El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Samantha?
La joven alzó la cabeza. Se había concentrado tanto en su intento de aliviar la tensión tras la conversación con su tío, que no había oído a su hijo entrar en la cocina.
– ¿No estás con los perros, Julian? -preguntó como una estúpida.
– Una confesión breve -dijo a modo de explicación-. Necesitan más, pero ahora no se la puedo dar.
– Me ocupé de Cass. ¿Quieres que…?
– Ha muerto.
– Dios mío, Julian, no puede ser -exclamó Samantha-. Fui a verla en cuanto terminé de hablar contigo. Estaba bien. Había comido, todos los cachorros estaban dormidos. Tomé notas de todo y las dejé en la tablilla. ¿No las has visto? Las colgué del gancho.
– Nicola -dijo Julian con voz inexpresiva-. Ha muerto, Samantha. En Calder Moor, donde había ido de acampada. Nicola ha muerto.
Samantha le miró mientras la palabra «muerta» parecía resonar en toda la habitación. No está llorando, pensó. ¿Qué significa el que no llore?
– Muerta -repitió, mimando la palabra, convencida de que decirla de la manera errónea daría una impresión que no quería transmitir.
Julian tenía los ojos clavados en ella, y Samantha deseó que no lo hiciera. Deseó que hablara. O chillara, llorara o hiciera algo que indicara lo que estaba sintiendo, para de esa manera saber cómo debía comportarse con él. Cuando se movió por fin, se acercó a la encimera donde Samantha había troceado los pimientos. Los examinó como si constituyeran una curiosidad para él. Después levantó el cuchillo de carnicero y lo examinó con atención. Por fin, apretó el pulgar con fuerza contra la afilada hoja.
– ¡Julian! -gritó Samantha-. ¡Te vas a cortar!
Una fina línea púrpura apareció en su dedo.
– No sé cómo explicar lo que siento -murmuró.
Samantha no tenía ese problema.
5
Por lo visto, el inspector Peter Hanken decidió dar un respiro a los Marlboros. Lo primero que hizo cuando estuvieron en la carretera de Buxton a Padley Gorge fue abrir la guantera del Ford y sacar un paquete de chicles sin azúcar. Mientras se llevaba una tableta doblada a la boca, Lynley le bendijo por su decisión de abstenerse del tabaco.
El inspector no habló mientras la A6 iniciaba su curso a través de Wye Dale, ceñida al plácido río durante varios kilómetros hasta desviarse levemente al sudeste. No hizo ningún comentario hasta llegar a la segunda de las canteras de piedra caliza que semejaban cicatrices en el paisaje.
– Conque recién casado, ¿eh?
Lynley se armó de valor para hacer frente al humor procaz que sin duda se avecinaba, el precio que suele pagarse por legitimar una relación con una mujer.
– Sí. Tres meses. Ya ha durado más que la mayoría de matrimonios de Hollywood, supongo.
– Es la mejor época. Tú y tu mujer iniciando una nueva vida a partir de cero. ¿Es su primer matrimonio?
– ¿Matrimonio? Sí. Para los dos. Empezamos tarde.
– Tanto mejor.
Lynley estudió a su acompañante con cautela, y se preguntó si las secuelas de su discusión con Helen antes de partir se leían en su cara, y si servirían de fuente de inspiración para que Hanken lanzara un panegírico irónico sobre las bendiciones del matrimonio. Sin embargo, lo único que percibió en la expresión de Hanken fue la evidencia de un hombre satisfecho con su vida.
– Mi mujer se llama Kathleen -dijo Hanken-. Tenemos tres críos. Sarah, Bella y P.J., o sea, Peter Junior, el menor. Tome. Eche un vistazo. -Extrajo un billetero del bolsillo de la chaqueta y se lo pasó. Una foto de familia ocupaba el lugar de honor: dos niñas abrazando a un recién nacido, envuelto en una manta azul, en la cama de un hospital, al tiempo que papá y mamá abrazaban a las dos chiquillas-. La familia lo es todo, pero ya lo averiguará por sí mismo dentro de muy poco.
– Supongo.
Lynley intentó imaginarse a Helen y a él rodeados de niños. No pudo. Si evocaba la imagen de su esposa, aparecía como el día anterior, pálida e irritada.
Se removió en el asiento, incómodo. No quería hablar del matrimonio en ese momento, y dedicó una silenciosa imprecación a Nkata por haber sacado el tema a colación.
– Son preciosos -dijo, y devolvió la cartera a Hanken.
– El chaval es la viva imagen de su padre -dijo Hanken-. Es difícil juzgar a partir de esa foto, pero así es.
– Forman un hermoso grupo.
Por suerte, Hanken tomó este último comentario como digna clausura del tema. Centró toda su atención en conducir. Dedicó a la carretera la misma concentración que, en apariencia, concedía a todo cuanto le rodeaba, una característica que a Lynley le había costado poco deducir. Al fin y al cabo, no había ni un solo papel fuera de su sitio en su despacho, dirigía el centro de investigaciones más ordenado que Lynley había visto en su vida, e iba vestido como si le esperaran en una sesión de fotos para la revista GQ.
Iban a ver a los padres de la muchacha asesinada, y acababan de entrevistarse con la forense que había viajado desde Londres para practicar la autopsia. Se habían encontrado con ella frente a la sala de autopsias, donde la mujer estaba cambiando sus zapatillas de deporte por unos zapatos de calle, uno de los cuales estaba reparando a base de golpear el tacón contra la chapa metálica de la puerta. Tras anunciar que los zapatos de las mujeres, por no hablar de los bolsos, estaban diseñados por hombres con el fin de fomentar la esclavitud del sexo femenino, miró el cómodo calzado de los dos inspectores con indisimulada hostilidad.
– Puedo concederles diez minutos -dijo-. El informe estará sobre su escritorio por la mañana. ¿Quién de ustedes es Hanken? ¿Usted? Estupendo. Sé lo que quiere. Es un cuchillo con una hoja de siete centímetros y medio. Una navaja, lo más probable, aunque podría ser un cuchillo pequeño de cocina. Su asesino es diestro y fuerte, muy fuerte. Eso en cuanto al chico. La chica fue liquidada con el pedazo de piedra que ustedes recogieron en el páramo. Tres golpes en la cabeza. Atacante diestro también.
– ¿El mismo asesino? -preguntó Hanken.
La patóloga asestó cinco últimos golpes contra la puerta al zapato, mientras reflexionaba sobre la pregunta. Dijo con brusquedad que los cadáveres solo podían contar un número limitado de cosas: cómo les habían arrebatado la vida, qué tipo de armas habían utilizado contra ellos, y si dichas armas habían sido blandidas con la mano derecha o la izquierda. Las pruebas forenses (fibras, cabellos, sangre, esputos, piel, etc.) podían contar una historia más larga y precisa, pero tendrían que esperar hasta recibir los informes del laboratorio. El ojo, sin más ayuda, solo podía discernir hasta cierto punto, y ella les aclaró cuál era ese punto.
Tiró el zapato al suelo y se presentó como la doctora Sue Miles. Era una mujer corpulenta, con manos de dedos cortos, cabello gris y un busto que recordaba la proa de un barco. No obstante, sus pies, observó Lynley mientras se calzaba los zapatos, eran esbeltos como los de una jovencita.
– Una de las heridas que el chico recibió en la espalda era más bien un boquete -continuó-. El golpe astilló el omóplato izquierdo, de manera que si encuentran un arma probable, podremos compararla con la marca dejada en el hueso.
– ¿Ese golpe no le mató? -quiso saber Hanken.
– El pobre se desangró hasta morir. Tardaría unos minutos, pero en cuanto recibió una herida en la arteria femoral, que está en la ingle, ya no tuvo nada que hacer.
– ¿Y la chica? -preguntó Lynley.
– El cráneo partido como un huevo. El golpe interesó la arteria poscerebral.
– ¿Qué significa eso? -preguntó Hanken.
– Hematoma epidural. Hemorragia interna, presión en el cerebro. Murió en menos de una hora.
– ¿Tardó más que el chico?
– Exacto, pero debió de quedar inconsciente nada más recibir el golpe.