El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Quería atrapar a John Evan antes de que saliera a ocuparse del caso que llevara entre manos. Evan era un amigo con quien Monk siempre podía contar. Llegó a la comisaría después del accidente. Trabajaron juntos en el caso Grey, desenmarañándolo paso a paso, y desvelando al mismo tiempo los temores del propio Monk y su terrible vulnerabilidad, hasta llegar a una verdad en la que sólo era posible pensar con un estremecimiento y una oscura sombra de culpa. Nadie, excepto Hester, conocía a Monk mejor que Evan.
Este pensamiento le sorprendió por su agudeza. No se había propuesto hacer un sitio a Hester en su mente. Aquella relación era completamente distinta. En gran medida, había sido fruto de las circunstancias más que de una elección. A veces le resultaba sumamente irritante. Además de su capacidad, su inteligencia y su indudable coraje, había en ella otras facetas que le sacaban de quicio. Fuera como fuese, no tenía nada que ver con aquel caso. No era preciso que Monk pensara en ella. Tenía que encontrar a Evan. Eso era lo más importante y urgente. Podría volver a ocurrir. Podían apalear y violar a otra mujer, quizá asesinarla esta vez. Los ataques presentaban cierta pauta: cada vez eran más violentos. Quizá no cesarían hasta que una de las mujeres muriese, o tal vez más de una.
Evan le vio de inmediato desde su pequeño despacho, poco más que un armario lo bastante grande para albergar un archivador, dos sillas de respaldo duro y una mesa diminuta. Evan parecía cansado. Las profundas ojeras deslucían el color castaño verdoso de su mirada y llevaba el pelo más largo de lo habitual en él, formándole una onda sobre la frente.
Monk fue directo al grano. Sabía de sobra que los policías no tenían tiempo que perder.
– Me han encargado un caso en Seven Dials -comenzó-. Esa zona es colindante con la tuya. Puede que sepas algo que me sirva.
– ¿Seven Dials? -Evan enarcó las cejas-. ¿De qué se trata? ¿Quién hay en Seven Dials que contrate detectives privados? Aunque si vamos a eso, ¿quién posee allí algo digno de ser robado?
Su rostro no transmitía desdén, sino un hastiado conocimiento de cómo eran las cosas.
– No es un robo -repuso Monk-. Violación y violencia gratuita, palizas.
Evan torció el gesto.
– ¿Doméstica? No creo que podamos intervenir. ¿Cómo iba nadie a demostrarlo? Bastante difícil es ya demostrar una violación en una zona suburbana decente. Sabes tan bien como yo que la sociedad tiende a pensar que si una mujer es violada, de un modo u otro lo merecía. A la gente no le gusta pensar que ese tipo de cosas les pasan a las inocentes… No es más que un modo de imaginar que están protegidos.
– ¡Sí, ya lo sé! -Monk tenía el genio muy vivo y además le dolía la cabeza-. Pero tanto si una mujer merece que la violen como si no, no merece que le den una paliza, que le hagan saltar los dientes y le rompan las costillas. No merece que dos hombres la derriben y se líen a puñetazos y patadas con ella.
Evan pestañeó como si acabara de ver lo que Monk le describía.
– No, por supuesto que no -convino, mirando a Monk con firmeza-. Pero la violencia, el robo, el hambre y el frío forman parte de la vida diaria en un puñado de zonas esparcidas por todo Londres, junto con la insalubridad y la enfermedad. Lo sabes tan bien como yo. St Giles, Aldgate, Seven Dials, Bermondsey, Friar's Mount, Bluegate Fields, Devil's Acre y una docena más. No has contestado a mi pregunta… ¿Se trata de violencia doméstica?
– No. Son hombres de fuera del barrio, hombres ricos y bien alimentados, que acuden a Seven Dials a buscar un poco de acción. -Pudo apreciar la rabia de su propia voz al decirlo, rabia que obtuvo una respuesta en el rostro de Evan.
– ¿Qué pruebas tienes? -preguntó Evan, observándolo atentamente-. ¿Tienes alguna posibilidad de encontrarlos, por no hablar de demostrar que fueron ellos, y probar que fue un delito y no tan sólo la satisfacción de un apetito particularmente desagradable?
Monk cogió aire para proclamar que por supuesto, pero dejó que el aire escapara en un suspiro. Lo único que tenía era el testimonio de unas mujeres a las que ningún tribunal creería, suponiendo que lo convencieran para escuchar sus historias, cosa de por sí más que dudosa.
– Lo siento -dijo Evan bajando la voz, con el semblante tenso y pálido-. No vale la pena insistir. Aunque los encontrásemos, nada podríamos hacer contra ellos. Es un asco, pero tú lo sabes tan bien como yo.
Monk quería gritar, jurar una y otra vez hasta quedarse sin palabras, pero así no conseguiría nada, sólo haría más evidente su propia debilidad.
Evan lo miró con complicidad.
– Yo también llevo un caso desgraciado.
Monk no sentía el menor interés, pero la amistad le incitó a fingir lo contrario. Era lo menos que Evan merecía de él.
– Vaya. ¿De qué se trata?
– Asesinato y asalto en St Giles. Al pobre diablo más le habría valido que también le asesinaran, en lugar de dejarlo apaleado, con la vida pendiendo de un hilo, y con tal conmoción que el terror le ha dejado sin habla.
– ¿En St Giles? -Monk se sorprendió. Aquel barrio no era mucho mejor que Seven Dials, y sólo distaba unos cientos de metros como mucho-. ¿Por qué te tomas la molestia? -dijo, sardónico-. ¿Qué posibilidades tienes de resolver un caso así?
Evan se encogió de hombros.
– No lo sé… Probablemente, no muchas. Pero tengo que intentarlo, porque el hombre que murió era de Ebury Street: dinero y posición social.
Monk enarcó las cejas.
– ¿Qué demonios hacía en St Giles?
– Hacían -corrigió Evan-. De momento sé muy poco. La viuda no lo sabe…, y probablemente tampoco quiera saberlo, la pobre. No tengo dónde agarrarme, salvo a lo típico. Fue a satisfacer algún apetito, bien de mujeres, o de otra clase de emociones, que no podía permitirse en casa.
– ¿Y el que sigue vivo? -preguntó Monk.
– Su hijo. Por lo visto tuvieron una especie de pelea, o al menos una acalorada discusión, antes de que el hijo se marchara, y luego el padre fue tras él.
– Pinta mal -dijo Monk, sucintamente. Se puso en pie-. Si se me ocurre algo, te lo haré saber. Aunque lo dudo.
Evan sonrió con resignación y cogió otra vez la pluma para seguir con lo que estaba escribiendo antes de la visita de Monk.
Este salió sin mirar a derecha ni a izquierda. No quería encontrarse con Runcorn. Ya llevaba bastante enfado e impotencia a cuestas, no necesitaba más. Lo último que deseaba era toparse con un antiguo jefe rencoroso, y menos ahora que lo tenía todo a su favor. Debía regresar cuanto antes a Seven Dials, a ocuparse de Vida Hopgood y sus mujeres. No iban a recibir ninguna otra ayuda del exterior. Lo que se hiciera o dejara de hacerse dependería enteramente de él.
Capítulo 4
Corriden Wade se marchó entrada la noche y Hester subió a comprobar cómo seguía Rhys antes de prepararlo para dormir. Lo encontró tendido de costado, hecho un ovillo encima de la cama, con la cabeza vuelta hacia la almohada y los ojos como platos. Con cualquier otra persona habría intentado hablar, enterarse de lo que le preocupaba, si no de un modo directo sí al menos indirectamente. Pero la única forma de comunicarse que tenía Rhys de momento era manifestar acuerdo o desacuerdo con lo que se le preguntara. Hester tenía que adivinar, buscar a tientas entre la miríada de posibilidades y tratar de formularlas de modo que él pudiera contestar sí o no. Era una herramienta muy burda para atreverse a abordar un dolor tan sutil y terrible. Sería como operar en carne viva con un hacha.
No obstante, a veces las palabras no resultaban demasiado precisas. Ni siquiera sabía lo que le dolía en aquel momento. Podía ser miedo ante lo que le deparaba el futuro o, simplemente, miedo a dormir esa noche, a los sueños y recuerdos que ello le comportaría. Podía ser la pena que sentía por su padre, culpabilidad ante el hecho de que él estuviera vivo y su padre muerto o, más profundamente, porque su padre había salido de casa tras él y, quizá, de no haberlo hecho, aún seguiría con vida. O también podía ser esa mezcla de rabia y pesar que aflige a quien se ha separado por última vez de alguien en mitad de una discusión y sabe ahora que ya es demasiado tarde para enmendar todo aquello que se dijo.