El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Sylvestra estaba sumida en sus pensamientos, recordando un pasado más grato.
– Leighton podía llegar a ser muy gallardo -dijo pensativa-. Participó en muchos concursos hípicos cuando era joven. Era increíblemente bueno. Nunca tuvo cuadra propia, pero sus amigos se lo disputaban para que montara sus caballos. Ganaba con frecuencia, pues tenía coraje…, y por supuesto habilidad. A mí me encantaba verlo, pese a, que me aterraba que pudiera caerse. A la velocidad que van puede ser muy peligroso.
Hester trató de imaginarlo. Aquello no concordaba en absoluto con la idea de hombre serio y formal que se había forjado, la de un mesurado abogado redactando escrituras de propiedad. Qué soberana tontería juzgar a una persona a partir de unos pocos datos, cuando quedaba tanto por saber. Quizá el ejercicio de su profesión sólo fuese una pequeña parte de su vida, un aspecto práctico que le permitía mantener a su familia y quizá también la aventura y la imaginación de su verdadero ser. Cabía la posibilidad de que Constance y Amalia hubiesen heredado el coraje y los sueños de su padre.
– Supongo que tuvo que dejarlo al irse haciendo mayor -dijo, no sin prudencia.
Sylvestra sonrió.
– Sí, así fue. Se dio cuenta cuando un amigo nuestro sufrió una caída muy grave. Quedó lisiado. Bueno, aprendió a caminar de nuevo, después de unos seis meses, pero siempre con dolor, y no pudo seguir ejerciendo su profesión. Era cirujano y sus manos perdieron toda la firmeza. Fue una tragedia. Sólo tenía cuarenta y tres años.
Hester no contestó. Pensaba en ese hombre que había consagrado su vida a un arte, perdiéndolo todo al instante en una caída de caballo, cuando ni siquiera estaba haciendo algo necesario, simplemente una carrera. Cuánto arrepentimiento, cuánta culpabilidad por los apuros de su familia.
– Leighton le ayudó mucho -continuó Sylvestra-. Gestionó la venta de unas propiedades e invirtió el dinero para que obtuviera ingresos, al menos para su familia.
Hester se apresuró a sonreír, para dar a entender que atendía y manifestar aprobación.
El rostro de Sylvestra se ensombreció de nuevo.
– ¿Piensa que Rhys puede haber ido a ese sitio espantoso en busca de un amigo con problemas? -preguntó.
– Podría ser.
– Tendré que preguntárselo a Arthur Kynaston. Puede que venga a ver a Rhys, cuando esté un poco mejor. Igual le apetece.
– Lo mejor será que le preguntemos a él, dentro de uno o dos días. ¿Es buen amigo de Rhys?
– Oh, sí. Arthur es hijo de uno de los amigos más íntimos de Leighton, el director de Rowntrees; un excelente colegio para chicos que hay cerca de aquí. -Dulcificó un poco el rostro y habló con un ápice de entusiasmo-. Joel Kynaston fue un estudiante brillante, y decidió dedicar su vida a enseñar a los muchachos a amar el aprendizaje, sobre todo los clásicos. Ahí es donde Rhys ha aprendido todo el latín y el griego que sabe, y de ahí viene también su pasión por la historia y las culturas antiguas. Es la mayor bendición que puede recibir un joven. O una persona de cualquier edad, supongo.
– Por supuesto -convino Hester.
– Arthur tiene la misma edad que Rhys. Su hermano mayor, Marmaduke, a quien llaman Duke, también es amigo suyo. Es un poco… ¿más alocado, quizá? La gente inteligente a veces lo es, y Duke tiene mucho talento. Me consta que Leighton pensaba que era muy testarudo. Ahora está en Oxford estudiando clásicas, como su padre. Naturalmente, pasa la Navidad en casa. Seguro que los dos están muy apenados.
Hester terminó su tostada y apuró su taza de té. Al menos sabía algo más sobre Rhys. Seguía sin explicarse qué le había ocurrido, pero empezaban a abrirse posibilidades.
Nada de cuanto había aprendido la preparó para lo que sucedió aquella tarde cuando Sylvestra entró en el dormitorio por tercera vez en lo que iba de día. Rhys había tomado un almuerzo muy ligero y luego se había dormido. Tenía el cuerpo dolorido. Estar siempre tendido más o menos en la misma postura le estaba anquilosando, y las heridas cicatrizaban muy despacio. Era imposible determinar qué lesiones internas le hacían daño, estaban hinchadas o incluso sangraban. Estaba muy incómodo y no concilio el sueño hasta que Hester le dio una infusión sedante para tranquilizarlo un poco.
Despertó nada más entrar Sylvestra, que se acercó y se sentó en una silla al lado de la cama.
– ¿Cómo estás, cariño? -dijo dulcemente-. ¿Has descansado?
Rhys la miraba fijamente. Hester estaba de pie junto a la cama y percibió el sombrío dolor que reflejaban sus ojos.
Sylvestra alargó la mano y acarició con ternura el brazo desnudo de su hijo, más arriba de las tablillas y la escayola.
– Con cada día que pase te pondrás un poco mejor, Rhys -dijo casi en un susurro, con un nudo en la garganta-. Se te pasará y te curarás.
Rhys no apartaba la vista de ella; sus labios se fueron retrayendo, enseñando los dientes con una gélida mirada de sumo desdén.
Fue como si Sylvestra encajara un golpe. Su mano permaneció en el brazo de su hijo, pero como congelada. Estaba demasiado aturdida para moverse.
– ¿Rhys…?
Un odio feroz invadió su rostro; daba la impresión de que, en caso de haber tenido fuerzas, la hubiese emprendido a golpes con ella, hiriéndola, deleitándose en su dolor.
– Rhys… -Abrió la boca para continuar pero no le salieron las palabras. Apartó la mano como si se la hubiese lastimado, protegiéndola con la otra.
El semblante de Rhys se relajó, todo signo de violencia había desaparecido, dejándole tullido y magullado.
Sylvestra volvió a tender la mano, perdonándole al instante.
Él la miró, midiendo sus sentimientos, esperando; luego levantó la otra mano y la golpeó con un violento movimiento que le descolocó las tablillas del vendaje. Sin duda, para sus huesos rotos debió de ser una agonía y la conmoción empalideció su rostro; sin embargo, no apartó los ojos de los de su madre, que se llenaron de lágrimas.
Sylvestra se puso de pie, esta vez herida de verdad, aunque el daño físico no era nada comparado con el dolor que le causaban la confusión, el rechazo y la impotencia. Caminó despacio hasta la puerta y salió de la habitación.
Los labios de Rhys dibujaron lentamente una maliciosa sonrisa de satisfacción y volvió la cara para mirar a Hester.
Ésta tenía el corazón helado.
– Eso ha sido horrible -dijo claramente-. Denigrante.
Rhys sostuvo su mirada mientras la confusión se iba adueñando de él. Fuera lo que fuese lo que esperaba de ella, al parecer aquella respuesta le sorprendió.
Hester sentía demasiada repulsa y era demasiado consciente del pesar de Sylvestra para guardarse lo que pensaba. Desconocía semejante clase de horror; era una mezcla de compasión y miedo, una sensación tan oscura que no admitía descripción.
– Lo que ha hecho ha sido cruel y absurdo -continuó-. ¡Estoy muy disgustada!
La ira refulgía en los ojos de Rhys, que volvió a sonreír, torciendo el gesto, como burlándose de sí mismo.
Hester le dio la espalda.
Le oyó golpear la sábana con la mano. Tuvo que dolerle, pues sin duda los huesos rotos se resintieron aún más. Era el único sistema que tenía para llamar la atención, a no ser que derribara la campanilla, pero en caso de hacerlo los demás podrían oírlo, sobre todo Sylvestra si aún no había bajado.
Hester se volvió de nuevo hacia él.
Rhys trataba desesperadamente de hablar. Sacudía la cabeza, movía los labios y convulsionaba la garganta esforzándose, sin éxito, por emitir algún sonido. Sólo jadeos. Intentaba cobrar aliento mientras se asfixiaba, pero le daban arcadas y volvía a asfixiarse.
Hester fue hacia él y le rodeó los hombros con un brazo, levantándolo un poco para que le fuera más fácil respirar.
– ¡Ya basta! -ordenó-. ¡Basta! Esto no le ayudará a hablar. ¡Respire despacio! Dentro… Fuera… Dentro… Fuera… Eso es. Así está mejor. Siga así. Despacio. -Siguió sosteniéndolo hasta que volvió a respirar con normalidad, luego lo dejó recostado en las almohadas. Lo contempló sin apasionamiento, hasta que vio descender las lágrimas por sus mejillas y aparecer la desesperación en sus ojos. Parecía totalmente ajeno a sus manos, apoyadas sobre la colcha con las tablillas que debían sujetarle los huesos torcidas. Tenían que provocarle un daño atroz y, sin embargo, el dolor de la emoción que lo embargaba era tan grande que ni siquiera las notaba.
¿Qué había ocurrido en St Giles? ¿Qué recuerdo desgarraba sus entrañas con semejante carga de horror?
– Voy a cambiar el vendaje de las manos -dijo con amabilidad-. No podemos dejarlas así. Puede que los huesos se hayan desencajado.
Rhys parpadeó, pero no dio muestras de desacuerdo.
– Le haré daño -advirtió.
El muchacho sonrió y dio un resoplido, soltando el aire de golpe.
Le llevó casi tres cuartos de hora deshacer los vendajes de ambas manos, examinar los dedos rotos, consciente en todo momento del espantoso dolor que debía estarle infligiendo, y volver a entablillarlas y vendarlas. A decir verdad, era una tarea más indicada para un cirujano, y quizá Corriden Wade se enfadara con ella por haberse tomado la libertad de hacerlo en lugar de mandarlo llamar, pero le esperaban al día siguiente y ella era perfectamente capaz de hacerlo. Por descontado, no era la primera vez que recomponía los huesos de alguien. No podía dejar a Rhys en aquel estado mientras enviaba a un criado a buscar al doctor Wade a su casa. A aquellas horas era muy fácil que estuviese fuera cenando, o incluso en el teatro.
Después de todo el trabajo, Rhys quedó exhausto. Tenía la tez cenicienta por el dolor y la ropa empapada en sudor.
– Cambiaré las sábanas -dijo Hester, con total naturalidad-. No puede dormir con la cama así. Luego le traeré un preparado para calmar el dolor; a ver si así descansa un poco. Confío en que se lo pensará dos veces antes de volver a pegar a nadie.
Rhys se mordió el labio y la miró fijamente. Se le veía atribulado, aunque su expresión distaba mucho de semejar una disculpa. Era algo demasiado complicado para manifestarlo sin palabras, y puede que incluso haciendo uso de ellas.
Le ayudó a desplazarse hasta el otro lado de la cama, sosteniendo parte de su peso; estaba débil y mareado a causa del dolor. Quitó las sábanas usadas y manchadas de sangre, cambiándolas por otras limpias. Luego le ayudó a cambiarse la camisa de dormir, lo sostuvo con firmeza mientras volvía a ponerse en mitad de la cama, lo arropó y estiró bien la colcha.
– Volveré dentro de nada con el preparado para el dolor -anunció-. No se mueva hasta que vuelva.
Rhys asintió obedientemente.
Le llevó casi un cuarto de hora mezclar la dosis máxima que se atrevía a darle de la medicina del doctor Wade. Tendría que bastar para ayudarle a dormir al menos media noche. Cualquier cosa lo bastante fuerte para atenuar el dolor de las manos podría matarlo. Era lo mejor que podía hacer. Se la dio, sosteniendo el vaso mientras bebía.
Rhys hizo una mueca de asco.
– Ya sé que es amargo -reconoció Hester-, He traído unas pastillas de menta para quitar el mal sabor de boca.
La miró muy serio y luego, muy despacio, sonrió. Le estaba dando las gracias, su gesto no encerraba nada más, ninguna crueldad, ninguna satisfacción. No le era posible explicarse.
Hester le apartó el pelo de la frente.
– Buenas noches -dijo en voz baja-. Si me necesita, ya sabe, sólo tiene que dar un golpe a la campanilla.
Rhys enarcó las cejas.
– Sí, claro que vendré -prometió Hester.
Esta vez la sonrisa fue más franca; luego, de pronto, se volvió con los ojos bañados en lágrimas.
Hester salió sin decir nada más, amargamente consciente de que lo estaba dejando a solas con su horror y su silencio. La medicina por lo menos le haría descansar.