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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Hizo una pausa en una taberna, donde pidió una empanada caliente y una jarra de cerveza negra que le ayudaron a recobrar el ánimo. Cuando se disponía a entablar conversación con los demás parroquianos, o con el encargado, lo pensó mejor y decidió no hacerlo. El rumor correría como la pólvora. Mejor que se encargase Vida de las preguntas más evidentes. Era una de ellos y la respetarían, y puede que hasta le dijeran la verdad.

Trabajó hasta bastante después de la medianoche, recorriendo trabajosamente las calles limítrofes de Seven Dials, sobre todo las que daban al norte y al oeste, hacia Oxford Street y Regent Street, hablando con un cochero tras otro, haciendo siempre las mismas preguntas. El último de ellos era igual que los demás.

– ¿Adónde va?

– A casa… Fitzroy Street -contestó Monk, sin moverse de la acera.

– Vale.

– ¿Suele trabajar en esta zona?

– Sí, ¿por qué?

– Siento apartarlo tanto de su camino. -Puso un pie en el estribo, demorándose.

El cochero rió secamente.

– Para eso estoy aquí. Yendo a la vuelta de la esquina sí que no hago negocio.

– Hará usted unas cuantas carreras hacia el norte y el oeste, me imagino.

– Algunas. ¿Va usted a subir o no?

– Sí -contestó Monk, sin hacerlo-. ¿Recuerda haber recogido a un par de caballeros en esta zona, probablemente a esta hora de la noche, o más tarde, con pinta de haber peleado, quizá con la ropa mojada, quizá arañados o golpeados, para llevarlos de regreso al oeste?

– ¿Por qué? ¿A usted qué le importa si lo hice o no? Llevo a montones de caballeros a montones de sitios. Oiga, ¿quién es usted? ¿Por qué quiere saberlo?

– Algunas mujeres de este barrio han sido víctimas de palizas brutales -repuso Monk-. Y creo que los autores son hombres de otra zona, probablemente del oeste, hombres bien vestidos que vinieron aquí en busca de un poco de acción y se pasaron de rosca. Me gustaría dar con ellos.

– ¡No me diga! -El cochero titubeaba, sopesando las ventajas y los inconvenientes de cooperar-. ¿Por qué? Esas mujeres le pertenecen, ¿es eso?

– Me pagan para que los descubra -dijo Monk honestamente-. Hay alguien que cree que merece la pena acabar con esto.

– ¿Quién? ¿Un chulo? Mire, no me voy a pasar aquí toda la noche contestando a sus estúpidas preguntas a menos que me pague, ¿estamos?

Monk metió la mano en el bolsillo y sacó media corona. La sostuvo de manera que el cochero la viera bien, pero sin dársela.

– Trabajo para Vida Hopgood; su marido es el amo del taller donde trabajan las chicas. Y no aprueba la violación. Me da que a usted le trae sin cuidado, ¿verdad?

El cochero renegó, con voz enojada.

– ¿Quién cojones se ha creído que es para decir que me trae sin cuidado, puñetero chuleta del oeste? ¡Esos cabrones vinieron aquí a por una mujer, la trataron como a un trapo y luego volvieron corriendo a sus casas como si hubiesen salido de copas por el centro! -espetó con seco desprecio.

Monk le alcanzó la media corona y el cochero la mordió con gesto instintivo.

– Entonces dígame, ¿dónde los recogió y adonde los llevó? -preguntó Monk.

– Los recogí en Brick Lane -contestó el cochero-. Y los llevé hasta Portman Square. En otra ocasión los llevé hasta Eaton Square. Eso no significa que vivan allí. No tiene ninguna posibilidad de encontrarlos. Y si lo logra, ¿qué? ¿Quién piensa que se vaya a creer lo que diga una pobre lagarta de Seven Dials frente a la palabra de un chuleta del oeste? Dirán que vende su cuerpo y, ¿qué hay de extraño en que de vez en cuando la cosa se ponga cruda? Su cliente compra y paga, ¿no? No suelen hacer mucho caso que digamos cuando violan a una mujer honrada. ¿Qué caso cree que le harán a una puta?

– No mucho -admitió Monk con vergüenza-, pero hay otros medios, si la ley no hace nada.

– ¿Ah sí? -La voz del cochero vibró un instante con un deje de esperanza-. ¿Como qué? ¿Colgará a esos bastardos por su cuenta? Lo único que conseguiría sería que lo lincharan. Los guindillas nunca dejarán impune el asesinato de un caballero. No se tomarán demasiadas molestias si a una ramera de por aquí le dan un mamporro en la cabeza y resulta que se muere por culpa del golpe.

Pasa cada dos por tres. Ahora bien, deje que a un señor del oeste le asesten un navajazo en la tripa y verá la que se arma. Habrá guindillas por todas las calles. Hágame caso, no vale la pena. Lo pagaremos todos, palabra.

– Estaba pensando en algo más sutil -repuso Monk, con una sonrisa lobuna.

– Ya. ¿En qué, si puede saberse? -El cochero estaba prestando atención; se inclinó hacia un lado en el pescante, tratando de ver con claridad a Monk entre la nieve, bajo la escasa luz de una farola.

– Pues en asegurarme de que todo el mundo se entere -contestó Monk-. Convertiré el asunto en noticia, con todos los detalles.

– ¡Les dará igual! -La decepción del cochero era palpable-. Todos sus amigos pensarán que son muy listos. ¿Qué puede importarles una puta a esos cerdos?

– Puede que a sus amigos no les importe -replicó Monk furioso-. ¡Pero a su esposa sí! ¡Y a sus suegros también, sobre todo a su suegra!

El cochero blasfemó en voz baja.

– Y puede que a las esposas de sus socios y de sus amigos de la alta sociedad también, pues son las madres de las chicas con quienes aspiran a casarse sus hijos-continuó Monk.

– ¡Vale, vale! -espetó el cochero-. Ya lo entiendo. ¿Qué quiere saber? No sé quiénes eran. No los reconocería aunque los tuviera a un palmo de mis narices. Aunque por lo demás, supongo que tampoco me acordaré de usted mañana. Esos tipos se guardaron muy mucho de enseñar la cara. Pensé que lo hacían para darse aires de superioridad. No se dignaron hablarme, sólo me dieron órdenes.

– ¿Qué clase de órdenes? -preguntó Monk enseguida.

– Que los llevara hacia el norte y los dejara en Portman Square. Dijeron que seguirían a pie hasta sus casas desde allí. Listos, los cabrones, ¿eh? Entonces no le di más vueltas. Ni siquiera tienen por qué vivir cerca de Portman Square. Podrían haber cogido otro coche allí para que los llevara hasta donde viven. Puede ser cualquier sitio.

– Es un comienzo.

– ¡Venga ya! ¡Ni siquiera los pijoteros de los guindillas los encontrarían partiendo de eso!

– Es posible, pero han estado aquí una docena de veces por lo menos. Tiene que haber un factor común en alguna parte, y si lo hay, lo encontraré -dijo Monk con voz grave y rencorosa-. Preguntaré a todos los demás cocheros, a la gente de la calle. Alguien debió verlos, alguien tiene que saber algo. Cometerán un error. Seguramente ya hayan cometido alguno, quizá varios.

El cochero se estremeció, y sólo en parte debido a la nieve. Escudriñó el rostro de Monk.

– Es usted un puñetero lobo. ¡Suerte tengo de que no vaya a por mí! Y ahora, si quiere irse a casa, suba a mi coche y vayamos tirando. Si tiene la intención de quedarse aquí plantado toda la noche, tendrá que ser sin mi compañía, ni la de mi pobre caballo.

Monk subió y tomó asiento, aunque tenía demasiado frío para relajarse, y se dejó llevar entre sacudidas hacia Fitzroy Street y su cama caliente.

* * *

A la mañana siguiente se despertó con un tremendo dolor de cabeza. Estaba de un humor de perros, aunque no tuviera derecho a estarlo. Disponía de un hogar, ropa, comida y cierta seguridad. Si no se encontraba bien era porque había dormido con el cuerpo agarrotado a causa del enojo que le habían causado las novedades de la víspera.

Se afeitó y vistió, tomó el desayuno y se dirigió a la comisaría de policía donde solía trabajar hasta que se peleó definitiva e irrevocablemente con Runcorn, viéndose obligado a dimitir. No hacía tanto tiempo de eso, unos dos años aproximadamente. Todavía se acordaban de él en el cuerpo, aunque, con sentimientos encontrados. Estaban quienes seguían temiéndole, pendientes aún de una posible crítica o pulla por la calidad de su trabajo, su dedicación o su inteligencia. A veces había sido justo en sus recriminaciones, pero no en la mayoría de las ocasiones.

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