El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Me puse unos vaqueros y un suéter e hice la cama. Ordené todo mi maquillaje en el cuarto de baño y colgué la toalla. Habría arreglado también la habitación de Alcide de no sentir que sería impertinente tocar sus cosas. Así que leí unos cuantos capítulos de mi libro, hasta que llegué a la conclusión de que no podía quedarme sentada en el apartamento por más tiempo.
Dejé una nota a Alcide diciendo que había salido de paseo, y bajé en el ascensor con un hombre vestido de manera informal que llevaba una bolsa de palos de golf. Reprimí el impulso de decir: «¿Va a jugar a golf?», y me limité a decir que era un buen día para pasear. Estaba despejado, hacía sol y la temperatura superaba los diez grados. Era un día alegre, con todos los adornos navideños brillando al sol y mucho tráfico por las compras.
Me preguntaba si Bill estaría de regreso en casa por Navidad. Me preguntaba si podría acompañarme a la iglesia en Nochebuena, o si querría hacerlo. Pensé en la nueva sierra Skil que le había comprado a Jason; había hecho que me la reservaran en el Sears de Monroe hacía meses y la había recogido apenas hacía una semana. Había comprado un juguete para cada uno de los hijos de Arlene, y un suéter para ella. Lo cierto es que no me quedaba nadie más a quien comprarle un regalo, y resultaba patético. Decidí que le compraría un CD a Sam ese año. La idea me alegró. Me encanta hacer regalos. Habrían sido mis primeras Navidades con novio…
Oh, demonios, había completado el ciclo, como los titulares de las noticias.
– ¡Sookie! -me llamó una voz.
Sacada con sobresalto de mis propias preocupaciones, miré alrededor para ver que Janice me estaba saludando desde la puerta de su establecimiento, al otro lado de la calle. Inconscientemente, había tomado el camino que conocía. Le devolví el saludo.
– Ven aquí -dijo.
Fui hasta la esquina y crucé en el semáforo. El negocio estaba concurrido, y Jarvis y Corinne estaban hasta arriba de clientes.
– Esta noche habrá muchas fiestas navideñas -me explicó Janice, mientras sus manos recogían el pelo negro de una señora que le llegaba a los hombros-. Los sábados no solemos abrir después de las doce.
La mujer, cuyas manos estaban decoradas con un impresionante conjunto de todo tipo de anillos de diamantes, no paraba de hojear un ejemplar de Southern Living mientras Janice trabajaba en su cabeza.
– ¿Te suena bien esto? -le preguntó a Janice-. Albóndigas de jengibre -una brillante uña señalaba la receta.
– ¿Es algo oriental? -preguntó Janice.
– Hmmm, algo así -leyó la receta entera-. Nadie más se atrevería con algo así-dijo entre dientes-. Se podrían presentar en palillos.
– ¿Qué vas a hacer hoy, Sookie? -me preguntó Janice cuando estuvo segura de que su clienta tenía las ideas puestas en la carne picada.
– Dar una vuelta, poco más -dije, encogiéndome de hombros-. Tu hermano me ha dejado una nota diciendo que iba a hacer irnos recados.
– ¿Te ha dejado una nota diciendo lo que iba a hacer? Chica, deberías sentirte orgullosa. Ese hombre no ha puesto un bolígrafo sobre el papel desde los días del instituto -me miró de reojo y sonrió-. ¿Os lo pasasteis bien anoche?
Me lo pensé.
– Ah, no estuvo mal -dije, dubitativa. Al fin y al cabo, el baile estuvo bien.
Janice estalló en una carcajada.
– Si tienes que pensártelo tanto, no debió de ser una noche perfecta.
– La verdad es que no -admití-. Hubo una especie de pelea en el bar, y tuvieron que expulsar a un tipo. Y, bueno, Debbie estaba allí.
– ¿Cómo fue su fiesta de compromiso?
– Había mucha gente en su mesa -dije-. Pero, al cabo de un rato, se acercó a nosotros y nos hizo un montón de preguntas -sonreí ante el recuerdo-. ¡Lo que está claro es que no le gustó un pelo ver a Alcide con otra!
Janice volvió a reírse.
– ¿Quién se ha comprometido? -preguntó la clienta, decidiendo que la receta no le convencía.
– Oh, Debbie Pela. La que solía salir con mi hermano -informó Janice.
– La conozco -dijo la mujer del pelo negro con un eco de placer en la voz-. ¿Salía con tu hermano, Alcide? ¿Y cómo es que se va a casar con otro?
– Se casa con Charles Clausen -dijo Janice, agitando la cabeza con gravedad-. ¿Lo conoces?
– ¡Pues claro! Fuimos juntos al instituto. ¿Se casa con Debbie Pelt? Bueno, pues mejor él que tu hermano -dijo la clienta con aire confidencial.
– Ya lo había pensado yo -dijo Janice-, pero ¿sabes algo que no sepa?
– Esa Debbie se trae cosas raras entre manos -dijo la del pelo negro, arqueando las cejas para enfatizar sus palabras.
– ¿Como qué? -pregunté, casi conteniendo la respiración ante la expectación. ¿Sería posible que esa mujer supiera acerca de los cambiantes y los licántropos? Mis ojos se encontraron con los de Janice y vi la misma aprensión en ellos.
Janice sabía lo de su hermano. Conocía su mundo.
Y sabía que yo también.
– Dicen que adoran al diablo -nos reveló la del pelo negro-. Brujería.
Ambas nos quedamos mirando a su reflejo en el espejo. Había conseguido la reacción que estaba buscando. Asintió con satisfacción. La adoración del diablo y la brujería no eran exactamente sinónimos, pero no tenía intención de discutir con esa mujer; no era ni el lugar ni el momento apropiado.
– Sí, señora, eso es lo que llega a mis oídos. En cada luna llena, ella y sus amigos se van al bosque y hacen cosas, aunque nadie sabe exactamente el qué -admitió.
Janice y yo exhalamos a la vez.
– Oh, Dios mío -dije con un hilo de voz.
– Entonces tanto mejor si mi hermano ha roto con ella. No nos gustan esas cosas -dijo Janice con tono puritano.
– Por supuesto que no -convine.
En ese momento, nuestras miradas no se encontraron.
Después de ese pequeño episodio, hice por marcharme, pero Janice me preguntó qué me iba a poner esa noche.
– Oh, es un vestido de color champán -dije-. Más bien beis brillante.
– Entonces las uñas rojas no servirán -dijo Janice-. ¡Corinne!
A pesar de todas mis protestas, salí del establecimiento con las uñas de las manos y los pies de color bronce, y Jarvis volvió a arreglarme el pelo. Traté de pagar a Janice, pero, como mucho, dejó que diera una propina a sus empleados.
– Nunca me habían agasajado tanto en la vida -le confesé a Janice.
– ¿A qué te dedicas, Sookie? -de alguna manera, el tema no había salido el día anterior.
– Soy camarera -dije.
– Eso sí que es un cambio con respecto a Debbie -dijo Janice. Parecía pensativa.
– ¿Ah, sí? ¿A qué se dedica ella?
– Es asistente legal.
No cabía duda de que Debbie tenía una ventaja en cuanto a su educación. Yo no llegué a la universidad. Económicamente habría sido complicado, aunque supongo que podría haber encontrado una solución. Pero mi tara ya me dificultó bastante el paso por el instituto. Una adolescente telépata puede pasarlo muy mal allí, os lo puedo jurar. Y por aquel entonces apenas lo podía controlar. Cada día había sido un cúmulo de dramas: los dramas de otros chavales. Tratar de concentrarme para escuchar en clase, hacer exámenes en una clase llena de cerebros que no paraban de zumbar… Lo único que se me daba bien era hacer los deberes en casa.
A Janice no pareció importarle demasiado que fuese camarera, profesión no precisamente destinada a impresionar a los familiares de un novio.
Tuve que recordarme de nuevo que mi relación con Alcide no era más que un arreglo temporal que él nunca había pedido, y cuando descubriese el paradero de Bill -eso, Sookie, ¿recuerdas a tu novio, Bill?- no volvería a ver a Alcide. Bueno, podría pasarse por el Merlotte's si le pillaba de camino entre Shreveport y Jackson, pero eso sería todo.