Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
– Eres un mentiroso y un ladrón.
Sacó la pistola pequeña del bolsillo y disparó. El ruido quedó ahogado por los golpes y traqueteos de la calle.
Miró el ordenador portátil que había sobre el escritorio. No podía dejarlo ahí. Torpemente lo embutió en la mochila con todo lo demás.
Iba sobrecargado, pero era fuerte y tenía unas espaldas anchas.
Rio de nuevo entre dientes mientras miraba al hombre muerto. Se sintió magníficamente. Se sintió de maravilla. Se sintió como cuando se imaginaba a sí mismo tocando el laúd en un escenario de fama mundial. Sólo que esto era mejor.
Sintió un delicioso mareo, parecido al que percibió la primera vez que imaginó todas estas cosas, estas piezas y fragmentos de cosas que había visto en las series de crímenes televisivos y leído en las novelas, y se forzó a sí mismo a no echarse a reír, y en cambio a moverse con rapidez.
Cogió todo el dinero que había en el billetero del hombre, unos mil quinientos dólares.
En el antedespacho, sonrió seductor a la joven secretaria.
– Oiga -dijo, inclinándose sobre su mesa-. Dice que salga ahora. Está esperando, bueno, a ciertas personas.
– Ah, sí, entiendo -dijo ella, intentando parecer muy lista, muy colaboradora y muy tranquila-. Pero ¿cuánto tiempo he de estar fuera?
– El día, tómese el día -dijo Toby-. No, créame, él lo quiere así. -Le dio varios billetes de veinte dólares de la billetera del hombre-. Vaya a casa en taxi. Diviértase. Y llame mañana por la mañana, ¿me entiende? No vuelva sin haber llamado antes.
Ella estaba encantada.
Salió con él hacia el ascensor, orgullosa de estar a su lado, al lado de un hombre alto y joven, guapo y misterioso, y le dijo otra vez que su fular amarillo era espléndido. Se dio cuenta de que cojeaba, pero simuló no advertirlo.
Antes de que las puertas del ascensor se cerraran, él la miró a través de las gafas oscuras, le dirigió una sonrisa tan radiante como la de ella, y le dijo como despedida:
– Recuérdeme como su lord Byron.
Recorrió a pie las pocas manzanas que lo separaban del banco y se detuvo a pocos metros de la entrada. El gentío cada vez mayor lo empujó a un lado. Se arrimó a la pared y marcó el número del banquero en el teléfono robado al abogado.
– Salga ahora -dijo con su susurro ceceante, mientras su mirada recorría la multitud que pasaba ante las puertas del banco.
– Estoy fuera -respondió el hombre, bronco e irritado-. ¿Dónde diablos está usted?
Toby lo localizó sin dificultad cuando el hombre se volvió a meter el móvil en el bolsillo.
Toby miró a su alrededor, asombrado por la velocidad a que se movía el gentío en ambas direcciones. El ruido del tráfico era ensordecedor. Las bicicletas sorteaban zumbando el perezoso avance de camiones y taxis. El fragor ascendía por las paredes como si quisiera llegar al cielo. Sonaban las bocinas y una humareda gris flotaba en el aire.
Miró arriba, a la rendija de cielo azul que no alcanzaba a iluminar aquella grieta de la gigantesca ciudad, y se dijo a sí mismo que nunca se había sentido tan vivo. Ni siquiera en los brazos de Liona había sentido aquel vigor.
Marcó de nuevo el número, y esta vez esperó el timbrazo y observó al hombre, casi perdido en aquella masa de gente en perpetuo movimiento, cuando contestó.
Sí, ése era su hombre, de pelo gris, grueso, con la cara colorada ahora por la furia. Su víctima se detuvo delante del bordillo.
– ¿Cuánto tiempo he de estar aquí esperando? -ladró al teléfono.
Dio media vuelta y caminó hacia los muros de granito del banco y se quedó a la izquierda de la puerta giratoria, mirando a su alrededor con calma.
El hombre miraba ceñudo a todos los que pasaban junto a él, excepto al joven flaco que pasó un poco agachado, cojeando, tal vez debido al peso de su voluminosa mochila y su maletín.
En ese hombre no se fijó en absoluto.
Tan pronto como se hubo colocado a su espalda, Toby disparó al hombre en la cabeza. Rápidamente volvió a guardar la pistola en su abrigo y, con la mano derecha, ayudó al hombre a deslizarse recostado en la pared hasta el suelo, con las piernas extendidas al frente. Toby se arrodilló solícito a su lado.
Sacó el pañuelo del bolsillo del hombre y le enjugó el rostro. Por supuesto, el hombre estaba muerto. Entonces, invisible para el gentío que pasaba a escasos centímetros, se apoderó del teléfono del hombre, de su billetero y de un pequeño bloc de notas que llevaba en el bolsillo del pecho.
Ni una sola de las personas que pasaban se detuvo, ni siquiera los que hubieron de sortear las piernas extendidas del banquero.
Un recuerdo fugaz asaltó a Toby. Vio a su hermano y a su hermana, muertos, sumergidos en la bañera.
Rechazó con energía aquel recuerdo. Se dijo a sí mismo que era intrascendente. Plegó el pañuelo de lino lo mejor que pudo con la mano enguantada, y lo colocó sobre la frente húmeda del hombre.
Caminó tres manzanas antes de tomar un taxi, y se bajó a tres manzanas de su apartamento.
Subió las escaleras, empuñando la pistola de su bolsillo con dedos temblorosos. Cuando llamó a la puerta, oyó la voz de Alonso.
– ¿Vincenzo?
– ¿Estás solo ahí? -preguntó.
Alonso abrió la puerta y lo hizo entrar.
– ¿Dónde has estado, qué te ha ocurrido?
Miraba el pelo teñido, las gafas oscuras.
Toby examinó el apartamento.
Luego se volvió a Alonso y le dijo:
– Están todos muertos, los tipos que te molestaban. Pero esto no se ha acabado. No he tenido tiempo de ir al restaurante y no sé lo que está pasando allí.
– Yo sí -dijo Alonso-. Han despedido a todos mis empleados y cerrado el local. ¿Qué demonios me estás diciendo?
– Ah, bueno -dijo Toby-, entonces no está tan mal.
– ¿Qué quieres decir con eso de que están todos muertos? -preguntó Alonso.
Toby le contó todo lo que había ocurrido. Luego dijo:
– Tienes que llevarme a gente que sepa cómo acabar esto. Llévame con tus amigos que no han querido ayudarte. Ahora sí te ayudarán. Querrán estos ordenadores. Querrán estos teléfonos móviles. Querrán este bloc de notas. Aquí hay datos, toneladas de datos sobre esos criminales y lo que quieren y lo que están haciendo.
Alonso se lo quedó mirando mucho rato sin hablar, y luego se postró en el único sillón de la habitación y hundió los dedos en su espesa cabellera.
Toby echó el cerrojo de la puerta del cuarto de baño. Tenía con él la pistola. Colocó la pesada tapa de porcelana del inodoro contra la puerta y se duchó con la cortina descorrida, frotando y frotando hasta que desapareció todo el tinte negro de su cabello. Trituró las gafas. Envolvió los guantes, los fragmentos de las gafas y el fular en una toalla.
Cuando salió, Alonso estaba hablando por el teléfono. Parecía muy absorto en la conversación. Hablaba en italiano o en dialecto siciliano, Toby no estaba seguro. En el restaurante podía atrapar al vuelo el sentido de algunas expresiones, pero aquél era un torrente de palabras demasiado rápido.
Cuando el viejo colgó, le dijo:
– Has acabado con ellos. Con todos ellos.
– Ya te lo dije -contestó Toby-. Pero vendrán otros. Esto es sólo el principio de algo. La información que guarda el ordenador de ese abogado no tiene precio.
Alonso lo miraba con un asombro tranquilo. Su ángel de la guarda estaba a su lado con los brazos cruzados observándolo todo con tristeza…, es como mejor puedo describir en términos humanos su actitud. El ángel de Toby lloraba.
– ¿Conoces a gente que pueda ayudarme a utilizar estos ordenadores? -preguntó Toby-. Había ordenadores de sobremesa en la casa y en la oficina, pero no sé cómo desconectar los cables. Todos estos ordenadores tienen que estar repletos de información. Ahí hay números de teléfono, cientos con toda probabilidad.
Alonso asintió. Estaba asombrado.