubicunda por el frío y frotándose las manos para activar la circulación después de la inmovilidad del carruaje.
Sylvestra se mostró aliviada al verle y salió de la sala de estar en cuanto oyó su voz en el vestíbulo. Hester se hallaba en lo alto de las escaleras y no pudo evitar reparar en el esfuerzo del médico por sonreírle y en el alivio de ella, que se aproximó ansiosamente hasta él. El doctor Wade tomó sus manos entre las suyas y fue asintiendo con la cabeza mientras le hablaba. La conversación fue breve y acto seguido subió al encuentro de Hester, a quien tomó del brazo para apartarla del barandal hacia la parte más reservada del centro del descansillo.
– No hay buenas noticias -dijo en voz muy baja, temeroso de que Sylvestra fuera a oírlo desde abajo-. ¿Le ha administrado los polvos que dejé?
– Sí, en la dosis más fuerte que usted prescribió. Le han proporcionado cierto alivio.
– Sí -asintió con la cabeza. Parecía tener frío, se le veía preocupado y muy cansado, como si tampoco él hubiese dormido mucho. Igual había pasado la noche en vela, atendiendo a otros pacientes. Abajo, en el vestíbulo, los pasos de Sylvestra se alejaron hacia el salón de las visitas.
– Ojalá supiera qué hacer para ayudarle, pero debo confesar que trabajo a ciegas. -Wade miró a Hester con una sonrisa apenada-. Esto es muy diferente de la cubierta del buque donde me formé. -Soltó una risilla seca-. Allí todo iba muy aprisa. Traían a los hombres y los tendían sobre la lona. Todos aguardaban su turno, el primero que llegaba era el primero en ser atendido. El trabajo más frecuente era extraer balas de mosquete, astillas de madera… ¿Sabía que las astillas de teca son venenosas, miss Latterly?
– No.
– ¡Claro que no! Ya me figuro que no eran ningún problema en el ejército. Y en cambio, en la marina, no atendíamos a hombres pisoteados o arrastrados por caballos. Supongo que usted sí.
– Sí.
– Ahora bien, ambos estamos familiarizados con el fuego de los cañones, los tajos de sable y la fiebre… -Le brillaban los ojos al recordar agonías pasadas-. ¡Dios mío, las fiebres! La amarilla, el escorbuto, el paludismo…
– El cólera, el tifus, la gangrena -respondió Hester, reviviendo el pasado con espantosa claridad.
– La gangrena -convino Wade, sin apartar sus ojos de los de Hester-. ¡Dios santo, cuánto coraje llegué a ver! Me imagino que a usted le habrá ocurrido poco más o menos lo mismo.
– Creo que sí. -No quería rememorar las caras pálidas otra vez, los cuerpos vencidos, las fiebres, las muertes, aunque el haber formado parte de aquello le encendía una especie de orgullo, como una punzada de dolor interior, y agradecía ser capaz de compartirlo con aquel hombre que le comprendía como jamás podría hacerlo un mero lector u oyente-. ¿Qué podemos hacer por Rhys? -preguntó.
Wade tomó aire y lo dejó ir en forma de suspiro.
– Mantenerlo tan calmado y cómodo como podamos. Las lesiones internas se curarán con el tiempo, creo, a no ser que estén peor de lo que percibimos. Las heridas externas están cicatrizando, pero aún es pronto. -Se puso muy serio y bajó más la voz, contradiciendo sus palabras-. Es joven, estaba fuerte y gozaba de buena salud. Los tejidos se recompondrán, pero llevará tiempo. Todavía sufrirá dolores bastante agudos. Es lo que cabe esperar, y lo único que podemos hacer es resistir. En cierta medida, los polvos que le di pueden aliviarle. Le cambiaré los apósitos cada vez que lo visite para asegurarme de que no haya infección. De momento, apenas supura y no hay signos de gangrena. Debo ser muy cuidadoso.