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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Podía no ser más que la fatiga del dolor físico y el temor a que se prolongara en una infinita sucesión de días interminables. ¿Iba a pasarse el resto de su vida allí, encerrado en el silencio de su terrible aislamiento?

¿O recobraría la memoria pese a revivir con ello el terror, el dolor y la impotencia?

Hester deseaba tocarle. Era la forma de comunicación más inmediata. No era preciso decir nada. No cabía ninguna pregunta, ninguna torpeza o suposición errónea, se trataba simplemente de proximidad.

Aunque entonces recordó cómo había rechazado a su madre. A ella no la conocía lo bastante y no sería extraño que lo considerase una intromisión, una familiaridad que no le correspondía, un provecho que sacaba sólo porque él estaba enfermo y dependía de ella.

Al final dejó que hablara su mente.

– Rhys…

No se movió.

– Rhys…, ¿quiere que me quede un rato o prefiere estar solo?

El muchacho se volvió muy despacio y la miró fijamente, con los ojos muy abiertos y ensombrecidos.

Hester trató de descifrar el mensaje que contenían, de percibir qué emoción, qué necesidad clamaba en su mente y le desgarraba hasta el punto de no soportarlo ni poder manifestarlo con palabras. Prescindiendo de lo que había decidido, se dejó llevar por su propia necesidad y le tocó, posando la mano en el brazo desnudo de Rhys más arriba de los vendajes y las tablillas.

Rhys no pestañeó.

Hester esbozó una sonrisa.

El muchacho abrió la boca, tensó la garganta pero no emitió sonido alguno. Empezó a respirar más deprisa, tragando saliva. Tenía que jadear para no atragantarse, pero no le salía la voz, ni una palabra.

Hester le puso una mano en los labios.

– No pasa nada. Espere un poco. Concédase tiempo para curarse. ¿Hay…, hay algo en particular que quiera decir?

Nada. Sus ojos eran todo pavor y desdicha.

Ella aguardó, tratando de comprender.

Poco a poco los ojos de Rhys se llenaron de lágrimas y negó con la cabeza.

Hester le apartó el cabello oscuro de la frente.

– ¿Tiene ganas de dormir?

Volvió a negar con la cabeza.

– ¿Quiere que busque algo para leer?

Asintió.

Hester fue hasta la estantería. ¿Realmente debía descartar cualquier cosa que pudiera causarle pena, recordarle su estado o reavivar sus recuerdos? ¿No acabaría siendo todo más evidente debido a su ausencia?

Eligió una traducción de La Ilíada. Estaría cuajada de batallas y muertes pero el lenguaje sería hermoso, y rebosaría vida con imágenes y luz, amores épicos, dioses y diosas, ciudades antiguas y mares oscuros como el vino… Un mundo mental muy alejado de los callejones de St Giles.

Se sentó en una silla junto a la cama donde Rhys, muy quieto, escuchaba sin apartar los ojos de su rostro. Dieron las once, medianoche, la una y por fin se rindió al sueño. Hester puso un punto en la página, cerró el libro y se fue de puntillas a su habitación, donde se tendió encima de la cama y se durmió con la ropa puesta.

Se despertó tarde y todavía cansada, aunque había dormido mejor que cualquier otra noche desde su llegada a Ebury Street. Fue a ver a Rhys de inmediato y lo encontró un tanto inquieto, aunque aún no estaba listo para despertarse del todo y tomar el desayuno.

Abajo se encontró con Sylvestra, quien cruzó el vestíbulo en cuanto vio a Hester, con el rostro crispado por la angustia.

– ¿Cómo se encuentra mi hijo? ¿Ha hablado ya? -Cerró los ojos, impaciente consigo misma-. Lo siento. Me juré no preguntarlo. El doctor Wade dice que debo tener paciencia… pero… -se interrumpió.

– Naturalmente, es muy difícil -la tranquilizó Hester-. Cada día parece una semana. Pero estuvimos leyendo hasta muy tarde anoche y parece que ha dormido bien. Está mucho más calmado.

El cuerpo de Sylvestra liberó parte de su tensión; bajó un poco los hombros y trató de sonreír.

– Acompáñeme al comedor. Seguro que aún no ha desayunado; yo tampoco.

– Gracias.

Hester aceptó no sólo porque se lo pidiese su patrona, sino porque esperaba ir averiguando más cosas sobre Rhys y así ser capaz de brindarle mejor consuelo. Consuelo mental era todo cuanto podía ofrecerle, aparte de ayudarle a comer, a mantenerse limpio y a atender sus necesidades íntimas más elementales. De momento el doctor Wade no le permitía cambiar ningún apósito salvo los más superficiales, y las heridas más graves de Rhys estaban en su interior, un lugar al que nadie tenía acceso.

El comedor presentaba una decoración muy agradable aunque, como el resto de la casa, su estilo resultaba demasiado recargado para el gusto de Hester. La mesa y el trinchero isabelinos eran de roble, macizos e imponentes, hechos con una cantidad fabulosa de madera. Los sillones de trinchador de ambas puntas de la mesa eran de respaldo alto y con brazos torneados. No había espejos, que sin duda habrían aportado más luz así como una mayor sensación de amplitud. Las cortinas eran de brocado granate y rosa, recogidas con cordones de flecos y borlas, bien extendidas para mostrar toda su riqueza, y el forro era de color borgoña. En las paredes había por lo menos una docena de cuadros.

Ahora bien, era en extremo confortable. Las sillas tenían almohadillas en los asientos y el fuego resplandecía en la chimenea rinconera, irradiando su calor por toda la estancia.

Sylvestra no tenía apetito. Se sirvió un trozo de tostada y no acabó de decidirse entre la mermelada Dundee y una conserva de albaricoque. Llenó una taza de té y dio un primer sorbo cuando aún estaba demasiado caliente.

Hester se preguntó qué clase de hombre había sido Leighton Duff, cómo se habían conocido y qué había ocurrido en su relación a lo largo de aquellos veinticinco años. ¿Con qué amigos contaba Sylvestra para que la asistieran en su aflicción? Todos ellos habrían acudido al funeral, pero éste se había celebrado casi de inmediato, durante los pocos días que Rhys permaneció en el hospital y, por tanto, antes de la llegada de Hester. Ahora ya había pasado el momento de los pésames formales y Sylvestra estaba sola para enfrentarse al vacío de los días venideros.

Al parecer, la hermana del doctor Wade tenía ganas de visitarla tan pronto como le fuera posible y se notaba que la relación del mismo doctor iba más allá del mero trato profesional.

– ¿Ha vivido siempre aquí? -preguntó Hester.

– Sí -contestó Sylvestra, levantando con presteza la vista como si agradeciera tener de qué hablar y no hubiese sabido por dónde empezar-. Sí, desde que me casé.

– Es extremadamente confortable.

– Sí… -Sylvestra contestó de un modo automático, como si se tratara del comentario de rigor y estuviera acostumbrada a oírlo. Aquello carecía de sentido. La pobreza y los peligros constantes de St Giles eran aún más remotos que las disputas y los dioses de La Ilíada, pues quedaban incluso más allá de los horizontes de la imaginación. Sylvestra se retractó-. Sí, sí que lo es. Supongo que me he acostumbrado tanto que ya no me doy cuenta. Usted habrá vivido experiencias muy diversas, miss Latterly. Admiro su coraje y el sentido del deber que demostró yendo a Crimea. Me consta que a mi hija Amalia le habría encantado conocerla. Y creo que a usted le habría gustado ella. Tiene una mente muy inquisitiva, y el coraje suficiente para perseguir sus sueños.

– Una cualidad soberbia -opinó Hester con sinceridad-. Tiene sobrados motivos para sentirse orgullosa de ella.

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