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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Pensar en Runcorn le puso en guardia. Runcorn había sido su superior, aunque nunca se había sentido como tal. Siempre notaba que tenía a Monk pisándole los talones, que Monk vestía mejor, que tenía más ingenio y chispa, la lengua más afilada, que Monk, en fin, ¡siempre estaba al acecho para pillarlo en un renuncio!

¿Era la memoria la que le hablaba de él, o se trataba tan sólo de lo que había deducido a partir de la actitud de Runcorn después del accidente?

Aquella era la zona de Runcorn. Cuando reuniera pruebas suficientes, sería a Runcorn a quien tendría que presentarlas.

– Sí -dijo Monk en voz alta-. Puede que resulte complicado averiguar desde dónde vienen… Será más fácil enterarse de adonde acudieron después. Irían sucios, después de haber rodado por los adoquines al forcejear con las mujeres. Igual alguno iba señalado. Esas mujeres se defendieron…, al menos lo bastante para arañar y morder. -Su mente sólo perfilaba unas figuras borrosas, pero algo sabía-. Esos tíos estarían eufóricos, ebrios por su mezquina victoria y por el miedo. Acababan de hacer algo monstruoso. Por fuerza habría algún eco en su conducta. Un cochero, en una esquina cualquiera, los recogió. Sin duda debe recordar dónde los llevó, pues se trata de otro barrio.

– Ya le decía yo que usted era un chico listo. -Vida Hopgood suspiró aliviada-. Aún nos queda una por ver. Dot MacRae. Está casada, pero su marido es un inútil. Es tísico, pobre diablo. No sirve para nada. Un día le reventarán los pulmones de tanto toser. Así que ella trabaja, pero coser camisas no da para vivir.

Monk no comentó nada, ni precisó ninguna otra explicación. En algún rincón de su recuerdo había ese conocimiento. Caminaba al lado de Vida sobre la nieve, que se iba espesando. Pasaban otras personas apresuradas, con la cabeza gacha, que a veces intercambiaban un saludo o incluso un chiste. Dos hombres salieron trastabillando de una taberna, sosteniéndose mutuamente hasta llegar al arroyo, donde se desplomaron, entre juramentos pero sin enojarse. Un mendigo se ciñó bien el abrigo y se sentó en un portal. En cuestión de segundos se le unió otro mendigo. Juntos pasarían menos frío que si estuvieran separados.

Dot MacRae les contó fundamentalmente lo que ya sabían. Era mayor que las demás, de unos cuarenta, pero aún guapa. Su rostro tenía carácter y sus ojos transmitían coraje; pero también una impotente rabia. Estaba atrapada y lo sabía. No esperaba ayuda ni compasión. Contó a Monk simple y llanamente lo sucedido hacía unas dos semanas y media cuando la asaltaron dos hombres, acorralándola desde los dos extremos de un pasaje. Sí, había sido muy concreta en cuanto a que eran sólo dos hombres. Uno la sujetaba mientras el otro la violaba; cuando intentó defenderse, ambos se pusieron a darle puñetazos y patadas, dejándola tirada en el suelo, prácticamente sin conocimiento.

Percy, un mendigo que solía pasar la noche en los portales de su callejón, fue quien la encontró y la acompañó de vuelta a casa. Vio que le había pasado algo malo, e hizo lo que pudo por ayudarla. Quiso informar a alguien, pero ¿quién había allí? ¿A quién le importaba que arrearan una paliza o violaran a una mujer que vendía su cuerpo?

Vida no se pronunció, pero sus sentimientos volvieron a ser patentes en su expresión.

Monk hizo las consabidas preguntas sobre el lugar y la hora, y buscó cualquier detalle que Dot pudiese recordar que sirviera para diferenciar a aquellos hombres.

No los había visto con mucha claridad, sólo recordaba su silueta, su peso, el daño en la oscuridad. Percibió en ellos un sobrecogedor sentimiento de rabia y, después, de excitación, casi de euforia.

Monk caminaba entre la nieve, cegado de tal modo por la ira que casi no notaba el frío. Había dejado a Vida Hopgood en la esquina de su calle y luego había salido de Seven Dials encaminándose hacia las calles anchas, las luces y el tráfico de las principales zonas de la ciudad. Ya buscaría más tarde un coche de caballos que lo llevara hasta su domicilio en Fitzroy Street. Ahora necesitaba pensar y notar el brioso ejercicio de los músculos, poner su energía en movimiento y sufrir bajo la máscara de hielo de su rostro.

Aquella rabia impotente ante la injusticia no le resultaba ajena. Se trataba de un antiguo dolor que se remontaba hasta mucho antes del accidente, hasta unos tiempos que apenas alcanzaba a ver fugazmente cuando alguna emoción, una visión o un olor medio captados le llevaban a rememorar. Conocía la causa original de ese sentimiento. El hombre que había sido su mentor y su guía cuando llegó al sur del país procedente de Northumberland, con la intención de hacer fortuna en Londres; el hombre que lo había acogido, quien tanto le había enseñado, no sólo sobre la banca, el comercio y las diferentes formas de emplear el dinero, sino también sobre el mundo de la cultura, sobre la sociedad y cómo llegar a ser un caballero, se arruinó debido a una injusticia. Monk había hecho cuanto había podido por ayudarlo, pero no fue suficiente. Entonces experimentó la misma sensación de frustración, el recorrer las calles devanándose los sesos en busca de una solución, creyendo que la respuesta no estaba a su alcance, cerca pero inaccesible.

Había aprendido muchas cosas desde entonces. Su carácter se había endurecido, su mente era más rápida, más ágil, sabía aguardar con paciencia a que se presentara su oportunidad, era menos tolerante ante la estupidez y le daba menos importancia tanto al éxito como al fracaso.

La nieve se le estaba amontonando en las solapas del abrigo y se le metía por el cuello. Temblaba de frío. Las demás personas eran bultos borrosos en la penumbra. Los arroyos y cloacas de las calles rebosaban. Hasta Monk llegaba la peste de los muladares y los desagües.

Aquellas violaciones presentaban cierta pauta. La violencia era del mismo tipo…, siempre innecesaria. No es que se toparan con mujeres esquivas. Dios sabía demasiado bien lo dispuestas que estaban. No se trataba de prostitutas profesionales. Eran mujeres desesperadas que trabajaban honradamente y que sólo cuando el hambre las apretaba salían a hacer la calle.

¿Por qué no asaltaban a prostitutas profesionales? Porque éstas contaban con hombres que cuidaban de ellas. Eran su mercancía, un bien muy preciado con el que no corrían riesgos. Si alguien les pegaba, o las desfiguraba, o reducía su valor en el mercado, ésos eran sus chulos, sus «propietarios», y lo hacían por una razón concreta, probablemente como castigo por robar, por tomar iniciativa propia en lugar de entregar las ganancias a sus amos.

Ya había descartado la posibilidad de que se tratara de un rival intentando hacerse con un territorio. Aquellas mujeres no compartían sus ganancias con nadie. Desde luego no suponían ninguna amenaza para el sustento de una prostituta de oficio. Además, un chulo podía dar una paliza, pero no violaba. Aquello no presentaba ningún indicio que apuntara hacia un crimen propio del hampa. Nadie sacaba tajada. Las gentes que vivían al límite de la supervivencia no invertían energía ni recursos en reiterados actos violentos gratuitos.

Dobló una esquina y el viento arreció, golpeándole la cara y empañándole los ojos. Deseaba irse a casa, sopesar lo que había averiguado y planear una estrategia. No obstante, aquellos crímenes habían ocurrido de noche. La noche era el momento adecuado para buscar testigos potenciales: los cocheros que hacían la carrera entre los límites de Seven Dials y los barrios señoriales del oeste. No le parecía honesto resguardarse en la calidez de su casa, regalarse una cena caliente y acostarse en una cama limpia, y luego decirse que estaba tratando de encontrar a los hombres que habían cometido aquellos actos bestiales y sin sentido.

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