El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
En el umbral, Hester comenzó a tranquilizarse.
Rhys miraba a Arthur fascinado.
– ¡Tengo que contarte algunas cosas que he descubierto! -prosiguió Arthur entusiasmado-. Intenté contárselas a Duke, pero ya le conoces. No le interesaban ni remotamente. Carece de imaginación. Ve el tiempo como una serie de habitaciones pequeñas, todas sin ventana. Si estás en la de hoy, eso es todo lo que existe. Yo lo veo como un inmenso todo. Cada día es tan importante y tan real como cualquier otro. ¿No estás de acuerdo?
Rhys sonrió y asintió con la cabeza.
– ¿Puedo hablarte de esto? -preguntó Arthur-. ¿No te importa? Me moría de ganas de encontrar a alguien. Papá se enfadaría conmigo, diría que pierdo el tiempo. Mamá me escucharía a medias y luego se olvidaría. Duke piensa que soy idiota. Pero tú eres un público cautivo… -Se puso rojo como un tomate-. Perdón… ¡Ha sido una estupidez decir eso! ¡Ojalá me hubiese mordido la lengua!
Rhys le dedicó una sonrisa resplandeciente. Su semblante se transformó por completo, iluminándose con un extraordinario encanto. Hasta entonces Hester no había tenido ocasión de ver en él un gesto tan caluroso.
– Gracias -dijo Arthur, meneando la cabeza-. Lo que quería decir es que sé que tú me entenderás. -Y pasó á describir los descubrimientos que Belzoni había efectuado en Egipto, levantando la voz con entusiasmo y gesticulando con las manos para dar énfasis a sus palabras.
Hester se escabulló sin hacer ruido. Confiaba plenamente en que Arthur Kynaston no iba a causarle ningún mal innecesario a Rhys. Era posible que le recordara otros tiempos, con su padre vivo y él en plena forma, pero de todos modos pensaría por su cuenta en esas cosas. Tal vez Arthur metiera la pata de vez en cuando; eso era también inevitable. Aun así, estarían mucho mejor a solas.
Abajo, Janet, la criada, le dijo que la señora Duff estaría encantada de que se reuniera con ella en el salón de las visitas para tomar el té.
Era una gentileza por su parte y, a decir verdad, Hester no se lo esperaba. No pertenecía al servicio de la casa pero tampoco era una invitada. Tal vez Sylvestra deseaba que conociera en la medida de lo posible a los amigos de la familia con vistas a tener más recursos para ayudar a Rhys, para explicar la rabia que anidaba en él. La soledad la consumía y Hester era el único puente entre ella y su hijo, salvo Corriden Wade, cuyas visitas eran siempre muy breves.
Fue presentada y Fidelis Kynaston no delató su sorpresa al admitirla como partícipe en la visita de la tarde y la conversación.
– ¿Está…? -comenzó Sylvestra, nerviosa.
Hester contestó con una sonrisa que evidenció su satisfacción.
– Lo están pasando en grande -explicó confiada-. El señor Kynaston le está refiriendo los descubrimientos del signor Belzoni a lo largo del Nilo y ambos parecen disfrutar muchísimo. Debo reconocer que también despertó mi interés. Creo que cuando disponga de tiempo, iré a comprar un ejemplar del libro.
Sylvestra suspiró aliviada y todo su cuerpo se relajó, destensando los músculos de los hombros y la espalda, de modo que la seda del vestido dejó de estar tirante. Se volvió hacia Fidelis.
– Te agradezco mucho que hayas venido. No siempre resulta sencillo visitar a personas enfermas, o de luto. Nunca se sabe qué decir…
– Querida, ¿qué clase de amiga sería una, si en el momento en que se la necesita, decidiera estar en otra parte? ¡Nunca he visto que tú adoptaras esa actitud! -declaró Fidelis, inclinándose hacia delante.
Sylvestra se encogió de hombros.
– Ha habido tan poco…
– Nada ha sido como esto -convino Fidelis-. Pero ha habido situaciones violentas, pese a que nunca se mencionen, y tú no sólo te has dado cuenta, sino que estabas presente ofreciendo tu compañía.
Sylvestra agradeció el cumplido con una sonrisa.
La conversación se centró en cuestiones de interés general, acontecimientos cotidianos triviales y asuntos de familia. Sylvestra releyó las últimas cartas de Amalia desde la India, donde por supuesto aún no estaban al corriente de lo acontecido en Londres. Escribía sobre la pobreza que veía, y en particular de las enfermedades y la falta de agua potable, cuestión que al parecer le preocupaba sobremanera. Hester participaba allí donde lo permitían los buenos modales. Luego Fidelis la interrogó acerca de sus experiencias en Crimea. Su interés parecía bastante genuino.
– Tiene que haberle resultado extraño regresar a Inglaterra después del peligro y la responsabilidad que entrañaba su trabajo allí -dijo, frunciendo el ceño.
– Lo más difícil fue cambiar la actitud mental -admitió Hester en un alarde de eufemismo. Lo cierto era que le había resultado imposible. Un mes antes trataba con hombres agonizantes, heridas terribles, decisiones que afectaban a la vida de personas, y un mes después le exigían que se comportara como un sumiso y agradecido ser dependiente, que no opinara acerca de nada más importante o controvertido que una falda o un budín.
Fidelis sonrió y en sus ojos bailó un destello de picardía que invitaba a pensar que intuía la verdad.
– ¿Conoce al doctor Wade? Sí, claro que lo conoce. Sirvió en la marina durante muchos años, ¿sabe? Me imagino que usted tendrá algunas cosas en común con él. Es un hombre sorprendente. Tiene mucha fuerza, tanto de voluntad como de carácter.
Hester recordó el rostro del doctor Wade cuando le hablaba en el descansillo sobre los marineros que había conocido, hombres que habían luchado con Nelson, que habían participado en las grandes batallas navales que cambiaron el rumbo de la historia cuarenta y cinco años atrás, cuando Inglaterra resistió sola contra los inmensos ejércitos de Napoleón, aliado con España, y el destino de Europa pendía de un hilo. Había visto el fulgor de la imaginación en sus ojos, el conocimiento de lo que significaba, del coste en vidas y dolor. En el timbre de su voz había percibido su admiración por la dedicación y el sacrificio de aquellos hombres.
– Sí -dijo con súbita vehemencia-. Sí que lo es. Me ha contado algunas de sus experiencias.
– Mi marido lo admiraba muchísimo -apostilló Sylvestra-. Hacía casi veinte años que se conocían. Por supuesto no de manera íntima al principio. Eso sería antes de que desembarcara. -Adoptó un aire meditabundo, como si pensara en otra cosa, algo que no llegaba a comprender. Borró esa expresión y se dirigió a Fidelis-. Es extraño cuando piensas en la cantidad de cosas que no compartes de la vida de una persona, aunque la veas a diario y comentes con ella toda suerte de cosas, aunque tengáis un hogar y una familia en común, hasta un destino compartido. Y, sin embargo, gran parte de sus pensamientos, sentimientos y creencias se desarrollaban en lugares donde nunca estuviste y que no se parecen a nada de lo que tú has vivido.
– Supongo que sí -dijo Fidelis despacio, frunciendo apenas las cejas rubias-. Gran parte de lo que observamos nos resulta incomprensible. Vemos lo que aparentemente son los mismos acontecimientos y, sin embargo, cuando luego hablamos de ellos parecen muy diferentes, como si no estuviésemos hablando de lo mismo. Antes me preguntaba si sería cosa de la memoria, pero ahora sé que ante todo se trata de distintas percepciones. Supongo que forma parte del hacerse adulto. -Esbozó una sonrisa, tomándose a broma su insensatez-. Te das cuenta de que la gente no siempre piensa y siente como tú. Hay cosas que no se pueden comunicar.
– Pero, Fidelis -cuestionó Sylvestra-, para eso tenemos el habla.
– Las palabras son sólo etiquetas -repuso aquélla, expresando ideas que en boca de Hester resultarían osadas-. Son una forma de describir una idea. Si no sabes de qué idea se trata, la etiqueta no te lo dirá.
Sylvestra se quedó perpleja.
– Recuerdo que Joel una vez intentaba explicarme unas ideas griegas o árabes -trató de aclarar Fidelis-. No entendí nada, porque no tenemos esos conceptos en nuestra cultura. -Sonrió compungida-. Al final no tuvo más remedio que emplear la palabra del idioma original y, claro, no me sirvió de nada. Seguía sin tener la menor idea de lo que quería decir. -Miró a Hester-. ¿Acaso puede usted contarme lo que es ver morir de cólera a un joven soldado en Scutari, o ver los vagones cargados de heridos que llegaban de Sebastopol, o de Balaclava, muertos de hambre y frío? Quiero decir, ¿puede contármelo de modo que yo sienta lo que usted sintió?