Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
– ’It.s closed’ -me contestó.
Al ver que hablaba un poco de inglés le pregunté si sería tan amable de dejarme pasar.
– ’Moment’ -murmuró y levantó la mano indicando que esperara. Y como si yo hubiera desaparecido, se quitó los zapatos, se limpió las manos con un trapo que extrajo del bolsillo de su americana, hizo un gesto simétrico tocándose las orejas, o debajo de las orejas, se puso de cara a la pared, o mejor dicho de cara a unas cajas que según supuse señalaban a La Meca, y comenzó a orar, fiel a su religión que llama a los creyentes cinco veces al día sea cual sea el lugar donde se encuentren. Se arrodilló y se levantó varias veces, se concentró, se puso las manos en la cabeza, siempre con gestos muy estudiados pero en absoluto rutinarios, y finalmente se arrodilló y dobló el cuerpo hasta que la frente tocó el suelo y estuvo así por lo menos durante cinco minutos. Yo me había sentado en el primer peldaño dispuesta a esperar. Saqué la brújula del bolso y comprobé que efectivamente el hombre estaba mirando al sureste. Cuando hubo terminado se levantó y se calzó. Se puso el reloj que había dejado sobre las cajas y avanzó hacia mí. Yo me levanté también. De pronto me di cuenta de que, así, sin la majestad de su actitud y desprovisto del impulso interno que le llevaba a la oración, parecía disminuido, bajo casi. Ya no tenía ese tono de seguridad con que había dicho ‘moment’, sino que se había vuelto mucho más complaciente. No se excusó por haberme hecho esperar, pero me recordó que si necesitaba alguna aclaración él estaba allí para atenderme. Abrió la puerta y se retiró tras las cajas donde se sentó a esperar pacientemente a que yo acabara. Yo entré a ver las fotografías de los museos de Richard Meier, Mies van der Rohe, Gropius, James Sterling, Philip Johnson, Oswald Mathias Unger, Hans Hollein y Gottfried Böhm, y esos edificios lineales, armónicos, límpidos que, en este mundo oriental con el ruido de fondo de las bocinas y los almuédanos lanzando al aire su oración, me parecieron representaciones de otro mundo, un mundo de extraterrestres inventados por mi fantasía.
El Museo Nacional.
Volví al día siguiente al Museo y el director, el señor Bachir Zuhdi, me esperaba ya. Era un hombre de mediana edad y de mediana estatura, con traje oscuro, camisa blanca y chalina, que tenía un gran bigote negro, el pelo rizado y enloquecido y pronunciadas entradas en la frente. Igual que Groucho Marx, con sus mismos ojos risueños y vivos. Un hombre cariñoso y entusiasta, enamorado de su trabajo y de su Museo, con más de cien publicaciones en su haber y miles de artículos en revistas de todo el mundo.
Fue él quien a lo largo de una mañana entera me contó la historia del Museo de Damasco y su propia historia tan ligadas que apenas se podría comprender la una sin la otra. Fueron horas deliciosas que no olvidaré, porque la pasión de un hombre por su trabajo me ha producido siempre más que entusiasmo, emoción. Y ya nunca podré separar la visita a este Museo y lo que contiene de los comentarios de ese hombre singular que hablaba de cada objeto, por insignificante que fuera, con la reverencia que le merecían las piezas únicas de tiempos pasados que a él habían sido confiadas, y a las que había dedicado lo mejor de su vida, todo su amor y miles de horas de estudio.
Hasta 1918, me contó, no hubo en Damasco un museo como lo entendemos ahora sino sólo un conjunto limitado de piezas y antigüedades que donaban a la ciudad las familias más cultas y adineradas, porque todas las demás piezas habían ido a parar al Museo Nacional de Estambul o a otros museos extranjeros. En 1919, en el primer y breve periodo de independencia que siguió a la salida de los turcos después de la Primera Guerra Mundial, se fundaron la Academia Árabe y el Museo Nacional que se instalaron en la ‘medersa’ Adiliya. Él recordaba aún, dijo, y la mirada tras las gafas adquirió un tono mate indescifrable porque la dirigía a un pasado donde no había lugar para mí, cuando en 1939 siendo todavía un niño, su padre, director entonces, lo había llevado a la inauguración del actual Museo cuya construcción se había iniciado en 1935.
– De alguna manera pertenezco a la tercera generación que dirige el Museo Arqueológico de Damasco -añadió con reverencia. Y abrió la puerta de su oficina que daba al jardín para indicarme que la visita comenzaba.
– El Museo contiene una serie de monumentos reconstruidos: el hipogeo de Yarbay de Palmira del año 108 d.C; la sinagoga de Dura Europos del siglo III; una de las entradas de la mezquita Yalbuga; una sala damascena de 1737, entre otros. -Se detuvo ante una serie de columnas y piedras labradas y añadió-: He aquí el más reciente descubrimiento, esta columna octogonal junto a la fuente: hace poco más de dos meses la encontramos en una calle contigua y es de la época de los mamelucos. -Y estuvimos unos momentos admirando una de las veinte o treinta columnas que estaban esparcidas por el suelo.
A partir de entonces ya no dejó de hablar y me hacía observar las piezas más notables con tal amor y embeleso que yo me debatía entre atender a la expresión de su rostro y a la entonación de sus explicaciones o admirar los objetos de miles de años de antigüedad que me estaba mostrando. Sin saber qué hacer para no distraerme, decidí dedicarme a él, y volver otro día de incógnito para una visita más convencional. Y no tuve ojos más que para la límpida e iluminada expresión de su rostro ni más oídos que para las largas frases de su francés musical. Hablaba de forma ceremoniosa, sin temor al ridículo que podían provocar las metáforas y las imágenes a veces ingenuas con que ilustraba las explicaciones más eruditas, y la mirada penetrante tras las gafas de cristales de varias dioptrías corroboraba su grandilocuencia de la que la ternura y la extremada cortesía borraban cualquier atisbo de afectación.
Hablaba sin atropellarse pero sin descansar como si fuera consciente de que en lo que le quedaba de vida por dilatada que fuera apenas tendría tiempo de decir una pequeña parte de todo lo hermoso que contenía su corazón:
– Somos hermanos -había dicho al estrecharme la mano-, hermanos espirituales porque la cultura es lo que une a los pueblos. El mayor bien que se le puede hacer a la humanidad es darle entrada en el patrimonio cultural.
Y ahora, al atravesar el jardín donde se exponían al aire libre antigüedades de piedra de distintas épocas, añadía:
– Cada pueblo es distinto y todos son una parte de ese patrimonio, cada arte tiene tras de sí su idea: para el egipcio es la eternidad; el arte griego tiene como centro el hombre; la filosofía del arte islámico es que la vida no tiene fin, como una cenefa cuya meta última es sucederse, es decir, que la vida continuará después de que nos hayamos ido.
Luego seguimos hasta detenernos ante la fachada de la puerta principal.
– Éste es el pórtico del antiguo palacio del desierto de la época del califa omeya Hicham, del año 688, que ha sido transportado a Damasco piedra a piedra y reconstruido. El mundo -añadió en un susurro señalando una cenefa de flores labradas en la piedra como si me hiciera partícipe de un secreto- es un símbolo místico del principio y del fin. El artesano, el artista, expresan sus ideas científicas, de la misma forma que las flores añadidas a la decoración geométrica expresan la idea de infinito.
Y como si quisiera convencerme añadió:
– El Museo es una verdadera joya donde el más inexperto puede pasar años enteros admirando las maravillas que contiene, aunque en dos días apenas queda en el alma el recuerdo de unas pocas piezas que sobresalen de la amalgama de todo lo que se ha visto.